Achicar al Estado y agrandar la nación II

«Nadie va a salir corriendo por haber sido repudiado por el pueblo»: Declaración del
Jefe de la Armada Uruguaya.

Desde lo profundo del viejo Uruguay, liberal y populista, empujada por una izquierda
rebelde, intransigente y mártir, que pugna por un nuevo Uruguay, que aún no es, irrumpió en
la superficie de la sociedad escindida y desgarrada la mayor expresión política opositora
que recuerde el país de los uruguayos. Estas elecciones internas del domingo último,
convocadas por el régimen militar para que tres colectividades políticas toleradas, con
exclusión ilegítima de toda la izquierda, eligieran a mil quinientos convencionales para dirigir
sus organizaciones, no podrán ser olvidadas de la memoria de un pueblo, que se volcó
masivamente en calles y plazas de todo el país, para festejar la «paliza» -difícil encontrar otro
vocablo- propinada a los sorprendidos militares, cuyos candidatos no alcanzaron ni la quinta
parte de los sufragios, pese al inmenso poder económico, propagandístico y represivo
volcado a su favor.
Las encuestas fueron hechas trizas. Que Pacheco, el mayor colaboracionista de las fuerzas
de ocupación, ganaba en el Partido Colorado. Y Pacheco fue borrado del mapa político
perdiendo en proporción de cuatro a uno ante las fuerzas coaligadas de la oposición
colorada. Que Wilson Ferreira no podía obtener más del 51 por ciento en filas blancas. Y
Ferreira, el más consecuente opositor antidictatorial de la burguesía, superó el 70 por ciento
de los votos en su colectividad. Que los colorados más proclives a la conciliación con los
militares obtendrían más votos que los blancos, como tradicionalmente lo hicieron. Y fue
todo lo contrario. Que el voto en blanco no superaría el 5 por ciento y pese a ser «el patito
feo» de la contienda, el más perseguido y el más difícil de instrumentar, superó el 12 por
ciento en los centros urbanos donde su fundamentación pudo ser difundida. Que la
abstención sería menor que en el plebiscito, y ésta, reclamada por el general Seregni, junto

con el voto en blanco, fue formidable, alcanzando un 40 por ciento de ciudadanos exiliados
o contrarios a una convocatoria espuria con exclusiones por doquier. En síntesis, el 80 por
ciento de los uruguayos después de diez largos años de horror y vesania se pronunciaron
en forma aún más contundente que en el histórico plebiscito de 1980, en contra de las
estructuras de la dominación.
Los votos aportados a los convencionales opositores, blancos y colorados, sumados a los
sufragios de la dignidad, los sufragados en blanco por los excluidos, en representación de
los presos, los desterrados, los desaparecidos, los torturados, los combatientes, constituyen
la más espléndida sentencia de opinión social pronunciada contra un régimen ominoso,
incurable, inviable, basado en la prevaricación pública y el inmoralismo colectivo de sus
fuerzas armadas.
Ayer, el histórico plebiscito del «No», tozudo y desafiante. Hoy, este ensayo general de
oposición masiva, sacudido por un «molesto», inesperado y apasionado voto en blanco en
unas elecciones internas que cercenaron las ambiciones continuistas de la burocracia
militar.
El proyecto de estabilización autoritaria, que se creía portador de un bill de impunidad
peremne, hoy tiene a la firma su propia partida de defunción.
El plebiscito y estas elecciones internas contribuyeron a las exequias de un cronograma que
ignoró el sentido común de un pueblo poco domesticable, y creyó en la amnesia colectiva de
quienes volvieron a probar que no olvidarán esta década punitiva.
Todo el sistema nervioso del organismo social se rebeló ante la oferta de las fuerzas
armadas y les pidió que se fueran del país que amputaron. Quedó probado que el terror
también se gasta. Pero no está probado que el régimen sin consenso, sin legitimidad, sin
persuasión, sin convencimiento, pero con su aparato militar indemne, no apele una vez más
a la gran bacanal punitiva y vuelva a repetir con Odilón Barrot: «La legalidad nos mata,
matemos la legalidad.». Sin embargo no será tarea fácil. La gente ya se reencontró con su
condición de mayoría y demostró que no sólo quiere sino que también puede.
Y al construir una sólida red de fidelidades engarzada en las mejores tradiciones del país,
pese a 10 años de reacción thermidoriana como jamás conoció la historia de esa nación,
probó además que el proyecto de ciudadanos zombies no obtuvo espacio en la sociedad
uruguaya.
La gente, común y simple, blanco predilecto del desborde militar, demostró ser más sabia
que conocedora. Bien se le puede aplicar la diferencia socrática entre conocimiento y
sabiduría: «Conocimiento es saber que el fuego quema y sabiduría es recordar la

quemadura». Y parece que tal recuerdo doloroso -la experiencia militar- no se borrará jamás
de las reservas históricas de los ciudadanos del paisito ingobernable, que procedieron a
destruir la «sabia» norma virreinal: nacimos para callar y obedecer.
Estos profundos desplazamientos de opinión social, que van desde la opción conservadora
elegida en el pasado por una burguesía arrullada por los campeonatos de futbol, el
crecimiento de los PBI y los lemas paranoicos al estilo de «como el Uruguay no hay», al
optar por las dictaduras constitucionales de Pacheco y Bordaberry, 1967-1973, revirtiéndose
la tendencia con la arrogancia popular manifiesta en el plebiscito del 80 y en estas internas
del 82, permiten detectar la existencia de mutaciones sensibles en la sicología social y
política dé las mayorías uruguayas.
Trabajar sobre tales mutaciones, orientándolas hacia un proyecto de vida en común que
incluya la construcción de una sociedad de ciudadanos iguales y excluya para siempre de la
vida del país la ofensa infligida por las Fuerzas Armadas cuya sistemática destrucción de la
polis convirtió al hombre en el lobo del hombre, aparece como una de las tareas principales
de las fuerzas del cambio.
Ante el descalabro, dos veces reiterado, el sorprendido bunker uniformado tiene dos
opciones: o comienza a administrar ordenadamente su retirada o vuelve a privilegiar el uso
de los aparatos represivos, aislándose cada vez más de una sociedad que una y otra vez
los rechaza con náusea. En este último caso pueden no encontrar, cuando la busquen, la
puerta para salir.

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