¿Por qué recibimos al Emperador vindicator?

Llega hoy a nuestro solar el Emperador del nuevo mundo unipolar. El título de nuestra portada merece una explicación, así como la posición editorial de LA REPÚBLICA, de bienvenida y malvenida en un solo acto que no implica esquizofrenia política sino un acto de responsabilidad y dignidad simultánea.

¿A quién recibimos?

El que pisa hoy nuestro terruño es un personaje con pocos antecedentes en la historia universal moderna.
No tenemos duda alguna de que nos encontramos frente a un Emperador vindicator, que impone su poder omnímodo a los “bárbaros” que no se someten a su expansión.
Su vicepresidente Dick Cheney lo explicó sin titubeos: “EEUU tiene el deber de actuar con fuerza para construir un mundo a imagen de EEUU”. Y para que no queden dudas, su ex jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, le aclaró a Cheney: “Se consigue más con una palabra amable y un revólver que con sólo una palabra amable”.
El eje de su discurso es el miedo y el terror; y poco le importa ser amado u odiado, le importa no ser temido. Se aprendió de memoria el “oderint dum metuant” de su gemelo, el Emperador Calígula: “Dejen que nos odien, basta con que nos tengan miedo”.
Pero, cómo podemos sorprendernos si sus libros de cabecera, cuando se los leen, provienen de Cabot Lodge (“ningún pueblo igualó nuestras conquistas y ahora nada podrá detenernos”), de Marse Henry Watterson (“somos una gran república imperial destinada a modelar el futuro del mundo como no lo ha hecho nunca ninguna otra nación, ni siquiera el imperio romano”), de Charles Krauthammer (“EEUU cabalga por el mundo como un coloso y desde que Roma destruyó Cartago ninguna otra gran potencia ha alcanzado las cimas a las que hemos llegado. EEUU ha ganado la guerra fría, se ha puesto a Polonia y a la República Checa en el bolsillo y después ha pulverizado a Serbia y Afganistán y de paso ha demostrado la inexistencia de Europa”) de Paul Kennedy (“ni la Pax Británica, ni la Francia napoleónica, ni la España de Felipe II, ni el Imperio de Carlomagno, ni siquiera el Imperio romano pueden compararse al dominio norteamericano”) o finalmente del inefable Zbigniew Brzezinski (“el objetivo de EEUU debe ser el de mantener nuestros vasallos en un estado de dependencia, garantizar la docilidad y la protección de nuestros súbditos y prevenir la unificación de los bárbaros”).
De qué nos asombramos entonces.
El presidente N°43 de la República Imperial que hoy nos visita cree en el fin de la historia y en un mundo reducido a la interpretación imperial bajo la hegemonía del E.E.U.U. texano y petrolero.

Lejos de presidir la transformación de la desigualdad mundial, aprovechando su inmenso poder tecnológico y el rol que nadie le disputa de  locomotora de la economía mundial, y de asumir con responsabilidad la defensa ecológica y cultural del planeta, decidió poner al Estado que administra, fuera de la ley y el derecho, fundando un Estado militar basado en el “Patriot Act” aprobado con vergüenza por un Parlamento que se olvidó de su historia, que abjuró de Washington, de Jefferson, de Lincoln, los grandes precursores de la democracia estadounidense. En ese día nefasto, en el que los curules temerosos alzaron con vergüenza su mano otorgando al César todos los poderes que exigía, sólo hubo un voto en contra, el de una mujer, símbolo de la dignidad norteamericana, que hoy, en el Día Internacional de la Mujer, es justo recordar.

La nueva República Imperial, teocrática y militarista

Este gobernante, surgido de la peor victoria electoral en EEUU de un Presidente desde 1876 hasta nuestros días, se dedicó en sus dos mandatos a sentar las bases de la nueva República Imperial teocrática y militarista, imponiendo una férrea censura sin precedentes en la democracia norteamericana moderna, encarcelando al disenso (según Heinz Dieterich Steffan, “ya hay más de dos millones de ciudadanos norteamericanos detrás de las rejas, entre ellos, el 12% de todos los hombres afroestadounidenses entre 20 y 34 años de edad, siete veces más que la tasa para la misma edad de los blancos”) y como le pareció poco suspendió los derechos civiles, eliminó el hábeas corpus, instaló las listas negras, impuso los juicios clandestinos, las cárceles secretas, la tortura legalizada, el crimen selectivo y el delito de opinión, empujando a su sociedad a la noche negra del macartismo más anacrónico con la complicidad de la Corte Suprema que convalidó su ilegítima investidura, con la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación, que con contadas excepciones  deshonraron el legado del periodismo fundacional norteamericano, aprovechándose del gigantesco apagón intelectual de la sociedad estadounidense, abrumada por el temor y la duda.
No contento con depredar en el interior de sus propias fronteras, comenzó a jugar con el planeta negándose a firmar los protocolos de Kyoto aprobados unánimemente por la comunidad internacional, rechazando además el control de armas bacteriológicas porque estimó que el acuerdo para evitar la proliferación de estos arsenales era perjudicial para su país, negándose también a firmar y participar en la Corte Penal Internacional creada con los votos de 190 Naciones para juzgar los crímenes de lesa humanidad, desestimando al mismo tiempo el tratado sobre minas antipersonales, el acuerdo sobre armas de pequeño calibre, el Tratado sobre prohibición total de armas nucleares y las Convenciones de Ginebra sobre los prisioneros de Guerra instalando la afrenta de la cárcel extraterritorial de Guantánamo, una prisión sin ley y sin compasión. Y en acción que no tiene parangón en la historia universal, exigió a todos los gobiernos del planeta que firmen un acuerdo bilateral de inmunidad para que los ciudadanos de los EEUU no puedan ser juzgados en otros países por los delitos que cometan.
Y finalmente inventó la excusa de las guerras preventivas para que el complejo militar industrial que le sirve de sustento, considerado por el Presidente Eisenhower como “el mayor peligro para la democracia estadounidense”, pudiera entrar a saco en las regiones cuya anexión es necesaria para los intereses imperiales.
Para ello expropió a su pueblo, según el Premio Nobel Joseph Stiglitz, 2 trillones de dólares (un trillón es un millón de billones y si quiere verlo escrito agregue al número 2 unos 18 ceros y podrá apreciar lo que son 2 trillones de dólares), cifra capaz de alimentar durante muchos años a los 854 millones de personas en el mundo que según la FAO no tienen ni para comer, o para evitar durante muchos, muchos años, la muerte por hambre de decenas de miles de niños o para sacar de la pobreza extrema a los dos mil millones de seres humanos que viven con menos de 2 dólares diarios.
Pero el destino de esa gigantesca expropiación que dilapidó dos períodos de salud pública de las finanzas conducidas brillantemente por el demócrata Bill Clinton, no era preciosamente altruista sino bélico.

El discurso siniestro del amo y del esclavo

De ahí en más la historia es conocida. Contra toda razón, violando el derecho de gentes, inventando inexistentes arsenales ocultos, desoyendo a la opinión pública del mundo entero, contrariando el sentido común, se lanzó sobre el tanque de gasolina del capitalismo mundial, que no otra cosa es el Golfo Pérsico, invadió una Nación soberana sin declaración de guerra, entrando a sangre y fuego en la cuna de la humanidad, en el Mesos Potamos, que así se llamaba Irak hace 8 mil años, donde se fundó el primer estado, la primera civilización agraria y se inventó la escritura cuneiforme, en un acto de piratería internacional que constituye la mayor iniquidad bélica de los últimos decenios.
Pero como le ha ocurrido a todos los que imponen relaciones de dominación basadas en la negación del otro, de la alteridad, no calculan la reacción humana. No entienden que el discurso siniestro del amo y del esclavo termina siempre con la ferocidad del esclavo que ya nada tiene que perder. Y es así que más de tres mil estadounidenses uniformados entregaron sus vidas y enlutaron a la sociedad norteamericana. Murieron sin que nadie les explicara que los pueblos acorralados e invadidos reaccionan con temeridad, porque lo único que tienen para perder es su dignidad. Y eso los hace grandes. Las pérdidas humanas de militares estadounidenses en esta aventura bélica contra la segunda reserva mundial de hidrocarburos son casi treinta veces superiores a las que emprendió el padre de este militante de la Christian Right, la derecha cristiana y racista, enamorada de la pena de muerte, cuando desalojó a los iraquíes de Kuwait en la primera invasión.
Dura lección de la historia que se ensañó con este Emperador que desde la cima de su popularidad, después del devastador ataque del 11 S, cayó a los niveles más bajos de aceptación que Presidente alguno haya alcanzado dirigiendo una guerra contra otra Nación.
Este es el homo demens que hoy estamos recibiendo en nuestra tierra.


¿Por qué es recibido por nuestro Presidente de izquierda?

Todo lo anteriormente afirmado no nos lleva a concluir que el Estado uruguayo y el gobierno de izquierda que lo administra democrática y pacíficamente, no lo reciba respetando la investidura que detenta, para discutir de igual a igual todos los temas de la agenda como discuten dos Naciones soberanas.
¿Qué otra alternativa posee el Presidente de todos los uruguayos? ¿Acaso el portazo, el aislamiento, el exilio económico del capitalismo globalizado?
La ética de la responsabilidad no es incompatible con la ética del compromiso ideológico. La izquierda no asumió la administración del Estado burgués para hundirlo en el aislamiento talibán o polpotista o albano, sino para transformarlo en el marco de lo posible alentado por las utopías realizables.
El Presidente de los uruguayos, no tengo duda alguna, es profundamente antiimperialista, y lo seguirá siendo cuando se reúna con el Presidente de los norteamericanos. Pero hoy representa a todos los uruguayos y debe procurar con dignidad y altivez defender el desarrollo de nuestro país y el bienestar de sus habitantes. No se defiende este postulado con declamaciones sin destino, sino negociando con realismo, coraje y honorabilidad. Al término de la visita juzgaremos los resultados.
Convencido estoy de que uno de los más grandes estadistas de nuestro tiempo, intransigente defensor de la pureza de ese sueño milenario de justicia y libertad que denominamos socialismo, referente máximo de las utopías realizables, obtenidas con el solo peso de la energía moral de su persona y de su pueblo, sin fuerza brutal alguna capaz de enfrentar al Goliath americano, el Presidente del pueblo cubano, Dr. Fidel Castro Ruz, también recibiría a George W. Bush para discutir de igual a igual sobre la histórica confrontación que los divide desde hace media centuria.
¿Quién puede dudar del antiimperialismo del Dr. Tabaré Vázquez y del gobierno de izquierda que hoy conduce los destinos de la Nación?
Desde que asumió el presidente Tabaré Vázquez, el gobierno uruguayo ha mantenido en su política exterior claras diferencias con las políticas de Estados Unidos.
El primer acto del gobierno de izquierda fue restablecer las relaciones diplomáticas con Cuba.
Uruguay votó condenando el bloqueo a Cuba y rechazando los intentos de EEUU de condenar en la ONU a esa nación por violaciones a los Derechos Humanos.
Uruguay se reintegró al Grupo de los 20 que promueve el fin de los subsidios y representa la voz del Tercer Mundo en las negociaciones de la Organización Mundial de Comercio.
Uruguay reclamó una salida pacífica a la crisis de Medio Oriente.
Uruguay fue quien presentó, en nombre del Mercosur, la moción que frustró la intención de EEUU de aprobar el ALCA en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata en el año 2005.
Uruguay impulsó y apoyó el ingreso de Venezuela y Bolivia al Mercosur.
Uruguay respaldó con su voto la candidatura de Venezuela al Consejo de Seguridad de la ONU, votando más de 50 veces contra Estados Unidos, en el marco de la Asamblea General.
Sería ocioso seguir enumerando las acciones antiimperialistas del gobierno progresista en su corta gestión.
Confundir deserción de las ideas con voluntad vigorosa para obtener respeto comercial, cultural y tecnológico con un Imperio que existe, y vaya si existe, aun contra nuestra voluntad, es un problema vinculado no a la ciencia política sino al deporte y al entretenimiento político.
No es nuestro tema. Allá ellos con su nihilismo y su purismo retórico.
El repudio de la sociedad civil al depredador y al mismo tiempo la negociación del Estado con el Presidente de la mayor potencia del mundo es parte del proyecto de la izquierda uruguaya para concretar la esperada transformación productiva con equidad en nuestro desigual país.
No podemos volver atrás, sólo podemos abrirnos paso, desechando los aullidos de los demagogos de la antipolítica.
Los que no tienen el coraje de trabajar en este proyecto histórico erizado de dificultades deben tener al menos el valor de callarse ante quienes se sacrifican. ¡Por favor!

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