Domingo 13 de julio de 2008 | 05:31
Escribe: Federico Fasano Mertens
No son pocos los lectores que llamaron en un tono pesimista ante mi última “La Cosa Vostra” del pasado domingo titulada “Descubrimos al gato, ahora a ponerle el cascabel; achicar a los medios, agrandar a la sociedad”.
Es comprensible el efecto de incredulidad que provocan las propuestas tendientes a modificar una situación que a la inmensa mayoría de los ciudadanos no les parece “para tanto”, ni expropiadora de sus derechos, y ni siquiera se les ocurre pensar que la información es un bien social patrimonio de la comunidad.y no solo una mercancía sujeta a las leyes del mercado. A los menos, los que no dudan de sus derechos, los que alguna vez leyeron “Los Diálogos” de Platón, cuando definía la retórica como “la conquista de la mente de los hombres por medio de la palabra” (hoy diríamos por medio de la palabra, la escritura y la imagen, todo ello digitalizado), les parece tan “platónico” plantear estas utopías que de sólo pensar en el esfuerzo que hay que realizar para convencer a los demás, que es la sociedad y no el Estado ni los medios, la titular exclusiva y excluyente del derecho a la información, deciden privilegiar otras utopías de esfuerzos menos ciclópeos.
La dificultad del cambio estriba en que gran parte de la ciudadanía ni se da cuenta ni se plantea su derecho originario a la información, ni el acceso y la participación en la elaboración del mensaje, ni a discutir sus contenidos y ser sujetos activos de la información. Volvemos a decirlo: más bien consideran a los medios, aliados y amigos, que por una módica suma de dinero y en algunos casos gratuitamente, les mitigan sus horas de ocio con entretenimiento espectacularizado y les brindan información objetiva y neutral sobre los acontecimientos del mundo en que habitan.
Sin embargo la utopía que derrote la enajenación humana de la comunicación social hoy vigente en la mayor parte del planeta y en el rinconcito que nos toca vivir, no es una misión imposible.
Desde estas páginas y desde las explanadas del Multimedio Plural nos hemos propuesto poner el tema en el orden del día reformista de nuestra sociedad. Y no son pocos los que con su conducta nos están diciendo que no predicamos en el desierto. Aunque por momentos en este tema con el que nadie puede, nos parece estar arando en el mar.
Hace 30 años nos propusimos la misma tarea en el exilio mexicano. Y esa experiencia nos probó, aún en la adversidad de la derrota del proyecto que presentamos, que el cambio era posible. Y que los errores tácticos que cometimos en esa oportunidad eran subsanables y de ellos aprendimos y mucho.
Yo llegaba desterrado, portando en mis neuronas y músculos, la experiencia inconclusa de aquellos 5 diarios clausurados por la dictadura constitucional de Pachero Areco, con los que intenté decirle a la gente que ellos eran los titulares de derecho a la información y que debían ejercerlo sin pedirle permiso a nadie, ni al Estado ni a los medios.
La idea de la comunicación participativa me obsesionaba.
Y encontré en la generosa tierra mexicana una sociedad movilizada por esa utopia y un Estado poderoso y verticalista pero preocupado por aquellas demandas sociales y con cierto grado de autonomía relativa frente a un monopolio televisivo que modelaba las conciencias a su gusto.
Aproveché la oportunidad y convencí al poder estatal, explotando las contradicciones que en ese momento histórico se agudizaban entre el Estado y los medios cuasi monopólicos.
Cuando decidí aceptar el nombramiento de Director de Planificación de Información de la Presidencia de la República, para devolverle en parte al pueblo mexicano un poquito de la impresionante solidaridad con que nos recibió a nosotros y a millares de exiliados uruguayos, argentinos y chilenos como antaño recibieron a los republicanos españoles derrotados por el franquismo, no imaginaba que pudiéramos avanzar tanto en el diseño de una reforma democrática de la comunicación
Fuimos derrotados porque el gobierno finalmente flaqueó, Televisa le torció la mano, no traicionamos nuestras ideas y renunciamos con dignidad..
Bien podríamos hablar de una derrota pírrica, porque a nuestros vencedores, al monopolio de la televisión mexicana y a la derecha de ese país, sólo le pertenecieron los despojos.
Nuestra derrota dejó semillas sembradas por doquier, que la inteligencia y convicción de nuestro jefe directo, Luís Javier Solana, que con rango ministerial asumió el desafío, mutó en una onda expansiva que hoy ha transformado parcial pero hondamente el derecho a la información en la sociedad mexicana.
Y tan ello es así que el candidato presidencial de la izquierda y el progresismo mexicano, don Manuel López Obrador, para muchos hoy el presidente legítimo de México, adoptó en su programa el espíritu y la forma de nuestra reforma de la prensa, la radio y la televisión de ese país.
La fórmula que propusimos apoyados por un reducido grupo de expertos, la mayoría de los cuales eran exiliados latinoamericanos, se tradujo en un ambicioso Plan Nacional de Comunicación Social contenido en 30 volúmenes de 7000 páginas, apoyados por una ley de más de 400 artículos contenidos en 8 títulos. El proyecto ofertaba la reglamentación al derecho a la información, diagramando un aparato interinstitucional creador de organismos encargados del diseño de las políticas en el sector, adelantando el contenido de 120 políticas de acción directa del Poder Ejecutivo Federal y de organismos encargados de efectivizar la comunicación estatal, diseñando criterios y mecanismos de 10 líneas operativas de trabajo. El Plan creaba los instrumentos para efectivizar la participación ciudadana y garantizar las políticas de democratización del sector, mediante la propuesta de 4 mecanismos de capacitación, 6 mecanismos de organización y 3 formas de libre participación. Finalmente establecía organismos encargados de articular todo el audaz esquema interinstitucional propuesto, estableciendo un programa de desenvolvimiento de tal esquema, anticipándose a las inevitables dificultades que su desarrollo encontraría.
La estrategia global propuesta intentaba crear un Sistema Nacional de Comunicación Social basado en el equilibrio y la compatibilización de intereses que envolviera y armonizara a todos los sectores participantes con el acento puesto en los protagonistas marginados por el modelo vigente, garantizando el acceso y la participación de todos los sectores sociales en la elaboración del mensaje.
El proyecto reformista, obviamente dejaba intacta la propiedad privada de los medios de comunicación y evitaba toda estatización, pero sancionaba, sí, con vigor y sin eufemismos ni ambigüedades, la participación de la sociedad marginada en la construcción de la pluralidad informativa. Participación que le corresponde por derecho originario.
Pese a su carácter reformista, el proyecto desencadenó una de las más violentas y terroristas campañas de la estructura privada informativa mexicana y de la SIP, que apeló a toda su potencia de fuego para sepultar la iniciativa.
La derrota del proyecto quedó sellada debido a la desorganización de los sectores sociales que debieron defenderlo y a la opción del Estado mexicano a favor de su contradictoria alianza estratégica con los medios privados, alianza que había entrado en crisis al proponernos la elaboración del plan para democratizar la información.
La contradicción coyuntural entre Estado y medios privados se rehizo y nuestro proyecto fue sepultado pero la semilla quedó sembrada muy profundamente en los pliegues de la sociedad mexicana.
El esfuerzo estratégico realizado no fue en vano. Esfuerzo que años después en el simposio internacional organizado por el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo que dirigía el ex presidente mexicano, Luís Echeverría, con participación de expertos de numerosos países, convocado para analizar las políticas mundiales de comunicación social, fue calificado, a
propuesta de la delegación peruana y aprobado por unanimidad, en los siguientes términos: “el único ejemplo latinoamericano de elaboración de una política nacional de comunicaciones en la acepción más global del término, ha sido entregado por México en 1980 a través del trabajo de la Dirección General de Comunicación Social de la Presidencia de la República, suscitando este trabajo uno de los más amplios debates habidos en América Latina a propósito de las relaciones entre el Estado, la democracia y las comunicaciones”.
El esfuerzo realizado hace 30 años en México no es trasladable simétricamente al Uruguay progresista de hoy. Ni México ni Uruguay son iguales ni las épocas que nos convocaron para el cambio poseen características similares.
Pero la filosofía aplicada es la misma.
Y aquella experiencia probó que otra comunicación era posible.
El Uruguay progresista no debe olvidarla. Y debe prepararse para encararla.
El nivel de conciencia comienza a crecer y la correlación de fuerzas en los medios, favorable al establisment debe ser modificada, si no queremos que la rueda de la historia se detenga. El palo en esa rueda es el poder mass mediático en manos del pensamiento conservador, que hoy no es mayoría en nuestro tejido social.
No desaprovechemos la oportunidad de la etapa.
Desde marzo de 2005 los barómetros dejaron de estar inmóviles.
Todo el país siente las brisas del cambio. Las velas comienzan a hincharse.
Avanzamos. Avancemos.