¿De que opinión pública hablan los Medios, si ésta carece de vida propia?

Viernes 28 de diciembre de 2007 | 04:29
Escribe : Federico Fasano Mertens

Ingresamos este viernes en la descripción de dos nuevos mitos del sistema informativo hegemónico, de los diez mitos anunciados. Nos referimos hoy al mito que afirma que la opinión pública es un juez inapelable y es además la máxima garantía que los medios de comunicación ofrecen a la sociedad, y el mito que asegura que la participación es libre, que existe libertad total de las audiencias para participar en el mensaje informativo.

La manipulación informativa contra Nin Novoa y la aplicación de la ley de Lynch contra Juan Carlos Bengoa son dos buenos ejemplos recientes de cómo la opinión pública fue manipulada por los medios y cómo la sociedad no pudo participar libremente en ese debate noticioso.

Ingresemos de una vez en las entrañas de ambos mitos.

El establishment no admite que los medios sean controlados por poder alguno, salvo por el poder derivado de sus carteras accionarias. Su derecho, afirman, es originario y no delegado de la sociedad. Sin embargo, proclaman, por doquier, con pose garantista, que aceptan el fallo inapelable de la opinión pública sobre su gestión. Si aciertan, la opinión pública los premiará con mayor audiencia. Si se equivocan, la opinión pública los condenará a la quiebra, al concordato o a la desaparición. Otra vez el mito operando en las conciencias.

De qué opinión pública hablan los empresarios de los medios. Hablan de una opinión pública que no puede organizarse ante los medios, que carece de vida propia, que no posee capacidad autónoma de pronunciamiento. Se trata una vez más de hacer pasar gato por liebre. De maquillar la opinión privada con los afeites de una opinión pública.

Para el sistema la opinión pública es sólo aquella que registran los ratings y éstos sólo configuran referendos cerrados. Ya hemos analizado el círculo cerrado de la penetración de las conciencias retroalimentado y reproducido por los propios dominados, incapaces de rasgar el velo de la dominación. “Es ese mismo efecto de hipnosis el que paradójicamente brinda al receptor la impresión de su mayor avasallamiento”, como bien lo describe Armand Mattelart.

Nuestra opinión pública, la opinión pública democrática, no puede ser otra que la opinión de los pueblos. La opinión organizada de todos los sectores sociales. La opinión de las audiencias expresadas directamente en los propios medios, en la elaboración del mensaje y en el control de la gestión informativa. Y no sólo a través del fusible denominado “cartas de los lectores” que en forma alguna incide en el impacto comunicacional.

Escuchemos al sociólogo Jesús Martín Barbero: “Allí donde los hechos no alcanzarían a hablar, hablaría entonces esa otra naturaleza que es la opinión pública, juez implacable que está más allá de toda diferencia, de todo conflicto y por encima de toda política; la opinión pública sería la otra depositaria natural de la verdad. Cómo distinguir ahí, se pregunta Habermas, entre comunicación y conformismo, entre lo que el público opina y lo que el poder dicta. Atrapada en la disyuntiva: o prensa propaganda del Estado o prensa libre, la opinión pública se torna irremediablemente cómplice de la ‘objetividad’ ahorrándose todo análisis que pueda conducir a conectar los mecanismos en que se produce el poder con los del discurso en que se produce la libertad”.

No podría dejar la ideología dominante tampoco fuera de su discurso la “participación” de los dominados en la dominación. Otra vez Mattelart desnuda el ardid: proclama una comunidad de intereses que no es tal; “fiel al antiguo mecanismo del fetichismo que invierte el sujeto y el objeto, la unión o comunidad de los hombres es una unión o comunidad de las cosas: erige al rango de común denominador del proceso de homogeneización cultural, el refrigerador, el auto, el cómic, etc”.

Lo que la clase dirigente llama “participación del receptor” es nada más que el acto voluntario de recibir y aceptar el producto elaborado por los medios.

El paternalismo de los medios con sus sugerencias, insinuaciones o en oportunidades, cuando pierden la compostura, con sus imposiciones, no deja otro camino que la participación de decir sí o aislarse de toda forma de comunicación.

Porque debemos insistir una vez más: la libertad de expresión sólo tiene sentido y realidad en la medida en que efectivamente comunica su pensamiento a los demás, no en el mero acto de gritarlo en la soledad de su casa. Esa libertad no puede ser un absurdo monólogo interior, un virtual ejercicio onanista sino un genuino intercambio social.

¿Cómo puede un ciudadano tomar parte en la política si no está informado o lo está parcialmente; si no se le permite expresar sus puntos de vista públicamente o se le cobra por ello? La gente que no sabe de los procesos políticos, sólo informada de cuál es el último modelo de automóvil, de las supuestas alegrías que producen bebidas y cigarrillos y de las lágrimas vertidas cada tarde por las sufridas mujeres de las telenovelas, no están en capacidad para tomar decisiones políticas razonadas y que los beneficien a ellos y a la sociedad.

Además ha irrumpido en la escena un contradictorio actor informático que une y aísla a la vez a los seres humanos y conspira contra la participación organizada.

Bien lo explica el polémico comunicólogo Toto Smucler. Los consumidores de información se aíslan cada vez más. Las relaciones sociales horizontales se debilitan en beneficio de aparatos verticales. Tienden a desaparecer las mediaciones sociales colectivas como los partidos, los sindicatos e incluso los medios de comunicación.

La revolución informática y su mito de democracia electrónica que ofrece todo, hasta votar por computadora desde su casa, aísla cada vez más a los individuos entre sí, la gente se aísla en sus casas, convertidas en verdaderas fortalezas electrónicas, mientras las relaciones tradicionales horizontales vinculadas al trabajo, al consumo, al entretenimiento colectivo se debilitan en beneficio de aparatos verticales que les ofrecen trabajo, servicios o líderes políticos carismáticos. Seres dispersos molecularmente en sus hogares e interconectados a través de terminales, eliminan los espacios donde se articulan las luchas por la democracia. El grupo deja de reconocerse. Se diluye la escuela, el hospital, los centros de gestión, las salas de esparcimiento.

La democracia no armoniza demasiado bien con el uso de las nuevas tecnologías que giran alrededor de las computadoras. Las tecnologías debieran estar después de los objetivos de bienestar humano y no antes de esos objetivos.

Hace sólo 40 años en Australia, la sociedad civil pidió una moratoria de 5 años para evaluar el impacto de la computarización en el bienestar humano.

Pero volvamos al eje de nuestra reflexión.

El mito de la participación difundido por la dominación no es más, y a lo sumo, una mera participación pasiva: “vivir la historia de los demás para no tener tiempo de preocuparse de la propia, vivir por procuración identificándose con cuanto supera a uno, en una palabra, convertir el tiempo histórico en un objeto de consumo como cualquier producto, son los lemas que vertebran la operatoria de desplazamiento que realiza el medio masivo. Esta integración formalista, donde señaladamente la forma y su perpetua remodelación no hacen sino revestir de un oropel modernizado un contenido inmutable: todo parece moverse pero nada cambia, creando el espejismo del fin de las segregaciones sociales y de los poderes ocultos. Informado, por lo tanto, participando”. (Mattelart)

Qué ejemplos de participación activa y real pueden exhibir estos paladines de la democracia, por definición no participativos.

La famosa retroalimentación informativa del teléfono abierto en canales y ondas radiales o las cartas de los lectores, es de una proporción tan insignificante en el conjunto de la comunicación, que más allá de la participación real, que lleva en su seno, sólo sirve para de
corar el resultado no participativo del producto ofertado.

O acaso los reportajes o programas de entrevistas, ejemplos señeros de participación proclamados por el sistema, son realmente participativos cuando el reporteado “está siempre obligado a responder y jamás le es permitido hacer pregunta alguna”.

La participación activa y real no existe ni puede ser tolerada por la ideología dominante. Cuando ella se produzca, el sistema caerá como un castillo de naipes. Porque ella implica la democracia real, la democracia participativa, aquella que modificará de raíz la democracia formal de los medios de comunicación.

Y esta afirmación es tan cierta, que cuando, dentro mismo del modelo vigente, surgen tecnologías capaces de canalizar la participación de los receptores hacia productos elaborados bajo su propia responsabilidad, esta tecnología es saboteada y enterrada por el establishment.

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