Respuesta demorada

De regreso en México me entero del contenido de una carta publicada el 4 de diciembre de
1982 en la sección correspondencia de Unomasuno, contra las opiniones por mí sustentadas
sobre las recientes elecciones en Uruguay en los artículos titulados: «Achicar el Estado y
agrandar la Nación». Y aunque no siempre el que calla otorga, pese a la demora me decidí a
contestar para evitar caer en los términos del aserto. El autor del pensamiento, digestivo más
qué creativo, volcado en el libelo se llama Danubio Torres Fierro, enrolado en las filas de la
izquierda uruguaya, mientras vivió en ese país,refugiado en México, ex comentarista literario
de uno de los diarios que yo dirigía en Montevideo y actualmente colaborador de la revista
Vuelta, que orienta el escritor mexicano Octavio Paz.
Siempre pensé que la verdad es el resultado que surge de la oposición de ideas. Pero cuando
esas ideas, sin expresión de causa alguna, alteran tan groseramente los porfiados hechos de la
realidad y el sentido común colectivo al afirmar que las elecciones internas diagramadas por
los militares uruguayos fueron sobre todo “limpias y honestas”, cabe preguntarse si no nos
encontramos en la emergencia ante un evidente juicio de distorsión ante el cuál la función
central del intelectual, en entender, se convierte, en este caso, en confundir y hacer confundir.
Similar reflexión me provoca su conducta cuando compara con la misma medida ética a la
dictadura genocida de Chile centrada en la explotación del hombre por el hombre y en la
matriz ideológica del envilecimiento de las funciones del poder, con la revolución socialista de
la nación cubana que nos reencontró con nuestra dignidad latinoamericana, y con la
revolución democrática nacional de una Nicaragua generosa que nos redescubrió la fuerza de
la vocación libertaria de nuestro continente. El exámen, la crítica, la duda, motores que en
general ayudan a buscar la síntesis, en este caso siento que no funcionan. Ante tamaños
asertos todo discurso se inhibe, todo análisis, como diría Alponte, queda estrangulado. Porque,
como afirmar que las elecciones “son sobre todo limpias y honestas” cuando estos hombres
ligeros, de mente desnutrida, corazón anémico y ánimo flácido, cuyo único «mérito» para
conducir el país fue llevar uniformes y portar las armas que les prestó la nación para defender
una Constitución que humillaron, decidieron qué las elecciones internas se llevarían a cabo
previa clausura de los órganos opositores, previo procesamiento de numerosos candidatos qué
quedaron automáticamente excluidos, previa proscripción de 15 mil ciudadanos a quién es se
les cancelaron derechos políticos, previa prohibición de la Comisión Nacional por el voto en
blanco, y previa exclusión de todas y cada una de las 22 organizaciones de izquierda que
participaron unidas en las elecciones generales de 1971, y de todas aquellas que no
participaron y de las que aún no han nacido, por si acaso… A todo esto Torres Fierro lo
denomina elección “limpia y honesta”.

Con el mismo hilo conductor se enhebra la teoría de Torres Fierro afirmando que la izquierda
no empujó a la victoria de la oposición, no obtuvo el 12% en centros urbanos y “saboteó
minuciosa y puntualmente la realización… de estas limpias y en estas elecciones…”.
Como un redivivo Júpiter Tonitroneante, Torres Fierro vaya a saber por que profundas razones
que no fundamenta, la emprende contra la placenta que le alimentó durante muchos años de
su militancia.
Y sin embargo no tiene razón: La izquierda empujó la mayor expresión política opositora que
se recuerde en el país de los uruguayos, cómo también piso en el plebiscito de 1980. Y
utilizamos el término empujar, a conciencia. No fue el artífice. No podía serlo, diezmada y
perseguida selectivamente. Pero estuvo atrás. Dando ánimo, organizando, presente en todas
las movilizaciones, superando el temor de quiénes, quizás por primera vez, salían a la calle a
enfrentar la consigna militar de callar y obedecer.
Y aportando sobre todo sus experiencias participativas, movilizadoras, formadas en una
escuela ajena a las prácticas de los conciliábulos y las trastiendas. Cómo también aportó la
mayor cuota de rebeldía, sangre y heroísmo, colmando sus hombres las cárceles del régimen,
desbordando las largas listas de desaparecidos y torturados, ocupando las tumbas cavadas por
el despotismo. Cómo puede olvidarse, Torres Fierro, de sus compañeros diezmados en la tarea
de ofrendar sus vidas y su libertad por no vivir de rodillas. Cómo puede olvidarse de la
gallardía, el coraje, la convicción de una izquierda, cuyos hombres,mujeres y hasta
adolescentes no defeccionaron ante horda autoritaria, mientras parlamentarios hubo qué
aplaudieron su propia clausura y magistrados que entregaron su pretendida independencia
por 30 miserables dineros.
Esa izquierda que hoy denigra, bien sabe Torres Fierro, que salvó la dignidad de la nación
ocupada.
Y aportó además el ”fenómeno maldito” del voto en blanco, inédito en el país, que aunque
pese a Torres Fierro, superó el 12% en los centros urbanos, sobrepaso el 7% en toda la
república, potenció las posibilidades autónomas futuras de una izquierda cuya identidad no sé
desvaneció en la ajenidad, mediante cifras en blanco nunca antes registradas en la historia de
esa nación y mucho menos siendo el único voto perseguido y después de 11 años de
abstinencia electoral partidaria, cuando la gente no piensa en perder su sufragio por razones
de principios.
El sufragio de la dignidad, el único que no aceptó las reglas de un juego condicionado, el voto
profundamente subversivo de los valores de la autocracia, se ganó el respeto y la admiración
de la sociedad civil sin excepciones. Y el odio de los militares, de los colaboracionistas civiles y
al parecer de Danubio Torres Fierro.
No era necesario para intentar reubicarse sin miedo en las fronteras del miedo, producir
semejantes afirmaciones.
Más allá de nuestra indignación por las mutaciones que suele producir el exilio en hombres
antaño íntegros, ahora confundidos, nos sentimos tristes por el fruto de nuestro antiguo
compañero…

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