Fasano contesta a Víctor Castiglioni

“No os temo, señor, todavía hay jueces en Berlín…”

El director general de Inteligencia de la dictadura uruguaya, inspector general Victor Castiglioni
en lugar de probar con los múltiples testigos armados que lo acompañaron en el asalto a la
casa del MLN, que no fue él, quien ejecutó a una prisionera indefensa metiéndole el caño de su
revólver en la boca y apretando el gatillo, optó por vaciar su intestino intelectual contra el
director de LA REPÚBLICA.
En su nota, luego de un cordial introito donde me califica de «estimado y que cuento con su
consideración más distinguida, pasa a calificarme de «hiena» «escribidor sin escrúpulos».
«periodista terrorista y letrinal». «mercenario afanado sólo en vender más», sugiriendo mi
participación en el asesinato de Morán Charquero, haciéndome responsable de cualquier
«accidente que pudiera ocurrirle», culminando con la afirmación de que «no le da el cuero para
publicar esta carta y la amenaza de «que el que ríe último ríe mejor».
Desde mi retorno al país, una vez recuperada la democracia y a partir de la fundación de LA
REPÚBLICA en 1988, no utilicé en ningún caso el periódico que dirijo para enjuiciar la
conducta pasada o presente del Sr. Castiglioni. Razones no me faltaban: había sido el artífice
del injusto procesamiento político de mi hermano Carlos que dejó 7 años de su vida en las
cárceles de la dictadura militar, también había impedido el reencuentro con mis hijos que
quedaron en Montevideo cuando sobrevino el golpe de Estado y debí huir al exterior; y
finalmente por ser uno de los más leales y -nobleza obliga- más inteligentes y eficientes
operadores de la más abominable tiranía que trituró durante 12 años el cuerpo social de los
uruguayos.
Me impuse y creo haberlo cumplido, una conducta de pluralismo y olvido de agravios
personales que se convirtió en la profesión de fe de este diario independiente. Las páginas de
LA REPÚBLICA cobijaron con amplia generosidad el pensamiento y los decires de sus
adversarios ideológicos entre los que se encontraban hombres como Victor Castiglioni. Así lo
reconoció éste en las numerosas oportunidades en que buscó refugio en nuestra casa. Pero
refugio para LA REPÚBLICA es sinónimo de pluralismo no de salvoconducto para el
ocultamiento de noticias de fuentes plenamente identificadas que informan sobre hechos que lo
involucran.
La denuncia del suboficial Silva Cordero no le gustó y rechazando nuestro llamado previo a su
publicación, ofreciéndole todo el espacio que quisiera para contestarle, optó por una política
que hace del insulto y la imputación su eje y de la elusión del tema central su intención.
Sobre mi persona, como bien dice Castiglioni ya hay opinión formada en la opinión pública. Del
señor Castiglioni también la hay.
A ella ambos nos remitiremos. Cada uno será juzgado por lo que hizo y dejó de hacer. A ese
torneo de conciencias con mi acusador, no le tengo miedo. En cuanto a su acusación
de mercenario, vendedor de diarios, cualquier habitante de este país sabe que quien es
movido por el motor del dinero, no elije precisamente un diario para lograr sus objetivos.
No debe confundir nuestro ofuscado contradictor el deseo de difundir entre el mayor número de
lectores, ideas, opiniones y hechos, con la intención de aumentar arcas, que en el periodismo
uruguayo se encuentran exhaustas.
Más sorprendente aún se me antoja la acusación de mi connivencia con el Poder Judicial que
dice usted me protege.

El Poder Judicial fue el único que alguna protección pudo ofrecer en la larga noche polar que
ustedes impusieron en el país. De ahí su desprecio por el Poder Judicial. Recuerde siempre,
Inspector, la respuesta digna de aquel súbdito germano ante su poderoso opresor. «No os
temo, señor, todavía hay jueces en Berlín”
Sobre mi vinculación con el crimen de Morán Charquero, le exijo una retractación, ya sea
personalmente, en nuestras páginas o en sede jurisdiccional. Interpretar que la impresionante
«Semana Antitorturas” que organizó en el Paraninfo de la Universidad el diario De Frente, bajo
mi dirección, que culmino al día siguiente con el asesinato de Morán Charquero, me hace
responsable de ese crimen político, es de una perversidad, sólo comparable con los hechos
abominables que otras personas le imputan al inspector general. He hecho de mi trayectoria un
culto a la defensa de la vida humana. Y lo he probado en la cárcel, en el destierro, en la
clausura, en la confiscación y en el secuestro y atentados que sufrí.
No sé utilizar un arma de fuego y no entiendo el lenguaje de los calibres y la balística.
Pertenezco a una raza distinta a la de mi injuriante. La de los civiles desarmados, partrechados
sólo con la fuerza de sus convicciones.
No tema ir solo por las calles. La sistemática destrucción de la polis que ustedes desarrollaron,
ha cesado y hoy nos rige una democracia, que le permite decir lo que me dijo y protege la
libertad de movimiento que usted le negó a sus conciudadanos. No tenga temor. Este
periodista lo protegerá en todas las circunstancias desde estas páginas cuando de
salvaguardar sus libertades se trate.
En cuanto a que no me da el cuero a publicar su carta, sólo decirle que si no me sobraran
lonjas, haría el periodismo complaciente que ustedes alentaron en la dictadura y no el que me
pone todos los días en la mira del poder y la fuerza, por intentar ser el defensor de la
comunidad desinformada.
No necesitaba aludir a mi cuero para que su carta fuera publicada. Era su derecho y esta casa
nunca se lo negó a nadie, aunque su carta desbordara de detritus contra mi persona. El
inspector Castigliani podrá estar satisfecho, obtuvo tapa, cabeza de página y publicación
íntegra sin una coma de menos. Quienes no lo estarán, serán los lectores de LA REPUBLICA,
que no encontraran en ella un desmentido formal y creíble de los actos criminales que le imputó
un dependiente jerárquico de su época.
Para culminar percibo en su «quien ríe último ríe mejor», una amenaza al futuro de nuestro país.
No pierda el tiempo en complots contra la historia. Los uruguayos probaron ya la calidad de la
argamasa indomable que los forjó. Pero si algún día vuelven a intentar suerte sepa que me
encontrará como hoy, armado sólo de mis convicciones, dispuesto a la inmolación, aunque esta
adopte la forma de una pistola introducida por la fuerza en mi garganta libertaria.

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