La fábula de moda del establishment informativo: «Esclavos en el Trabajo, pero libres en el Consumo»

Domingo 08 de junio de 2008 | 05:39
Escribe : Federico Fasano Mertens

La preparación de los eventos celebratorios de los 20 años del diario LA REPUBLICA, debate en el Paraninfo de la Universidad sobre el nuevo paradigma, y la muestra de los 20 hitos del diario plural en el Museo de Artes Visuales, así como la edición del anuario y el suplemento homenaje a los 40 años del mayo francés, volvieron a interrumpir las Cosa Vostra destinadas a desmontar los 10 mitos de la información dominante.

En las anteriores entregas sobre ese tema habíamos abordado los siguientes mitos: la noticia es la que reina y gobierna; la objetividad y la neutralidad son la base del sistema; la privatización es la garantía contra la intromisión del Estado; el cuarto poder es el poder autónomo de los medios; la libertad de prensa es la religión de los medios; la opinión pública es el juez inapelable; la participación es libre; la publicidad iguala.

Nos restan los dos últimos mitos: esclavos en el trabajo pero libres en el consumo y finalmente la ausencia de prohibiciones resuelve el problema de la información.

Ingresemos ahora en el noveno mito: esclavos en el trabajo pero libres en el consumo.

El establishment muy inteligentemente ha convertido a la inmensa mayoría de los medios de comunicación en los principales artífices de un flagelo perverso e invisible basado en el axioma: felicidad, bienestar y confort es igual a consumo.

El sociólogo Jesús Martín Barbero lo explica bien. Según ese modo ­dice Barbero- la felicidad hoy se llama bienestar y confort y esas dos palabritas encierran y encarnan para los secularizados hombres del siglo 20 el viejo sueño de la salvación y puesto que la tierra es nuestro cielo sólo el bienestar nos hace comprobable y medible la felicidad, objetiva, esto es hecha de objetos cuya cantidad y calidad son signo inequívoco de la nueva y democrática felicidad. Porque eso sí, la nueva felicidad se basa en el derecho de todos y cada uno, de cada individuo al bienestar, y no como la vieja felicidad en la que había predestinados. No hay bienestar sino del individuo. Es el correlato inevitable de una felicidad objetiva: todos iguales ante los objetos. ¿O es que acaso todos los hombres no tienen la misma naturaleza, las mismas necesidades? El individuo es el hombre real, y de eso se trata, no de ideales. Y en ese sentido no puede hablarse de diferencias ni de desigualdades sociales, o históricas. Y para que esto funcione lo único que se necesita es producir. Puesto que todos iguales ante los objetos, cuanto más objetos haya, más cerca estamos todos de la felicidad. Es la vieja lección de democracia que nos dan los vasos comunicantes. Así pues la única manera de acabar con las desigualdades es aumentar la cantidad de objetos hasta que haya para todos. Y esto vale también para esos extraños individuos que son los países. Si aún hay pobres es porque no tenemos suficiente, porque faltan objetos. Produzcamos sin descanso que la producción es la mejor, la única forma verdadera de distribución y redistribución.

Este es el discurso del mito, tan bien descripto por el sociólogo español.

Sin embargo, la fábula del consumo y la felicidad no resiste el menor análisis. Basta con ver en nuestra América, la pobre, a las masas pauperizadas o a la fracción de pobres y capas medias venidas a menos en nuestro país, alienándose en busca de más y más objetos superfluos, hundiéndose en la ajenidad, endeudándose y deprimiéndose, alienándose en suma mientras no poseen los mínimos de subsistencia, para preguntarnos dónde está esa felicidad que provoca la tristeza o el hartazgo.

Por otra parte los objetivos estratégicos de la subcultura del consumismo ya han sido descubiertos y puestos de manifiesto a partir de las grandes crisis de sobreproducción que pusieron en la década de los 30 en peligro al sistema mismo y a todo el circuito de la dominación.

Es quizás este flagelo, el que mejor ha podido penetrar las resistencias de las mayorías de lectores, de televidentes, de radioescuchas y el que más éxitos ha obtenido en la profundización de la cultura de la dependencia en América Latina y también en nuestro país.

No sólo ha logrado desatascar a los mercados en peligro ante un sobrecalentamiento del motor que mueve el sistema, que no es otro que el de maximizar el lucro, que conlleva la crisis de la producción excesiva, sino que, además, ha logrado desarticular todos los proyectos tendientes a superar la dependencia.

La dilapidación anárquica de recursos basada en un sistema irracional de prioridades, y en el nuevo giro táctico de manipular consumidores más que productores, impide toda planificación sensata e independiente del potencial material humano de nuestras naciones dependientes.

Por ello, el consumismo y sus innegables éxitos, vehiculizados a través de los diarios, las radios y fundamentalmente los canales de televisión privados, ha logrado una carambola a tres bandas: evitar la crisis cíclica del sistema, maximizar las ganancias y profundizar la dependencia haciendo imposibles la utilización racional de los recursos nacionales.

Hasta el próximo domingo, donde abordaremos el décimo y último mito del sistema de información hegemónico que es cuasi monopólico en nuestro país: “la ausencia de prohibiciones resuelve el problema del sistema informativo, que se autorregula y que no requiere ni de leyes ni de un Estado mediador para resolver sus conflictos”. Analizaremos entonces en la próxima Cosa Vostra dominical esa fábula diseminada en todos los rincones del Uruguay, por el semanario Búsqueda y el diario El País y sus aliados de la televisión y la radiofonía privada, sobre todo ahora que de un Estado de clases se está pasando a un proto-Estado al servicio de todos los sectores sociales, sin excepción de clase alguna.

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