Viernes 21 de diciembre de 2007 |
Escribe : Federico Fasano Mertens
Fue decir Nin que la tierra es redonda para que la corporación fundamentalista de los que aún la creen plana salieran a rasgarse las vestiduras al grito de “al ladrón, al ladrón”.
Nin Novoa había osado poner en duda uno de los dogmas de la religión del cuarto poder: toda crítica al uso irresponsable, fantasioso y tendencioso de los medios de comunicación es un ataque a la libertad de prensa.
Lo que en buen romance les dijo Nin a los periodistas es que quienes mandan en los medios no son ellos sino los accionistas, los propietarios y sus capataces y que cada medio de comunicación lucha por sus intereses políticos y/o económicos y/o personales y por todos los y/o que tienen que ver con el poder de unos hombres sobre otros. Y que muchas veces esos medios para los que ellos trabajan, acusan sin pruebas, manipulan la información, o la ocultan o la agrandan o la minimizan, sin control alguno de la sociedad, según les cuadre a sus intereses estratégicos. Y últimamente esos medios se han dedicado a “procesar” por la prensa a ciudadanos que aún no han sido condenados por la Justicia y que por ende gozan de una presunción de inocencia a su favor.
El tema encaja perfectamente en el abordaje que hoy iba a realizar en «La Cosa Vostra” sobre el cuarto y quinto mito de los medios de comunicación que hegemonizan el pensamiento, la cultura, los gustos y las conciencias en la sociedad uruguaya.
Anteriormente intentamos explicar los tres primeros mitos y explicar por qué “la noticia no es la que verdaderamente reina y gobierna en el circuito informativo” y por qué “la objetividad y la neutralidad no son la base del sistema” y por qué “la privatización no es la garantía contra la intromisión del Estado”.
Hoy pensábamos explicar por qué “la prensa no es el cuarto poder” y por qué “la libertad de prensa no existe y adopta la forma de una genuina falsificación”
Y cuando estábamos en estos menesteres apareció el coro de vestales impolutas acusando a Nin de atentar contra el cuarto poder.
Otro mito ¬¡qué manera de producir mitología política posee la clase dominante!¬ de la comunicación social: el poder autónomo de los medios, o parodiando a Montesquieu, la prensa es el cuarto poder del Estado.
De ser un cuarto poder, se equipararía a los poderes militares de facto, que han asolado nuestra América en la última década, ya que sería el único poder, impuesto, no elegido por nadie, y lo que es peor que no rinde cuentas a nadie. ¿Qué clase de poder es éste?
Un poder cuarto, es un poder distinto al primero, segundo y tercero. Es algo diferente. Cuando en la realidad es el poder por antonomasia que está al servicio del sistema. Porque hay que volver a decirlo: no son los medios los poderes alienantes, es el sistema de dominación el que aliena y somete. Los medios carecen de virtudes y poderes autónomos. Son meros instrumentos del sistema. En realidad el cuarto poder es un poder de cuarta pero al servicio del poder en serio, el poder del sistema.
“No es que millones de personas estén sometidas por la televisión, sino que millones de personas están sometidas por el capitalismo”, afirmaba con razón el sociólogo Ramiro Taufic.
El grito de Mac Luhan, “el medio es el mensaje” tiende a escamotear el problema de fondo. El mensaje, en realidad, es lo que quiere el sistema dominante. El medio sólo hace lo que quiere el sistema dominante. El medio sólo hace lo que quieren que hagan sus manipuladores, llámense éstos propietarios o concesionarios o capataces.
Otra de las grandes falsificaciones (quinto mito descrito de los 10 enumerados) contenidas en la oferta ideológica de la dominación es el dogma que afirma que la libertad de prensa es la base ética y garantista de la religión transnacional del neoliberalismo.
Simpático discurso liberal que ha confundido deliberadamente libertad de expresión de la sociedad con libertad de poseer medios, ha confundido la libertad de difusión colectiva de ideas con la libertad de difusión del medio y la libertad de información con la libertad del informado. Libertad de prensa con libertad de empresa.
La libertad de prensa es la libertad que tienen los empresarios de los medios de comunicación de modelar las conciencias de los receptores.
Pero de ninguna manera, la libertad que éstos debieran tener para poder participar en la elaboración del mensaje informativo.
Confusión, por lo tanto deliberada, entre libertad de prensa y libertad de empresa.
Pero ésta última ni siquiera es tal. ¿Acaso puede existir libertad de empresa cuando se necesitan fortunas para poder poner en funcionamiento un diario, una radio o un canal de televisión? Y aun poseyéndola, se deberá probar la afiliación clara a la ideología dominante para poder superar el boicot publicitario, el otorgamiento de la materia prima necesaria para funcionar, los permisos de importación, la distribución del producto, las concesiones en el caso de los medios audiovisuales.
Ni siquiera existe hoy en nuestras sociedades libertad de empresa en el sector de la información.
Una libertad de empresa que en el pasado se codeó con la libertad de prensa, generando numerosas pequeñas empresas periodísticas, que tan importante papel desempeñaron en las luchas de la independencia, en la elevación de las conciencias, en la politización de las mayorías y en la formación de la naciente opinión pública.
La frase de Tomás Jefferson “la libertad de prensa es la que protege nuestras otras libertades”, con visos de realidad mediatizada en el pasado, hoy carece de todo sentido, en la era de la cibernética y de la feroz monopolización de los medios de comunicación.
Este proceso de degeneración tiene sus explicaciones. Volvemos a reiterarlas. El capitalismo naciente necesitó en sus orígenes hacer eje en el liberalismo político proclamando las libertades públicas, la igualdad cívica de todos los seres humanos, el irrestricto ejercicio de los derechos. Era la forma más adecuada de derrotar al sistema feudal en decadencia, su adversario histórico en el poder. Consolidada esta derrota, el liberalismo político fue cediendo paso al liberalismo económico, así como la libertad de prensa fue cediendo paso a la libertad de empresa. La utopía política de la igualdad jurídica entre ciudadanos económicamente desiguales dejó paso a la democracia pragmática, basada en el consumo y la producción. El principio que legitimó y obtuvo consenso para la democracia demoliberal cambió abruptamente de eje.
La soberanía de la empresa privada, el libre cambio, el libre comercio, la libre empresa, la libre inversión, la libre acumulación, la libre exportación de utilidades, fueron sustituyendo a las libertades ciudadanas en un proceso de contaminación del sistema que aún no ha terminado y que se extiende, bajo distintos disfraces, en el libre monopolio transnacional.
Y cuando la sociedad exige el retorno a la libertad de prensa y reclama su cuota parte de ella, los propietarios de los medios reclaman airados que lo que se pretende es coartar precisamente la libertad de prensa, sumando de esta manera al delito, el escarnio a las víctimas. Tal fue lo que sucedió en México cuando se pretendió por parte de la sociedad reglamentar constitucionalmente el derecho a la información, con la oposición abierta de los medios, sus representantes y sus aliados.
La ideología dominante defiende la mitificación a capa y espada y alega que los propietarios no dirigen los medios, que éstos son dirigidos por los lectores, por los radioescuchas, por los televidentes, por el mercado consumidor. La dictadura de los consumidores se erige entonces como regla de oro de la libertad de prensa. Como dice la SIP, Arbilla, Búsqueda y sus corifeos: “Todos ustedes están en contra de la libertad de prensa arguyendo que es una libertad de propiedad, pero los hechos no les dan la razón porque vender cada día miles y miles de ejemplares constituye un verdadero plebiscito, y este plebiscito es
la expresión máxima de la libertad personal”. Mattelart les contestó oportunamente a estos profetas de la derecha mediática: “Lo que silencia nuestro burgués es que se trata de un plebiscito a la institucionalidad burguesa que no sólo impone sino que prefigura actitudes y gustos y una vez fijados estos últimos puede darse el lujo de simular la democracia”.
¡Por favor Nin, no seas ingenuo! Los monopolios mediáticos y el pensamiento único y uniforme que exhiben, comandados por la SIP y sus bribones locales, son la quinta esencia de la democracia humana.
No te vuelvas a equivocar esperanzado en que el olmo dará peras.