Con la integración de los directorios de los partidos Blanco y Colorado,
concertada el domingo 13 de marzo, se cierra una nueva etapa en el proceso
de flexibilización de las estructuras autocráticas impuestas por los militares
uruguayos.
De los 15 miembros electos para conducir a los blancos, diez se alinearon en
una oposición firme a los militares, tres en una oposición moderada y sólo dos
se confesaron dialoguistas. En la colectividad colorada la oposición obtuvo diez
cargos, los más cercanos a los militares cuatro bancas y la restante se la
adjudicó un independiente. La oposición domina por lo tanto en proporción
abrumadora en ambos directorios. El régimen militar y su dirigente motinero, el
general Gregorio Alvarez, sufriendo descalabro tras descalabro, primero con el
plebiscito por él controlado y convocado donde la oposición construyó un 60
por ciento de voluntades propias y posteriormente en las elecciones internas
de los partidos tolerados donde la oposición sumó el 80 por ciento de los votos,
sólo atina a consumar nuevas clausuras de medios de comunicación, a
concretar nuevas detenciones, a amenazar con cancelar su propio
cronograma, y a reiterar el pedido de captura de Wilson Ferreira Aldunate,
futuro presidente de los uruguayos en cualquier instancia de comicios sin
proscripciones. Pocas veces un régimen de facto se ha visto tan aislado,
desgastado y carente de todo soporte social y político. Incluso afirmar que la
dictadura obtuvo sólo un 20 por ciento de votos favorables, desdibuja la
realidad. El rechazo de la sociedad uruguaya hacia los militares también anidó
en gran parte de ese porcentaje ya que la compleja trama de mediaciones
políticas, en este caso representadas por Pacheco (colorado) y Gallinal
(blanco), capturó votos productos de alianzas y compromisos que no pueden
ser calificados necesariamente de voluntades promilitaristas. El desgajamiento,
la retirada, por momentos desbandada, de varios sectores de estos
agrupamientos calificados de prodictatoriales, que buscan rápidamente
espacios en los sectores de la oposición liberal, prueba el grado de deterioro
del consenso castrense.
En la otra punta de la madeja, donde se localizan el 80 por ciento de los votos
opositores, tampoco podemos confundirlos y creer que todos son los que dicen
ser.
Una rápida mirada al espectro comicial exhibido en las elecciones internas
permite detectar dos grandes vectores opositores con diferencias apreciables.
El sector mayoritario que podríamos calificar de «oposición amplia» y el sector
minoritario de «oposición restringida». En el primero, que obtuvo 472. 576
votos, que representan el 45 por ciento de las expresiones políticas
descifrables, sin contar votos anulados, ni observados, que suman 96.154
sufragios pertenecientes a listas aún no claramente definidas, ubicamos a Por
la Patria (Wilson Ferreira, blanco) Batllismo Radical (Manuel Flores Mora,
colorado), Corriente Batllista Independiente (Flores Silva, colorado) y todos los
votos en blanco reclamados desde la cárcel por el general Líber Seregni y
apoyados finalmente por todos los sectores políticos de la izquierda uruguaya,
más allá de admitir que millares de sufragios de izquierda desatendieron el
llamado y votaron a los candidatos más opositores de los partidos blanco y
colorado optando por la tesis del «voto útil» contra el fortalecimiento de las
políticas autónomas de la izquierda, única formación política proscrita en su
conjunto.
En el sector de «oposición restringida», que obtuvo 366.592 sufragios que
representan un 35 por ciento de las expresiones políticas que asumieron
definiciones en la contradicción principal de la coyuntura: dictadura o
democracia burguesa, ubicamos a Unidad y Reforma (Jorge Batlle, colorado),
Libertad y Cambio (Tarigo, colorado), Consejo Nacional Herrerista (Lacalle,
blanco), Divisa Blanca (Pons Echeverry, blanco) y la Unión Cívica (Católicos
preconciliares de derecha).
Este sector de «oposición restringida», talón de Aquiles del movimiento nacional
contra la militarización de la sociedad, cada vez se aproxima más a la
tentación del «contubernio» donde serán aceptadas las condiciones leoninas
deseadas por los militares: mantenimiento de las proscripciones de izquierda,
negativa a la liberación de los presos políticos, ley de amnesia para los
torturadores y los delincuentes uniformados, tutela general del instituto armado
sobre la sociedad civil mediante la constitucionalización del Consejo de
Seguridad Nacional. Sus declaraciones después de las elecciones internas
avalan estos temores: «la salida política es como un trípode: el Partido
Colorado, el Partido Blanco y las Fuerzas Armadas» (Sanguinetti); «políticos y
militares somos dos caras de una misma moneda y estamos en un mismo
barco». (Lacalle).
¿Cómo entonces caer en el ilusionismo político de creer que la oposición
orgánica es una sola y su envergadura es de tal entidad —80 por ciento de la
ciudadanía— que sus ofertas no podrán ser desechadas? No se trata de jugar
el papel de «aguafiestas», ni el de frustradores de las expectativas generales.
Pero mal le puede ir a la oposición real, si se confunde con las cifras, baja la
guardia, en fin vuelve a desarmarse y perder la iniciativa como ocurrió en el
periodo posplebiscitario de 1981. El proyecto de ruptura democrática sólo
ganará en profundidad y asegurará sus objetivos si los sectores de la oposición
radical, hoy mayoritarios, se adelantan, con audacia, imaginación e iniciativa, a
las propuestas dialoguistas de la oposición conciliadora, quitándole espacio,
margen de maniobra y posibilidades, al «contubernio» que se está gestando.