20 años no es nada

Sábado 03 de mayo de 2008 | 04:03
Escribe : Federico Fasano Mertens

Un día como hoy hace ya 20 años, desnudos, con más entusiasmo que municiones, cargados de ilusiones, motorizados por la duda como método, iniciamos la construcción de este diario plural comprometido con la gente para ayudarla a vivir, a pensar y a estar “peligrosamente” informada.

Nacimos hace dos décadas a la intemperie, sin más ropaje que la ética de la convicción que nos arrojó a una vida “pericolosa”, ajena a la pereza y al atajo que ahorra tiempo y produce errores abundantes y sin retornos.

Nos cobijó una añeja y elegantona casona de Uruguay y Rondeau, que después dejamos en herencia sin beneficio de inventario a los colegas de Búsqueda, que hoy la habitan con nuestros fantasmas rondando.

Al flamante bebé lo bautizamos LA REPUBLICA porque este fue el vocablo contestatario con que los padres de la gran patria latinoamericana identificaron a un vasto movimiento de libertad e independencia continental a fines del siglo XVIII y principios del XIX. La República conservadora, más parecida a un círculo cuadrado o a un hierro de madera, nada tenía que ver con nuestro proyecto de una República humanitaria, solidaria y popular, tal como la soñaron nuestros libertadores.

Sabíamos que la cultura de masas, en manos de la comunicación dominante, vasta empresa de privación de memoria y de privación de la historia, no iba a permitir que un proyecto advenedizo se infiltrara en sus líneas y le disputara, arrogante, de igual a igual, una hegemonía mal adquirida. Los vampiros de la cultura hegemónica se lanzaron sobre nosotros para desangrarnos. L´enfant terrible del sistema debía ser aislado y recluido en un leprosario.

Más de 30 demandas penales, todas ganadas por probar la verdad de nuestros dichos, intentos de clausura por parte del Ministerio de Cultura y de la Corte Electoral, campañas coordinadas de desprestigio, de desinformación, conflictos artificiales, discriminación publicitaria, exclusión de la Asociación de Diarios, prisión por lesionar el honor de un jefe de Estado extranjero procesado años después por corrupto en su propio país por nuestras informaciones, ocupaciones ilegítimas, boicots inadmisibles, amenazas de todo tipo, atentados, intimidaciones, calumnias, duelos desiguales, absurdas declaraciones de conjunto económico con otras 47 empresas, en un hecho sin precedentes en la historia previsional del país, inspecciones ilegales y digitadas por el poder, en fin, toda la gama de arbitrariedades posibles con el único objetivo de desaparecernos. En el pasado ya habíamos conocido las consecuencias de no arrodillarse frente al Leviatán. Cuando dirigíamos en la década del 60 aquellos añorados diarios de masas, corajudos y fermentales, Extra, De Frente, Democracia, Ya, El Eco, el peso del poder se descargó contra nosotros de la misma forma con el agregado de las clausuras inconstitucionales. Aquello era más burdo. Y culminó en el golpe. Ahora era más sutil y estábamos en democracia. No hubiéramos sobrevivido si no fuera por el ejército de los sin voz proporcionándonos la coraza, el escudo, los músculos, las neuronas, la sangre y el esperma que impidió el crimen.

Una muchedumbre de insobornables solidaridades nos ubicó rápidamente en el segundo lugar de la circulación nacional, del cual no han podido desalojarnos pese a las trapisondas de todo tipo empleadas para lograrlo. Del segundo lugar trepamos al primero, varios días en la semana, y no pasamos de ahí porque el periodismo mercantil aún se impone al periodismo vocacional.

Fue un parto difícil. No nos daban 20 días de vida y mucho menos 20 semanas, 20 meses, o, utopía de las utopías, 20 años, que según el Mago es nada de nada.

No tardó mucho tiempo en que pasiones y razones nos transformaron en el diario que metía la pluma y la tinta en la herida, que ponía por escrito las esquivas verdades prohibidas, que se enfrentaba al poder, que desnudaba la corrupción, que definía la noticia como aquella información que alguien en algún lugar no quería que se conociera. Y que, por sobre todas las cosas, defendía sin concesiones la causa de los desinformados, que además, en general, son también los desposeídos, los dominados, los perdedores de siempre.

Aireamos la vida pública contaminada por el no te metás y la hipocresía de un sistema protegido por una espesa red de complicidades y secretos.

Nuestras armas fueron la diversidad y el pluralismo. Y nuestro pluralismo, vocablo poco frecuentado en la década de los 80 cuando irrumpimos en la escena, no fue una mera estratagema para cazar incautos sino la base central de nuestra producción intelectual. La historia, decíamos en aquellos tiempos fundacionales, no obedece a un solo dios sino que es el resultado de un politeísmo de los valores. Ni siquiera le dimos un valor absoluto a nuestros propios discursos y creencias. Nuestro proyecto intentó hacer el amor con la historia y no cayó en el onanismo de hacerlo con nuestras propias ideas. No nos creímos nunca tutores de la gente a la que no manipulamos como si fuera un paquete y a la que ayudamos a vivir y a pensar sin domesticar su inteligencia.

Frente a la monarquía de la uniformidad noticiosa alzamos la República del conocimiento libre y plural.

Emprendimos una gesta ininterrumpida contra el secreto porque con Pulitzer seguimos creyendo que no hay ardid, no hay delito, no hay corrupción, no hay falsedad que perdure en el secreto. Vulnerado el secreto, el conocimiento se abre paso con serenidad y las libertades florecen. Porque la libertad de opinión y de información es la libertad de saber.

Cuando luchamos por la libertad de opinión no estamos luchando por nuestro derecho a hacer o decir algo, sino por el derecho de la gente a saber.

Intentamos en estos 20 años convertir la información en significación, construyendo todos los días el poder del conocimiento y la democratización del saber. Porque un hombre informado es un hombre peligroso y sin legiones de hombres informados, de hombres y mujeres por tanto peligrosos, en el sentido cultural del término, no podremos construir el nuevo Uruguay de ciudadanos iguales al que ofrecimos nuestras vidas en aquel lejano 3 de mayo de 1988 y que desde hace ya tres años comenzó a andar.

Intentamos en todos estos años hacer un diario inteligente, de mirada profunda, de esencialidades, más cerca de la entraña que de la epidermis, opuesto raigalmente al periodismo chatarra que dominaba el circuito. Ajenos a ese periodismo de fácil consumo, esterilizado, estandarizado, despersonalizado, pariente del fast food cultural predigerido, prepensado y además insípido, banal y sin gusto, que hasta la belleza la prefieren de plástico y siliconas.

No lo logramos. Nos falta aún mucho camino. Pero no perdimos la brújula, ni desalentamos los bríos del esfuerzo para acariciar el objetivo del periodismo de esencias que nos propusimos fecundar.

Nuestro compromiso fundacional republicano no modificó la convocatoria de los 5 diarios que dirigimos en la década del sesenta. Fue más de lo mismo con el aggiornamento y la renovación imprescindible a toda idea que se abre paso porque le ha llegado su tiempo.

Abrevamos, como antaño, en las fuentes de una izquierda nacional, ajena a la izquierda complaciente que de tanto reducir sus objetivos y principios y de tanto intimar con el adversario histórico, parece desdibujar las fronteras que nos separan del sistema de dominación que aún, entre convulsiones, prevalece. Esa izquierda parece pontificar que sólo son matices y estilos los que nos separan del modelo hegemónico a cuyas exequias, lentamente, estamos asistiendo.

Pero así como no comulgamos con una izquierda descafeinada, mucho más nos aleja el flagelo fundamentalista del ultrismo izquierdista, enemigo del histórico cambio progresista. Lo más alejado de todo radicalismo es el ultrismo que siempre deviene en secta. Estos dogmáticos espíritus pontificales que se sienten custodios de la pureza y se especializan en construir piras y hogueras
para sacralizar su auto de fe inquisitorial, quemando personas, grupos, partidos e ideas que no coinciden con sus desatinos, se están convirtiendo en uno de los obstáculos del cambio progresista en el país de los uruguayos.

Ese ultrismo sólo exhibe jerga, eslóganes y pirotecnia intelectual. A la jerga nuestro periodismo le opuso el lenguaje, a los eslóganes le opuso los principios y a la pirotecnia vocinglera le opuso las ideas del cambio real y posible, que en definitiva es el único que puede ayudar a transformar la vida de la gente.

Nuestro diario privilegió en estos 20 años la información política y buscó de todas las formas posibles liberar a la política del desprestigio en que se encontraba esa actividad de servicio, la más noble del ser humano, convertida en un torneo de elites por prebendas y parcelas de poder usadas en beneficio personal o sectorial, hoy en proceso de franca redención.

Llegamos a estos 20 años con muchas cicatrices en el alma pero también con muchas gratificaciones. Algunas más relucientes que otras. La del voto verde por la defensa de la justicia ofendida, el voto por el NO a la ley de empresas públicas por la defensa del patrimonio nacional, el referéndum para que los ciudadanos no se conviertan en súbditos, el hallazgo a la nieta de Gelman, haber contribuido decisivamente en el conocimiento de las aberraciones cometidas por los centuriones que se apoderaron del Estado y la sociedad, haber aportado datos valiosos sobre los desaparecidos, las múltiples campañas contra la corrupción, el periodismo de investigación inexistente en el 88, hoy imprescindible en cualquier diario que se precie de tal, la crítica sin concesiones al actual sistema de información que se disfraza de libertad de prensa, la construcción del primer multimedio plural de izquierda en la historia del país, con LA REPUBLICA como nave capitana, primero con CX 30 Radio Nacional, después con el confiscado Canal Cable Comunidad, para seguir con 1410 AM Libre y TV Libre, todas herramientas al servicio del cambio social y político, cuyos frutos florecieron el primero de marzo de 2005 cuando fue depositada con respeto, en el museo de la historia, la centenaria hegemonía de los partidos tradicionales de nuestro país.

En estos 20 años, nuestros periodistas, nuestros trabajadores, los hombres y las mujeres que hacen posible este diario hemos aprendido a aprender, hemos aprendido a comprender. La pedagogía de la libertad, razón y ser de nuestra existencia como medio, nos encuentra también como alumnos de esta universidad de la vida, cuyo premio es la aproximación a la verdad, razón última del ejercicio de la libertad.

Nos sentimos orgullosos de la siembra arrojada durante estos últimos 20 años.

Y les prometemos 20 años más de aciertos y errores, de alegrías y sufrimientos, y, como siempre, sin claudicar.

¡Comparte en tus redes sociales!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *