El representante del pueblo, miembro del augusto recinto sagrado de toda democracia que es el Parlamento, el diputado colorado Daniel García Pintos (Cruzada 94), decidió deshonrar la alta investidura que lo protege y pasar a engrosar las filas de los expertos en falsos testimonios. Amparado en el refugio del diario La Mañana, publicó con gran destaque y titulares a 6 columnas, cuerpo 72, un extenso libelo de 859 palabras en el que intenta convertirme en un moderno Luzbel, a raíz de un editorial del diario LA REPUBLICA, contestando sus declaraciones contra la Fundación alemana Konrad Adenauer por un reportaje que nuestro diario realizara a su representante en Uruguay.
Su caño colector expelido en letras de molde pasa por acusarme de “mandadero de Tabaré Vázquez del cual recibe dinero, que es de los contribuyentes y que el intendente maneja en forma por demás oscura”, endilgándome los epítetos de “personaje marginal del periodismo” y “figura parasitaria de los negocios que gente de su calaña teje en el río revuelto de la política” o “provocador que a comienzos de los ‘70 tomó partido por la subversión, alentando la violencia contra los uruguayos, haciendo terrorismo y utilizando, cuándo no, las tapas de sus diarios infractores para marcar a funcionarios policiales que luego eran cobardemente asesinados a traición por el MLN”.
Agregando piadosamente que “sobre Fasano se verá que no hay unanimidad: unos insultan a su madre y otros a su padre”, para culminar con una admonición trinotonante: “Fasano es un personaje cuya conducta excede toda la perversión imaginable”.
Ante esta catarata de insultos habría que recordarle a nuestro Catón la reflexión de Talleyrand: “Toda exageración es una insignificancia”. Llama la atención que este cúmulo de improperios haya sido catapultado por el mismo legislador que hacía pocos días había escrito en LA REPUBLICA su habitual columna que generosamente es recogida por nuestro diario desde que el diputado ganara su banca. Al parecer de un día para otro pasamos de ser un editor, amplio, plural y generoso con los que no piensan igual, a un “parásito”, “provocador”, “homicida”, “perverso inimaginable” e “hijo de mala madre y mal padre”.
El camino incómodo que elegí, hace ya varias décadas, de negarme a disputar el honor de abrochar los botones de la camisa del rey, cosa que sólo los pares del Reino, como García Pintos, podían hacer durante la ceremonia del levantarse del monarca y ser a la vez ferozmente digno e inoportuno ante este régimen injusto, inviable e incurable que el señor diputado defiende, me impide rasgarme las vestiduras. Sabía y sé a lo que me expone mi vocación rebelde. Hay y habrá muchos García Pintos en mi camino. Unos más y otros menos peligrosos.
Mi madre, a quien según el legislador la gente insulta por haberme dado la vida, me decía en mi juventud que “los tontos y los sabios no hacen daño pero los medio tontos son peligrosos y hay que cuidarse de ellos”.
Yo sé que el señor diputado cruzadista (aunque me consta que ese grupo político nada tiene que ver con el artero ataque que comento) es un hombre de naturaleza modesta. Es como decía Churchill de Attlee: “Un hombrecito modesto con muchas razones para serlo”. Pero su modestia no puede otorgarle un bill de impunidad frente a sus desmanes.
Lo cierto es que el señor diputado cometió un delito amparado en sus fueros parlamentarios, que no fueron consagrados después de tantas luchas contra el despotismo, para que fueran usados contra otros seres humanos en contra de las leyes que nos rigen a quienes habitamos esta Nación de hombres libres.
Me injurió, me difamó y me acusó de los delitos más terribles, además de exponerme al desprecio público y dibujarme como el ser más execrable que habita esta tierra. No le tembló la mano ni siquiera ante el elogio que me tributó el Parlamento uruguayo en 1972 por jugarme la vida en defensa de las instituciones amenazadas, ni la cárcel ni el destierro sufrido, ni la virtual confiscación que sufrí por defender mis ideas, ni el premio internacional de derechos humanos que recibí en España en 1983, ni la defensa permanente de los sin voz. Soy y seré, para el señor diputado, el paradigma de la perversidad.
Pero hay una diferencia. Si yo digo lo mismo de él, voy preso. La sociedad me castiga por calumniador y el Poder Judicial me encierra hasta por 4 años.
No puedo entonces pagarle con su misma moneda porque la ley me lo prohíbe y carezco de fueros. Tampoco puedo retarlo a duelo, porque precisamente fui yo quien puso en marcha un mecanismo para derogar esa ley bárbara, que finalmente ya no existe en nuestro orden jurídico. Qué derecho le queda entonces a una persona para defender su honor, para apelar a la “exceptio veritatis”, para que la verdad resplandezca, para exigirle una retractación pública, para que el orden legal confirme o desmienta las acusaciones del señor representante del pueblo. No caeré en la tentación de igualarme con mi ofensor. Apelaré y apostaré a la existencia de su sentido del honor.
Mi padre, periodista él —ya en su tumba y al que también según el legislador todos insultan— me recordaba a los 16 años cuando emprendía el erizado camino del periodismo, que cuando tuviera que “emplear como arma la pluma no la sacara sin razón, ni la envainara sin honor”.
El señor diputado la sacó esta vez sin razón, espero que la envaine con honor.
Y es con ese espíritu que lo exhorto a retractarse de todos y cada uno de los dichos injuriosos y difamantes por él expresados.
Si así no lo hiciere, los tendré por ratificados y por lo tanto lo intimo a renunciar al escudo protector de sus fueros parlamentarios para que sea la Justicia la que determine si tiene o no razón en sus afirmaciones.
Yo por mi parte me comprometo públicamente a no oponer la excepción judicial que permite a un difamado que no se investiguen los hechos que se le imputan. También me comprometo a aceptar sus excusas y a no continuar con las actuaciones judiciales pertinentes.
Aun confío en que no se refugiará en el deshonor de mantener sus fueros parlamentarios para castigar a un hombre a quien las leyes lo tienen sujeto por la espalda, mientras el señor diputado puede golpearlo a discreción.
El tamaño de su estatura moral de usted sólo depende. Su silencio lo consideraré una negativa. Esperaré 5 días su respuesta. Después actuaré.