Desde setiembre del año pasado venimos escribiendo en las “Cosa Vostra”, más por responsabilidad que por gusto, sobre la imprescindible reforma democrática de la comunicación y la información, sin la cual nuestra democracia, la real, la participativa, la que se abre paso en el mundo en busca del nuevo paradigma, seguirá cojeando en un país que desde marzo de 2005 no se conforma con las migajas de las formas.
Otros temas políticos, más coyunturales pero también más urgentes para los tiempos de persuasiones colectivas que se avecinan, nos convocan y nos seducen. Sin embargo no podemos culminar esta serie de reflexiones sobre la reforma de la comunicación sin dedicar esta contratapa y la siguiente a la formulación de propuestas concretas.
Hecho el diagnóstico, es obligatoria la propuesta.
Propuestas bañadas de utopías no realizables en el corto plazo. Pero sin trabajar previamente la tierra no hay semilla que germine con vigor. Así como sin utopías no hay avance de la historia. Basta ponerlas en el orden del día y trabajarlas para que la posibilidad del cambio no nazca difunta.
Veamos. La clave de la contraideología que modifique el modelo informativo vigente posee tres ejes: un programa de participación social, la movilización de todos los estratos de la comunidad en ese tema y el apoyo del Estado mediante la aplicación de una política que garantice el acceso y la participación de la sociedad en los medios.
El objetivo de esa participación social no puede ser otro que la erradicación de la dominación de los medios, la dependencia de la sociedad, la indiferencia del Estado y la enajenación de la ciudadanía.
Sin embargo, los propietarios de los medios, también poseen su particular concepción de la participación social, con objetivos precisamente inversos.
Para ellos según Mattelart “el medio de comunicación es el vector de la participación: una participación epifenoménica a los símbolos de la metrópoli, que da a las masas la ilusión de integración universal, incluso les confiere una audiencia que las condiciones de la vida social no pueden brindar a las grandes mayorías. A través del lenguaje lúdico de su publicidad mercantil, el dominado se define, se dota de status y se apropia de un rol frente a sí mismo, frente a los otros, frente a la sociedad”.
La nueva concepción debe intentar superar la caduca antinomia entre propiedad privada y propiedad pública, favoreciendo formas de propiedad social de los medios de comunicación, alentando su uso por parte de universidades, sindicatos, los distintos sectores de la sociedad civil y política, resolviendo el problema del financiamiento, conocedores de que la censura económica es mas dañina que la censura política, por su factor encubierto, impulsando fondos de financiamiento público para medios alternativos, así como la distribución equitativa de la publicidad estatal.
Debe defender la legitimidad del gasto público en el sector con la finalidad de pluralizar las voces y la competencia. Si el Estado educó y financió la educación pública y a nadie se le ocurrió decir que por ello estaba manipulando las mentes de los estudiantes cautivos convirtiéndolos en propagandistas del gobierno, por qué tanta oposición en desarrollar el mismo esfuerzo en el sector de la comunicación social.
Este sector cumple una función social y no es, no debe ser, un simple negocio. Y por lo tanto el Estado debe recurrir al gasto público para desarrollarlo y democratizarlo.
Y como cumple un servicio público y no puede ser imperio privado de nadie, la nueva estrategia debe intentar modificar la situación vigente, donde el poder de los medios es el único poder no sujeto a control democrático ni originado en la voluntad colectiva de los sectores sociales. Tal poder, podría, por realismo político, ser aceptado relativamente con fundamento en un derecho delegado por la sociedad a los propietarios de los medios, pero sobre cuyo ejercicio deben dar cuenta a la sociedad y al Estado, con las garantías de una completa normatividad legal, a la cual se oponen, sin razones, con toda la fuerza que les permite la hegemonía que detentan, la pasividad cómplice de los Estados y la desmovilización de la sociedad.
La participación social sin capacitación y sin organización es una ilusión.
Para ello, la estrategia propuesta debe intentar organizar a los receptores, debe impulsar medios de información sindicales de la ciudad y el campo que constituyan una de las voces más relevantes de la información, hoy afónica en nuestro solar. Debe auspiciar mecanismos de diálogo entre el medio de comunicación y la comunidad a la que sirve mediante centros de participación en cada medio. Que éstos conozcan la opinión de los receptores sobre el medio operado.
Debe reclamar el establecimiento de empresas de patrimonio colectivo para desarrollar la comunicación social. Así como el diálogo entre cada medio y la comunidad a la que sirve representa el esfuerzo por la bidireccionalidad de la comunicación social, estas empresas representarían la multidireccionalidad del sistema. Nos referimos a empresas privadas de comunicación social, ajenas a los modelos mercantiles, distintas a las estatales y sin fines de lucro, concretadas más bien a escala zonal o departamental, con el fin de pluralizar el arco de opciones emisoras.
Debe impulsar, además, centros para el desarrollo de la comunicación popular en zonas marginadas, sean estas urbanas o rurales, con el fin de capacitar a la población en la práctica de la comunicación social, para que ésta le sea útil en la resolución de sus problemas y necesidades. La sociedad debe exigir al Estado el apoyo a la participación social mediante la entrega de recursos a estos centros, que podrían contar con los elementos necesarios para comunicarse con los ciudadanos. Los productos emergentes de tales centros servirían para establecer una red nacional de comunicación popular, no comercial, que albergaría procesos de comunicación multidireccional y participativa a gran escala. Debe, asimismo reclamar radioemisoras de libre participación, habilitándose una banda de frecuencias disponible en AM y otra en FM para que los sectores sociales puedan operar sin necesidad de permiso o concesión, siempre que utilicen una potencia menor, a determinar, necesariamente de carácter local y no sea utilizado para la difusión de publicidad alguna.
La profusión del periódico mural en municipios, escuelas, centros de trabajo, salud, deporte, recreación y arte, en terminales de transporte, en mercados u otros espacios de amplia concurrencia social, debe ser promovida, asegurando el Estado espacios fijos, visibles y de fácil acceso para que los miembros de la comunidad puedan difundir libremente, y con apego a la ley, sus opiniones, informaciones o avisos, debiendo las autoridades, preservarlos, acondicionarlos y vigilar su integridad.
Esta iniciativa de la participación social, surgida con vigor en la “revolución de los letreros” los dazibaos en la China socialista de Mao Tse Tung, en donde el pueblo se constituyó a un mismo tiempo en emisor y receptor, creador y protagonista de su propia experiencia, la de todos los días, no es poca cosa, si se desarrolla inmerso en una filosofía esencialmente participativa, en centros de producción, con juntas editoriales, red de corresponsales y responsables de distribución.
El periódico mural es un excelente medio de comunicación persuasiva porque está precisamente redactado por los receptores y con un nivel de penetración del 100% en virtud del método elegido y del lugar de exhibición que impide que pueda ser ignorado.
No puede quedar fuera de esta estrategia de participación social, asegurar la integración de los suscriptores en la gestión de los medios, así como el derecho de los receptores a requerir información cierta, y el derecho y el deber de proveerla, asegurando además el derecho de réplica, el derecho de aclaración y el derecho de dúplica.
La capacitación de los receptores posee, en esta estrategia de cambio, tanta importancia como su propia organización.
Es por ello que debe ser impulsada la educación para la comunicación social, en los sectores receptores, desde el sistema escolar, modificando los programas a fin de habilitar a los alumnos para ser ciudadanos activos del sistema participativo de comunicación social. Los cursos de capacitación para los trabajadores organizados de la ciudad y el campo y otros sectores sociales no pueden sino ocupar un lugar destacado en la estrategia planteada, así como campañas de sensibilización estimulando a la opinión pública hacia la participación activa. Sin olvidar los propios cursos de formación de nuevo tipo para los propios educadores de la comunicación, asignando planes de extensión universitaria para ellos y formando unidades de capacitación en cada uno de los centros de enseñanza, avanzando hacia la formación de promotores de la participación informativa.
Mención aparte merecen los periodistas, los profesionales de la comunicación.
Periodistas y medios están hoy muy lejos de reproducir a los periódicos de opinión que protagonizaron las guerras de independencia y ejercieron el periodismo, no como una actividad especializada sino como la más alta expresión del pensamiento revolucionario y de la docencia política. Lo explica bien el sociólogo Antonio García: “en el ciclo de auge de la república señorial y del capitalismo mercantilista, la noticia no era una verdadera mercancía ni la publicidad ocupaba el primer rango en el financiamiento de los medios de comunicación; el periódico de opinión dominaba el pequeño escenario de la comunicación social”.
Reconquistar al periodista profesional en la noble tarea de valorar al periodismo como “la artillería del pensamiento”, artillería dirigida contra la dominación y la enajenación, es quizás uno de los objetivos más necesarios de la nueva estrategia. Es decir, recomponer la vieja alianza entre el periodista y las fuerzas del cambio.
Y para terminar, retornemos al principio. Como dijimos al inicio de estas reflexiones: adversario descubierto, media batalla ganada. Y nuestro Goliat, pese a su soberbia, posee una debilidad insuperable: carece de razón y su fuerza, que le sobra, es por primera vez resistida. Este manojo de reflexiones intentó sistematizar la sin razón que alienta a la ideología de los medios y proponer algunos de los múltiples caminos para construir la estrategia y la contraideología que los desplazará.
La desigual correlación de fuerzas, comienza a desplazar lentamente su eje hacia el disenso de los sectores sociales que reclaman participación en la elaboración del mensaje.