“Qué es esto de la subversión. El orden es el orden verdadero. Reposa sobre la verdad.
Todo lo que discrepe con esta verdad, es subversivo. El error es la subversión”
Comandante en jefe Luis Queirolo.
Las elecciones internas, con su transformación de la geografía política uruguaya, ubica en
el primer lugar en el orden del día antidictatorial, el tema de la estrategia de la transición.
El golpeado cronograma militar prevé la sanción de una nueva Constitución, que ellos
pronostican de tono conservador y autoritario consagrando el cogobierno cívico militar con
la institucionalización del COSENA (Consejo de Seguridad Nacional) bajo el amparo de la
ley fundamental de la nación.
El mayoritario “Frente del NO” nacido en el plebiscito y consolidado por los resultados
antidictatoriales de los comicios internos no puede perder la iniciativa tal como la perdió, sin
recuperación posible, con posterioridad al triunfo plebiscitario.
Cierto es que la pluralidad ideológica, la heterogeneidad y los antagonismos, de tamaño
Frente, impiden una plataforma común en torno a los temas centrales que debería cobijar
una nueva Carta Fundamental.
Pero una plataforma de exigencias mínimas bien puede construirse transitando
principalmente por los flancos de los sectores blancos, más intransigentes que los colorados
con el régimen de facto.
Eliminación del COSENA, gobierno civil pleno y sin condiciones ni tutelas, libertad de todos
los presos políticos y sindicales, eliminación de todas las proscripciones y con digno castigo
a los culpables de los crímenes de lesa nación, entendemos debe ser la plataforma que las
fuerzas del cambio deben promover en el seno de una necesaria Asamblea Constituyente,
que carecerá de la legitimidad si no se opta por elegir a los convencionales mediante
sufragio universal y sin proscripciones. Pero, cuál puede ser el eje ideológico y teórico que
permita un sólido frente contra el autoritarismo en el seno de una Convención
Constituyente, si es convocada con garantía para todos.
No vemos otro que la consigna de “achicar el Estado y agrandar la nación”. Es decir, dadas
las circunstancias, debilitar al Poder Ejecutivo. Buscar el camino de un pueblo fuerte y un
gobierno débil. A contramarcha de todas las tendencias en América Latina. Tal postulado
puede acercar tanto a la izquierda como a las tendencias liberales y antimilitaristas de los
partidos Blancos y Colorados. Por otra parte, tal propuesta se inscribe en la tradición de la
izquierda uruguaya, opuesta a la reforma constitucional de 1966 que impulsaba un ejecutivo
fuerte y dominante.
La izquierda, el mayor democratizador de la historia uruguaya, debe aprovechar, ahora,
cuando la sociedad civil se emancipa cada vez más del lecho autoritario, para impulsar un
proyecto sugestivo de democracia que se genere y procese desde los sectores
postergados, promoviendo líneas constitucionales desconcentradoras del problema del
poder. Para ello deberá tensar al máximo sus capacidades de movilización, ya probadas
antaño, generando experiencias participativas mediante una gran imaginación empírica y
teórica de recreación democrática. Después de tantos años de autocracia, donde la
coerción y la violencia fueron los ingredientes cotidianos de una estrategia de poder, de un
uso sensual del poder, donde la estatización y militarización de la política y la sociedad,
excluyeron virtualmente a todos los sectores sociales de toda iniciativa que afectara la vida
del país, no puede haber nueva Constitución que no consagre la participación como
ingrediente central de una necesaria catarsis nacional.
Democratizar la sociedad implica aumentar el número de áreas en las cuales la opinión
pública esté presente, partiendo de la base de que la democracia real, en todos los tiempos,
ha sido obra exclusiva de la participación de las masas. Siempre consistirá la democracia
en la máxima expansión de los poderes de decisión autónomos. Una constitución liberal,
basada únicamente en la democracia formal, terminará, como en 1973, escondiendo,
reduciendo y finalmente cancelando la participación de todos los sectores sociales en la
construcción del país. Sólo dará vigor a un país traumatizado una constitución que integre
los valores de libertad y necesidad. He aquí la propuesta que debe profundizar la izquierda
para la coyuntura, sin rebajar sus objetivos estratégicos de cambio y construcción de una
sociedad de hombres libres e iguales, donde el pueblo es el Estado y el Estado es el
pueblo.
Hoy, después de mucho tiempo, comienzan a estar a punto los ingredientes para cocinar el
pastel de la virtual refundación democrática de la nación, y hoy tampoco parece faltarnos el
horno de las condiciones históricas para terminar con la subalimentación política y social de
la comunidad militarizada.