Mea culpa

La violencia contra la mujer también nos alcanzó.
El domingo pasado el flagelo de la violencia contra la mujer, contra el que hemos militado sin
tregua, nos hirió profundamente en nuestra propia casa.
Un compañero de tareas, un periodista de CX 30 Radio Nacional y colaborador de LA
REPÚBLICA acabó de cuatro balazos con la vida de su esposa, de la que recientemente se
había separado.
Una vida preciosa segada para siempre, un ser humano destrozado moralmente y con su
libertad perdida, una hija de 2 años que comienza a vivir el infierno de la sinrazón, son las
estelas de esta nueva vuelta de tuerca de una violencia doméstica cada vez mejor instalada en
una sociedad enferma de intolerancia.
La noticia nos consternó a todos los que construimos día por día la información de LA
REPUBLICA y Radio Nacional. Esta vez un hombre de nuestras filas era el victimario de
muestras ideas más sentidas sobre la libertad humana.
A la consternación siguió el desconcierto de nuestros periodistas y algunos ánimos equivocaron
el contenido de la palabra solidaridad, creyendo que la mejor forma de demostrarla era silenciar
el hecho o restarle trascendencia. Fueron unos pocos, y pocos también fueron los momentos
que duró el error.
Como director de ambos medios hago público mi error de no haber actuado con la celeridad
inmediata a la que mi responsabilidad me obligaba para no dejar dudas sobre la conducta ética
de LA REPUBLICA y Radio Nacional en la emergencia.
Lo cierto es que la noticia demoró 24 horas en ser difundida por los dos medios de prensa que
me honro en dirigir. Lo considero una vergüenza en mi foja profesional y asumo la
responsabilidad de esa omisión, producto de una consternación colectiva, nunca antes vivida,
que nubló el entendimiento de algunos buenos periodistas, mejores compañeros y cabales
seres humanos que demoraron en reaccionar como lo saben hacer todos los días frente a la
injusticia.
El error fue reparado al día siguiente y la tapa y páginas de LA REPÚBLICA, así como
diversos programas de Radio Nacional, difundieron doloridos y perplejos el nuevo golpe de
violencia doméstica, registrado edición tras edición, programa tras programa.
El hecho volvió también a poner de manifiesto la mezquindad de quienes no reparan en apelar
a cualquier recurso para difamar nuestro proyecto plural. Intentaron subrayar la pertenencia del
homicida a nuestra casa, como si alguien pudiera decir que no está expuesto a que en el seno
de su propio hábitat se den ferozmente y sin previo aviso circunstancias parecidas. También se
llegó a criticar con desdén el acto de un grupo de compañeros del agresor, recolectando parte
de sus salarios para contratar a un abogado que lo defendiera en la sede penal donde será
castigado por su crimen inaudito.
A los que se ceban en el dolor ajeno y a los expertos en falsos testimonios sólo les diremos que
nunca pretendimos poseer la vacuna contra la violencia doméstica y que el derecho de defensa
en juicio es un derecho humano que no se lo negamos a nadie.
Y sí, tanto en Radio Nacional como en LA REPUBLICA trabajamos hombres y mujeres que
hacemos parte de esta sociedad y somos tributarios de los valores y la ideología que
predominantemente se expresan en las conductas cotidianas. Nos esforzamos en promover
otros valores, otros modos de relacionamiento que nos enriquezcan a todos, pero ése es un
camino y hay que transitarlo.

Mientras tanto, no estamos a salvo de estos hechos, que está demostrado hasta el hartazgo,
suceden en todas partes.
La violencia doméstica se extiende como mancha de aceite en nuestra castigada sociedad. Se
discute si aumentan los delitos o parecen más porque se denuncian más. No hay estadísticas
confiables, y, al fin, más importante que dilucidarlo es reconocer su existencia y desentrañar las
causas profundas del problema.
Durante el mes que acaba de culminar, siete mujeres fueron asesinadas y en dos casos más el
intento se frustró. La mayoría de los asesinos son maridos o compañeros de las víctimas, que
convivían con ellas o que se habían separado ya. Hombres vinculados afectivamente, antes o
aún, a las mismas mujeres con cuya vida acabaron. Por lo que se puede saber, hombres que
interactuaban socialmente sin llamar la atención, como parte del colectivo calificado de
«normal».
Por eso el entorno social más allá de su familia recibe con sorpresa, a veces mayúscula, el
desenlace que los convierte en delincuentes. En este caso, nadie lo podía creer, ni en la radio,
ni en el diario. Llovían preguntas de todos lados junto con la descripción de la persona que
creíamos conocer tan bien.
«Era buen compañero, solidario, comprometido socialmente y con sus relaciones más valiosas».
Con su hija, por ejemplo, «era buen padre y le importaba mucho ese rol». «Era muy sereno, de
maneras suaves y respetuosas”
«¿Qué pudo haberle pasado para hacer una cosa así?» «No pudo más y se volvió loco». «Es que
la mujer le negaba la hija». «No aguantó más y explotó por allí». «Ahora él está destrozado. Se
avergüenza de mirar a la cara a sus compañeros de trabajo”. El está destrozado. Y sí, no es
para menos. Pero ella está muerta, arbitrariamente privada de la vida a manos del mismo
hombre en quien confió tanto como para querer convivir y para engendrar un hijo con él.
La consternación de sus compañeros y compañeras es real. Y también puede ser verdadera la
percepción que tenían del hoy procesado por homicidio especialmente agravado.
Entonces cuesta comprender, dicen. Es difícil identificar a la misma persona en conductas tan
antagónicas.
Evidentemente, lo que más cuesta es aceptar que un hombre puede valorar de forma tan
diferente el entorno familiar y los demás en los que actúa. En el primero ejecuta la violencia, en
la mayoría de los casos convencido de que tiene la razón y el derecho. Es que la cultura
dominante lo está legitimando a diario. Los valores sociales, construidos a partir de relaciones
desigualitarias entre hombres y mujeres, avalan y amparan conductas que pueden derivar o no
-pero muchas veces derivan- en agresión directa.
Inmersos en esos mismos valores, se dificulta descifrar los síntomas que preanuncian los
extremos.
Y en este caso también debió haber habido luces rojas que no se percibieron. Había una
separación fundada en la violencia.
Había denuncias de ella, había un procesamiento previo de él por estas mismas causas, había
una insistencia de él en merodear cerca de ella. Para la hija había un régimen de visitas que
justamente procuraba evitar acercamientos entre los ex cónyuges. Aparentemente él no lo
respetaba.
Alguien, algún compañero o amigo debió haber conocido al menos alguno de estos hechos.
Pero no pudo leer el mensaje. La intención no es culpabilizar, pero estas cosas hay que
decirlas en beneficio de una posible prevención. Me incluyo en el mea culpa colectivo que
debemos hacer por esta tragedia.

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