EI hasta ahora ministro del Interior, Angel María Gianola, había dado muestras suficientes de su incapacidad para un cargo de tamaña responsabilidad. No ofrecía las necesarias garantías para custodiar la democracia en este 1994 que registrará la elección más reñida de toda la historia uruguaya.
Su concepción de transformar la Guardia Republicana en una «task force» que actúe en todo el territorio nacional en «una forma más ágil y más rápida», tiene evocación «terrista». Una fuerza al servicio del Ejecutivo que no necesite de ningún control parlamentario previo para accionar a toda velocidad: «Para combatir disturbios, grandes manifestaciones como ha sido en otros tiempos», aclara el señor ministro, por las dudas de no ser comprendido. Le encantó la idea de cambiarle de nombre: «Guardia Nacional» como la de «Tacho» Somoza, le sabe a gloria, es un exceso lo de «Republicana». Si todo su decir y accionar hasta hoy era motivo valedero para dudar de su ecuanimidad y ponderación política, la confirmación de sus dichos -en la reunión del cuartel de la Guardia Republicana el día 11 de agosto en presencia de parlamentarios de los partidos tradicionales invitados a dedo- de que: «Creemos que el destino del país está entre blancos y colorados», rebasó el vaso.
Ayer frente a las cámaras de televisión el doctor Gianola perdió la imprescindible serenidad de su investidura y confirmó como «ciudadano» lo que se le grabó como «ministro». La «coincidencia política personal que tengo con algunos partidos» -y el agregado peculiarísimo- de que tiene «que dar garantías generales a los partidos políticos, que están en la ejecutoria del Partido Nacional y del Partido Colorado», lo muestran tal cual. Hasta el uso de la palabra ejecutoria, que la Real Academia de la Lengua define como «título de nobleza», nos hace dudar de lo que entiende el señor Angel María Gianola por democracia.
Con razón al inicio de su gestión señalamos que no era ninguna garantía para el cargo, luego del «miércoles negro» reclamamos su renuncia, hoy nos reafirmamos en nuestros juicios: el ministro del Interior debe cesar en el cargo y tendrá que ser suplantado por quien garantice imparcialidad en el acto eleccionario del último domingo de noviembre.
El ministro y quien lo designó continúan anteponiendo la testarudez a la razón desoyendo a una porción importante de nuestra sociedad civil que afirma no tenerle confianza para conducir con ecuanimidad el acto electoral. Aún es tiempo de designar a un «Regules». Sería un gesto de estadista.