La censura, flagelo contrala inteligencia, la cultura y la libertad del hombre, ha logrado enquistarse en América Latina tomando desprevenidas a sociedades que sólo estaban preparadas para resistirla en su forma más notoria – la censura dictatorial – desconociendo los ´sintomas de sus nuevas formas de irrupción.
Ya no es posible ignorar que no existe sólo una sino dos formas de censura informativa: la autoritaria y la neo-liberal; la explícita y sin afeites y la implícita y maquillada. Y sobre el grado de peligrosidad de ambas, bueno es no dejarse llevar por las apariencias. La censura de las dictaduras militares que infectan nuestro continente carece de destino histórico, su erradicación es inevitable, su fracaso estratégico es aceptado incluso por quienes la practican. Pero la otra forma censuradora que asume el virus, encubierta en los dogmas de la libertad de empresa, la privatización, la fuerza de la opinión pública y la dizque libre participación y decisión de los consumidores de noticias, esa sí ya es endémica en nuestras comarcas, su éxito es innegable, sus objetivos estratégicos se consolidan día a día, la resistencia que encuentra a su paso es endeble y desorganizada y su pronóstico de erradicación, reservado. La causa de su los estragos que produce radica fundamentalmente en la ignorancia del paciente. Una ignorancia sutil y hábilmente construida por los propios inoculadores.
No es nuestra intención minimizar el carácter brutal y alienante de la censura autocrática impuesta por las dictaduras militares al sur de las fronteras mexicanas hasta la austral Tierra del Fuego.
Esa censura la debimos sufrir en carne propia al recibir 16 decretos de clausura parcial y definitiva en los 5 diarios uruguayos que dirigimos. Todo ello matizado con incautaciones de bienes, confiscación de carteras publicitarias, cierre de las imprentas, clausuras municipales, inspecciones ilegales, amenazas a los avisadores, atentados con explosivos contra nuestras rotativas, procesamientos y secuestros de nuestros periodistas entre otros tipos de censura y amedrentamiento selectivo. Un día nos clausuraban por publicar una carta de militares legalistas en apoyo del General Líber Seregni, otro día por contestar al decreto que nos prohibía informar sobre un suceso que había conmovido a la opinión pública, con un gran titular que decía “HOY NO OCURRIO NADA”; otra vez por reclamar que “haya paz en la tumba de los disidentes ejecutados en la ciudad de Pando”. No faltaron clausuras por salir con espacios en blanco en protesta por la censura previa, o por organizar una semana antitorturas o por calificar de “innombrables” a los guerrilleros cuando por un decreto gubernamental prohibieron a la prensa la publicación de siete vocablos del idioma castellano para designarlos.
Estas experiencias dramáticas y dolorosas que nos han conducido a acuñar un justo odio a toda forma de censura, legítima nuestra consideración inicial de alertar sobre las formas más encubiertas pero también letales que asume la censura en sociedades regidas por cierto tipo de democracias formales.
La censura en sociedades militarizadas, no es la censura de los medios sobre la sociedad en su conjunto, sino la censura que ejerce un Estado ocupado por la fuerza, apoyado por la autocensura complaciente en muchos casos y forzada por otros, de los grandes medios de comunicación, generadora del rumor como vedette informativa con la finalidad de insertar el miedo, el terror, el pavor en los receptores inermes. En estas sociedades ocupadas por el Estado militar la regla de oro de los medios de comunicación es la frivolidad, el escapismo, la mediocridad. Todas las manifestaciones más creadoras de la vida nacional son reemplazadas por entretenimientos, espectáculos, deportes y las versiones en todas sus variantes de los boletines oficiales. Basta sólo interrogar a los periodistas supervivientes de esos sistemas para entender cuán difícil se les hacía poder editar todos los días con esos materiales un periódico cotidiano, llenando página tras página sin decir ni informar nada que importara demasiado. Pero precisamente la violencia manifiesta de una censura poco hábil e inteligente determinó que estas sociedades aterradas encontraran el camino para derrotar lo que hería sin disimulo alguno su dignidad y libertad de información.
Fue precisamente en estas sociedades ocupadas militarmente donde brotaron como hongos después de la lluvia, la mayor cantidad de medios alternativos, sembrando los embriones de una profunda democratización real en los procesos de comunicación social que se abrieron a la caída del despotismo. Es motivo de respetuosa admiración el increíble fenómeno del estallido de la prensa alternativa en países bajo dictaduras militares como Brasil, Chile y Uruguay. Según Pablo Enrique Maceiras, sólo Brasil los ejemplos de prensa alternativa superan centenar, habiendo llegado a despertar la preocupación de los servicios de inteligencia castrense la no menos sorprendente supervivencia de publicaciones como “Movimiento” y “Em Tempo” entre muchas otras.
Es por lo tanto la censura autocrática mucho más efímera y la resistencia que provoca ha permitido construir mecanismos de defensa ciudadanos que van mucho más allá de la coyuntura dictatorial, cuestionando incluso la legitimidad de la democracia formal ensayada por los grandes medios de comunicación colectiva.
Es en este sentido que afirmamos que la censura autoritaria y vertical es más fácil de neutralizar y erradicar.
Por su parte, la censura neo-liberal ni genera a grandes niveles medios alternativos, ni carece de consenso, ni une a las mayorías contra ella, ni se basa en el rumor como eje de su política informativa.
El estrangulamiento del análisis y la reflexión tan burdamente logrados en la censura militarizada, se obtiene en estas sociedades neo-liberales a través de una cultura de masas dirigida a provocar un estado emocional colectivo que produce mediante métodos distintos el mismo fenómeno que la censura autoritaria: un impresionante poder de intimidación, efecto de la masificación y cosificación del receptor. Bien lo explica Mattelart al analizarlos los efectos de la impactante serie televisiva “Holocausto” que al provocar una catarsis colectiva de las dimensiones que generó, “todo discurso que emitiera sus reservas se arriesgaría a pasar por antisemita, racista, disidente, aún siendo el interpelado incluso un sobreviviente de los campos de exterminio de Dachau o un notorio dirigente antifascista.
El discurso más persistente de la “censura privada” es plantear el dilema estatización o privatización ignorando que en casi toda América Latina ambos elementos han sido las dos caras de la misma moneda.
En nuestras comarcas el Estado transfiere recursos a la iniciativa privada aplicando la teor{ia liberal de la complementaridad. Salvo en aquellos países donde existe una estrategia global y autónoma de desarrollo, que generalmente entra en contradicción con la iniciativa privada, el dilema estatización o privatización es a todas luces falso. Es conveniente preguntarse siempre de quién es el Estado y cual es su papel en nuestras sociedades dependientes.
Cuando los medios privados alertan sobre el peligro de la censura estatal -salvo en los regímenes militares de facto que en mucho paísesellos mismos prohijaron – lo que olvidean decir es que la censura real es la autocensura, es la censura ideológica que los propios monopolios informativos ejercen sin control público alguno.
Y el dilema es tan falso que no son pocos los regímenes donde los Estados demoliberales transfirieron su poder coercibo en los organismos naturales de vigilancia y preservación del sistema.
En América Latina con honrosas excepciones la historia ha circulado por la alianza implícita entre Estado y Medios, concertada entre ambos para evitar el peligro real : la participación de la sociedad, tercer elemento del tripode sobre el que circula la problemática planteada. Se supone que la sociedad debiera ser la razón de ser cualquier sistema de comunicación social. Sin embargo, se ha convertido en la razón censurada, que no participa ni resuelve nada ala respecto. Los medios programan el consumo cultural de la sociedad y ésta sólo recibe de ellos meros indicadores de circulación o audiencia, expresiones pasivas de aprobación o desagrado.
La gran mayoría de nuestros pueblos son censurados y continúan privados de lo que les es originario. El derecho a participar de modo directo y sin tutelas en la actividad política por excelencia: comunicarse con sus conciudadanos. Los medios de comunicación se vuelven cada vez más, estructuras técnicas sofisticadas que requieren de inversiones importantes. Es cada vez más difícil que cualquier ciudadano pueda hacer uso de estos medios para ejercer su libertad, y precisamente, su libertad de expresiónsólo tiene sentido en la medida en que efectivamente comunica su pensamiento a los demás, no es el mero acto gritarlo en la soledad de su casa.
Lo que los medios denominan!participación del receptor» es nada más que el acto voluntario de recibir y aceptar el producto elaborado por los propios medios.
La sociedad no tiene otro camino que la participación de decir sí o aislarse de toda forma de comunicación, concentrándose en un absurdo «monólogo interior» trocando el necesario intercambio social en un frustrado ejercicio onanista, expresión acabada de la censura oculta de la que hablamos.
Qué ejemplos de ausencia de censura pueden exhibir los medios.
La tan manida «retroalimentación» informativa del teléfono abierto en canales y ondas radiales o las cartas de los lectores, es una proporción tan insignificante en el conjunto de la comunicación, que sólo sirve para decorar el resultado censurador y no participativo de los productos ofertados.
O acaso los reportajes o programas de entrevistas, ejemplos señeros de participación y prueba no censuradora, son realmente participativos cuando el reporteado está siempre obligado a responder y jamás le es permitido formular pergunta alguna.
La opinión pública es el único poder que reconocemos sobre el nuestro, afirman con vigor los dirigentes empresariales de los medios de comunicación. pero de qué opinión pública están hablando. De una opinión pública que no puede organizarce ante los medios, que carece de vida propia, que no posee capacidad autónoma de pronunciamiento.
falso es que censuremos, alegan los medios, enfatizando lo libre que es la libertad de prensa, a la que confunden deliberadamente con la libertad de empresa. Una libertad de empresa -justo es recordarlo- que en el pasado se identificó con la libertad de prensa, generando numerosas pequeñas empresas periodísticas, que tan importante papel desempeñan en las luchas de la independencia, en la elevación de las conciencias, en la politización de las mayorías y en la formación de la naciente opinión pública. Pero que en el presente, en la era de la cibernética y de la feroz monopolización de los medios de comunicación de masas, cumple el papel censurador denunciado. Este proceso de degeneración tiene sus explicaciones. El capitalismo naciente necesitó en sus orígenes hacer eje en el liberalismo político proclamando las libertades públicas, la igualdad cívica de todos los seres humanos, el irrestricto ejercicio de los derechos. Era la forma más adecuada de derrotar al sistema feudal en decadencia, su adversario histórico en el poder, censurador por antonomasi. se podrá decir que la burguesía se vió obligada a masificar la cultura para llevar adelante su modo de producción, pero lo cierto es que el capitalismo parió en sus inicios una cruzada alfabetizadora, consagrandio la escolarización obligatoria y gratuita en forma tal que modificó de raíz el secular atraso en la materia. En el pasado los medios de comunicación no censuraban porque necesitaban apoyar el proceso de superación del analfabetismo de las masaspara que el proletariado pudiera insertarse en el maquinismo naciente.
Jugaron un papel progresista y alfabetizador, eliminando toda censura e inscribiendo en el proceso a los medios de comunicación con una visión tolerante y libertaria.
Consolidada esta etapa, el liberalismo político fue cediendo paso al liberalismo económico, así como la libertad de prensa fue cediendo paso a la libertad de empresa. La utopía plítica de la igualdad jurídica entre ciudadanos económicamente desiguales dejó paso a la democracia pragmática, basada en el consumo y la producción. El principio que legitimó y obtuvo consenso para la democracia demoliberal cambió abruptamente de eje. La soberanía de la empresa privada, el libre cambio, el libre comercio, la libre empresa, la libre inversión, la libre acumulación, la libre explotación, la libre exportación de utilidades fueron sustituyendo a las libertades ciudadanas en un proceso de censura creciente a la sociedad en su conjunto.
Culminada la primera etapa difusora y alfabetizadora, negaron toda participación real, mantuvieron su criterio liberal, pero cancelaron toda idea de democratización. Es decir, liberalizaron, pero no democratizaron los medios. Y lo que es peor aún, abandonaron las viejas banderas del liberalismo político, vinculadas con el humanismo, con la soberanía popular, con las libertades públicas, con las garantías constitucionales, con el derecho a la información, sustituyéndolas por un liberalismo económico más cerca de la libertad de inversión, el derecho a la acumulación, la soberanía de la empresa privada.
Y cuando la sociedad exige el retorno a la vieja libertad de prensa y reclama su cuota parte en ella y el fin de la censura sobre sus mensajes, los empresarios de los medios reclaman airados que lo que se pretende coartar es precisamente la libertad de prensa, argumentando la inexistencia de censura alguna.
Cuando las centrales obreras piden medios propios de comunicación, se habrán acaso preguntado los dueños de la comunicació, por qué los pedirán si la censura sobre sus mensajes no existe. Admitamos por un momento que nadie los censura. Pero si se los censurace, la situación no sería muy distinta a la que hoy se da en la mayoría de los receptores latinoamericanos: de todos modos no pueden ejercer plenamente su libertad, porque no tienen cómo, porque muchas de las cosas que tienen para informarnos, para decir, para opinar, de todos modos se ven obligadas a callarlas.
Y todo ello pese a ser la información un bien común de la humanidad.
Esta apropiación fraudulenta de carácter privado de un bien de primera necesidad, que en el pasado ningún sistema objetó su carácter patrimonial
colectivo , se realiza mediante una formidable maquinaria tecnológica que entre otras cosas, desplaza 648 millones de bits popr segundo y una habilidad innegable para disimular los contenidos ideológicos latentes de sus mensajes, que supieron ganar el inconciente de vastas porciones humanas modelando sus creencias, valores, normas y patrones de comportamiento.
Esta aopropiación fraudulenta es persistentimente negada por el denominado cuarto poder-el único de los poderes no elegido por nadie y también el único que no rinde cuentas a nadie de sus actos- con el argumento de la comunidad de intereses entre emisores y receptores.
Si tal comunidad de intereses existiera, debemos preguntarnos por qué aplican tarifas publicitarias más gravosas que las normales a las organizaciones sociales que contratan inserciones pagadas para difundir su información y sus ideas. Por qué se niegan a destinar espacios gratuitos para que sus propios trabajadores puedan circular sus noticias y pensamientos. Por qué se niegan al establecimiento de órganos de consulta en el interior de los propios medios, donde estarían representados los distintos intereses sociales que concursan a la realidad concreta de ese instrumento informativo, con la finalidad de examinar las formas de producción, ejecución y difusión de mensajes. Por qué se niegan a la creación de asociaciones de receptores y suscriptores del medio en cuestión para que puedan intervenir como protagonistas de primer nivel en las políticas elaboradas del mensaje que a ellos mismo irá dirigido. Por qué se niegan al ejercicio y reglamentación de los derechos de respuesta, ampliación, aclaración, rectificación, réplica y dúplica. ¨Por qué se niegan a admitir la «cláusula de conciencia» para todo profesional elaborador de noticias, notas y comentarios ceoncediéndole el derecho a negarse a exponer en forma distinta a lo observado y el derecho a transmitir lo encomendado profesionalmente, sean cuales fueren los resultados. Por qué, en fin, se niegan, en sociedades fundadas en el derecho y organizadas por la ley, a que se legisle en modo alguno sobre la comunicación social.
La respuesta debemos encontrarla en el tema que nos convocó a este panel.
Si admitieran tales propuestas cesaría la censura encubierta que impidehoy por hoy en nuestra América el acceso y al aprticipación de todos los sectore sociales en el circuito vedado de la comunicación.
Somos concientes de que estas afirmaciones pueden no se compartidas ni por colegas ni por numerosos usuarios de los medios. No son pocos los queconsideran una exageración las denuncias que al respecto se formulan, y que no se plantean en momento alguno su derecho originario a la comunicación social, a la participación en la elaboración del mensaje, a discutir sus contenidos, a ser sujetos activos de la información. Como tampoco son pocos los que consideran a los grandes medios de comunicación masiva, aliados y amigos, que por una módica suma de dinero, y en algunos casos gratuitamente, les mitigan sus horas de ocio con entretenimiento espectacularizado y les brindan información «objetiva» y «neutral» sobre los acontecimientos del mundo en que habitan. Comprendemos esta situación, los mecanismos que la producen y la magnitud del proceso de enajenación colectivaen que se insertan. pero también sabemos que las estratagemas de la alienación finalmente son descubiertas. Como toda estratagema. Como toda falsificación. Tampoco los obreros reconocieron, en su momento, en la mercancía, su propia fuerza de trabajo que la hizo posible. Hoy ya son legión los que exigen el encuentro natural entre productor y producto.
Este gigantesco proceso de falsificación de la realidad, generador de una falsa conciencia, reductora de esa realidad, que inserta en los individuos la visión inversa de lo que sucede, afirmando la defensa de la libertad de prensa cuando de lo que se trata es de censurar la participación de la sociedad considerada objeto y no sujeto de la comunicación, es la base de nuestra afirmación inicial: la censura privada es más peligrosa, habilidosa y eficiente que una inmisericorde censura dictatorial, sin destino histórico alguno. Hablar de ella, desentrañarla y desmitificarla será el mejor aporte que podemos realizar para erradicar de la faz del planeta todo tipo de vestigio de censura, flagelo que aún escarnece la dignidad humana.
