La nueva Publicidad ante la moderna fabricación de los deseos ajenos

Domingo 27 de abril de 2008 | 04:01
Escribe : Federico Fasano Mertens

Han pasado ya unos meses desde mi última “Cosa Vostra” publicada a principios de este nuevo y trajinado año político de 2008, cuando otras tareas más urgentes vinculadas al rediseño del Multimedio Plural me convocaron y absorbieron obligándome a desertar temporalmente del contacto personal con los lectores.

Despejadas esas incógnitas retorno a mi pasión escritural, de pensar y comunicar.

La veintena de “Cosa Vostra” publicadas en el último semestre del año pasado sobre el lado más flaco de la democracia uruguaya, el sistema hegemónico de información, adelantaban premonitoriamente lo que se viene dando en estos últimos meses, tiempo de ensayo general frente al parteaguas de la contienda electoral entre el poder conservador y las fuerzas del cambio.

La ofensiva del bloque mass mediático hegemónico dirigido por Búsqueda, El País, Radio Sarandí y Canal 10, aunque éste último por causas que aún no estoy en condiciones de desentrañar, entró en contradicción con el resto, lanzó una blitzkrieg coordinada en todos los frentes para arrasar la línea Maginot de la reforma tributaria a favor de los más desposeídos.

Este bloque conservador que es monopólico en televisión, abrumadoramente desequilibrante en las ondas radiales y mayoritario en prensa escrita, junto a algunos capitales advenedizos de menor monta que se colaron en el proyecto, diseña, prepara y ejecuta la contraofensiva para frenar el avance progresista, desalojar al Frente Amplio del Edificio Libertad y recuperar al Estado como aliado de sus intereses mercantiles y culturales con el propósito de domesticar a la sociedad.

Es claro. Perdieron al Estado nodriza que durante décadas y décadas les dio la teta traicionando su rol de árbitro equidistante en la pareja de contrarios que implica la tensión entre sociedades anónimas de información y sociedad civil.

Les va la vida en recuperar lo antes posible al Estado nodriza, en retornar al “ancien regime”, antes que el Estado progresista se dé cuenta que debe defender el derecho de una sociedad inerme, titular exclusiva y excluyente del derecho a la información, hoy en poder del pensamiento único y del virtual monopolio mass mediático del partido conservador.

Ayudar a construir un proyecto informativo estratégico que devuelva a la sociedad civil el poder expropiado por las grandes sociedades anónimas de la información implica en primer lugar reconocer las características del modelo hegemónico.

En las últimas 20 contratapas procuramos exhibirlo.

En ellas desnudamos los cinco objetivos políticos de ese bloque: 1) sustituir la primitiva libertad de prensa por la libertad de empresa, así como el libre examen y la conciencia crítica por la publicidad inducida; 2) imponer el modelo de capitalismo dependiente, la hegemonía de la empresa privada, el proyecto de economía libre de mercado, las tesis del consumismo masivo y la información descontextualizada; 3) articular el poder estructurador de los medios de comunicación para uniformizar la manera de pensar, sentir y vivir, así como la misma ideología uniformizó en el pasado la manera de producir; 4) afianzar la solidaridad de los consumidores en torno a las clases dominantes y al mismo tiempo desmovilizar y desorganizar a los sectores dominados, aislándolos, atomizándolos y disgregando los elementos de solidaridad que les son naturales ante el fenómeno de la dominación; 5) finalmente imponer su concepción particular del desarrollo confundiéndolo con el incremento del producto bruto interno por habitante obtenido mediante una paternal y hasta misional transferencia de recursos de capital y tecnología a través de la iniciativa privada.

Explicamos y demostramos que estos cinco objetivos se apoyaban en seis falsedades: 1) que la libertad de empresa garantiza la libertad de prensa; 2) que la propiedad privada en la garante de la democratización informativa; 3) que el consumidor, lector o audiencia audiovisual es el que manda ya que basta que no compre el diario o cambie de programa para que su poder sea ejercido; 4) que en nuestro país la mayoría de los periodistas ejercen su profesión con independencia y los dueños de los medios les permiten trabajar con un alto grado de libertad profesional; 5) que en el sistema uruguayo de información predomina el periodismo objetivo; 6) que en el sistema uruguayo de información no hay crisis de representatividad, todos los sectores sociales y políticos tienen voz y son participantes.

Y finalmente comenzamos en las últimas “Cosa Vostra” a analizar uno por uno los diez mitos del poder hegemónico informativo: 1) la noticia es la que reina y gobierna; 2) la objetividad y la neutralidad son las bases del sistema; 3) la privatización es la garantía contra la intromisión del mercado; 4) el cuarto poder es el poder autónomo de los medios; 5) la libertad de prensa es la religión de los medios; 6) la opinión pública es el juez inapelable; 7) la participación es libre; 8) la publicidad iguala; 9) esclavos en el trabajo pero libres en el consumo; 10) la ausencia de prohibiciones resuelve el problema.

Al interrumpir nuestras reflexiones habíamos alcanzado a desnudar hasta el séptimo mito, la participación es libre, donde probamos que la única participación que admite el paternalismo de los medios hegemónicos es la de decir sí o aislarse de toda forma de comunicación.

Nos resta ahora abordar los tres últimos mitos.

Hoy nos referiremos brevemente al octavo mito, la publicidad iguala, y el próximo domingo culminaremos con los dos últimos para pasar luego a analizar la propuesta estratégica de la comunicación democrática en nuestro país con 30 recomendaciones concretas.

Abordemos ahora el octavo mito: la publicidad iguala.

Para el sistema de comunicación vigente la publicidad es la igualdad entre emisores y receptores, entre productores y consumidores. Al grito de “todos iguales ante los objetos”, la publicidad se lanza a la conquista de las conciencias, afirmando que cuanto más objetos haya más felices serán los consumidores.

Sin embargo no es legítimo cortar tan grueso. Hay dos tipos de agentes publicitarios. Los científicos, profesionales y responsables que aceptan un código deontológico de respeto al consumidor y que han comenzado a abrirse paso en esa jungla de las vanidades y los otros, cuyo único objetivo es la conquista de las conciencias para engrosar sus arcas, independientemente de la bondad del producto y las ideas que promueven.

No se dan cuenta que no es lo mismo un abogado penalista que defiende a un criminal porque la ley impide dejar desprotegido a cualquier ser humano, que un agente publicitario que no puede, no debe, defender productos o ideas engañosas o nocivas para el prójimo.

Estos agentes, que cada vez van siendo menos, acorralados por las nuevas leyes en defensa del consumidor, descubrieron el valor estratégico de la publicidad. El discurso de la mercancía, el lenguaje mercantil por antonomasia que implica la publicidad, se explica a sí mismo como difusor de bienes y servicios es decir relacionado solamente con los objetos y movidos por la libre competencia, legitimada por el modelo vigente. He aquí la gran fábula que narcotiza a las mayorías receptoras.

Jesús Martín Barbero lo explica bien: “Más que informar sobre los objetos, la publicidad informa los objetos, y esa forma no habla ni del objeto ni de la marca, sino de la fábrica, de la gran fábrica social, de su materia prima, de las necesidades y los deseos de los hombres, sus ambiciones y sus frustraciones, de esas relaciones que los hacen sujetos, y todo ello, claro está, elaborado industrialmente a imagen y semejanza de su productor, de su modo de producción”.

La estrategia de la saturación publicitaria, la moderna fabricación de los deseos ajenos, con su descomunal despliegue de imágenes y de retórica repetitiva y redundante hasta el hartazgo, es quizás una de las estratagemas más bien disimuladas del sistema.

E
l lenguaje publicitario penetra, como el que más, todos los restantes lenguajes. Hasta el de la contraideología del cambio, capturando vocablos tales como participación, acceso, hombre nuevo, revolución, con la finalidad de trivializarlos, diluirlos, despojarlos de su contenido disidente. Su soporte intelectual se basa en una cadena de sofismas destinados a legitimar el poder publicitario. No en vano la estructura publicitaria de los países más desarrollados, EEUU, Europa y Japón, supera el billón de dólares anuales de ingresos publicitarios, de los cuales más de la mitad pertenecen al difusor propagandístico más importante del planeta: los Estados Unidos de Norteamérica. En los últimos años esos ingresos aumentaron un mil por ciento y para la presente década se auguran aumentos superiores por ingresos publicitarios. No es osado afirmar, entonces, que el campo donde opera la publicidad se ha convertido en un lugar estratégico de primera magnitud y lamentablemente no suficientemente explorado y detectado en el sur de nuestra América, zona mundial donde los estragos de la publicidad han sido más voluminosos y deteriorantes.

Estragos admitidos incluso por los centros transnacionales de la publicidad que han preferido utilizarla un 65% más en América Latina que en los EEUU. Los daños de la sobrecarga publicitaria en las metrópolis son combatidos por sus sociedades y es así como “el angustiado habitante de Nueva York recibe 65% menos mensajes publicitarios que los que están obligados a absorber las gentes de América Latina” (Antonio García), y ello se da teniendo en cuenta que el ciudadano norteamericano es asediado “por unos 1500 mensajes de publicidad diaria y expuesto a 4.000 horas de televisión antes de llegar a la escuela primaria”, según datos proporcionados por Hebert Schiller.

Seguiremos bregando por una publicidad honesta al servicio del ser humano.

Hasta el domingo próximo.

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