“Solamente los Marxistas, los terroristas, los enemigos de Uruguay, y los partidarios del caos
van a votar por él no”: General del ejército uruguayo.
Un primer y apresurado balance de las elecciones internas realizado a escasas horas de los
primeros resultados revela cambios sensibles en la geografía política del país. Estos son: 1)
Jorge Pacheco Areco, precursor directo del golpe de Estado militar de 1973 y colaboracionista
confeso de la dictadura durante la última década, perdió la mayoría que detentaba en el
Partido Colorado desde 1967 a la fecha, pese a conservar el único aparato de acarreo
tradicional de votos que sobrevivía en el país.
Las fuerzas opositoras liberales-retardatarias conducidas por Jorge Batlle y Enrique Tarigo y las
liberales progresistas orientadas por Amílcar Vasconcellos, Manuel Flores Mora y Manuel
Flores Silva retoman la conducción de la colectividad colorada después de 16 años de
hegemonía anti batllista en sus filas. El Partido Colorado, la colectividad política que más veces
gobernó el país, pasa formalmente a partir de hoy a la oposición legal al régimen militar. Sin
embargo, sus tradiciones, la correlación de fuerzas interna, los estrechos lazos que algunos de
sus principales hombres mantienen con la cúpula militar y su terror consiente a las fuerzas del
cambio nos llevan a pronosticar una posición conciliadora y complaciente en la etapa de
transición hacia la nueva Constitución y hacia las elecciones generales de 1984.
2) Wilson Ferreira Aldunate, jefe indiscutido del Partido Blanco, representante político de las
principales fuerzas económicas que fueron afectadas por el gran capital financiero y sus
empleados armados, y el único dirigente con carisma que aún le queda a la vacilante pequeña
burguesía, borró del mapa blanco toda oposición interna a sus ofertas políticas.
El colaboracionista blanco con el despotismo no existe ya como fuerza real en esa colectividad
y solo le queda refugiarse en las corporaciones coloradas. Su predominio, sin atenuantes,
asegura una oposición liberal radicalizada que incluirá, no lo podemos dudar, la libertad de
todos los presos políticos y sindicales, la exclusión de COSENA (Consejo de Seguridad
Nacional), organismo militar que aspira a cogobernar con los civiles en el gobierno que surgirá
en las elecciones de 1984, y el castigo ejemplar a todos los militares y colaboracionistas civiles
que violaron la Constitución y cometieron los crímenes más abominables de lesa humanidad.
3) El Partido Blanco superó en votantes a su tradicional rival el Partido Colorado, que
generalmente, con escasas excepciones, lo había derrotado en cuanta confrontación comicial
se producía. Es ésta otra mutación en la geografía política nacional derivada de la mayor
claridad opositora antimilitarista de esta colectividad partidaria. La supremacía blanca sobre la
colorada y el virtual aniquilamiento del sector prodictatorial blanco asegura un mayor nivel de
intransigencia opositora en la etapa de transición hacia los comicios generales de 1984,
después de 14 años de abstinencia electoral.
4) El gran derrotado de este test colectivo ha sido el militar motinero con pretensiones
populistas, el teniente general Gregorio Álvarez, presidente de facto, director de la estrategia
de estabilización autoritaria, que inició con el plebiscito de 1980 y que aspira culminar en 1984
con su re-elección mediante sufragio universal. El general Álvarez diseñó la fingida apertura
basado en un discurso ideológico que implicaba, sin reconocerlo públicamente, un cierto
remordimiento de ilegitimidad. Producido el descalabro plebiscitario, diagramó un nuevo
modelo centrado en la combinación diabólica entre diálogo y represión. Tampoco le resultó
este esquema. Hoy deberá acordar, a la luz de estos resultados, que los aparatos represivos no
son útiles como los aparatos ideológicos (escuelas, iglesias, partidos, medios de comunicación,
etc.) para salvar al sistema de dominación. Alguien dijo que ni Julio César, ni Napoleón, que
algo sabían de su oficio, pudieron hacer política basados en la fuerza. Habría que agregar que
mucho menos este Quissling uruguayo, solo bueno para ensañarse con prisioneros indefensos
como Seregni, Massera y Sendic, y que hasta el momento se ha equivocado en todo.
5) La izquierda, por primera vez desde la histórica huelga general contra la dictadura, con
ocupación de todos los lugares de trabajo durante 15 dramáticos días, consolidó su perfil
propio e inició el sólido y paciente camino, ajeno a todo oportunismo, de construir alternativas
autónomas y afianzar su identidad en todos los planos. Sin por ello debilitar sus alianzas
tácticas con los sectores más consecuentes y radicalizados de la oposición liberal anti
dictatorial.
Pese a la saña con que fue perseguido el voto el blanco, disueltas sus comisiones políticas,
prohibida su propaganda, clausurados sus órganos de expresión, la consigna obtuvo en
aquellos lugares donde pudo ser difundida boca a boca, como en los centros urbanos sin
apoyo de medios de comunicación alguno, un volumen de votantes que superó los pronósticos
más optimistas. En los centros rurales el voto en blanco fue escaso. No podía ser de otra
manera, debido a las dificultades de comunicación de una consigna prohibida. El objetivo del
grito rebelde y desobediente del voto en blanco, fue cumplido. Creó un nuevo espacio de
agitación ante la estafa exclusora, tensó aún más las cuerdas del régimen que debió apelar a
todos los medios para cercar sus posibilidades, y por sobre todas las cosas emitió un mensaje
de autonomía de la izquierda, acentuando su perfil propio y consolidando la identidad de las
fuerzas socialistas. Su gesto tuvo un valor simbólico de advertencia: la izquierda no mirará
desde afuera el partido de la transición. Y buscará incidir en todos los planos. Hoy, con el
fenómeno inédito de voto en blanco, superados los tradicionales fracasos de toda
convocatoria abstencionista. Mañana, al apelar, con un poco de imaginación y otro poco de
audacia, a formas que transgredan los estrechos márgenes de lo permitido, para decirle al país
que sin su presencia no habrá reconciliación nacional. Los casi 100 mil ciudadanos que optaron
“por perder su voto” al sufragar en blanco, en aras de una línea política intransigente,
sumados a las decenas de miles que se abstuvieron por igual motivo, se ganaron el respeto de
todos los sectores políticos.