En Uruguay el confort político de la ajenidad fue superado por la polémica decisión de la
izquierda de votar en blanco. Corresponde ahora sortear la tentación de la autogénesis,
entendida ésta como un proceso empeñado en abrir los espacios cerrados al conjunto
popular, a partir de la izquierda misma, desdeñando todo acuerdo con fuerzas de la
oposición burguesa antidictatorial. Tentación suicida, políticamente patológica, y que solo
conducirá a un mayor aislamiento.
Entre la ajenidad y la autogénesis se abre hoy la posibilidad de la autonomía. Y eso implica
fortalecer tales alianzas, sin pérdida de identidad, sin evitar la necesaria lucha ideológica,
sin perder la legítima vocación hegemónica, sin postergar las acciones autónomas, sin
rebajar los objetivos estratégicos, sin dejar de exigir que no basta liberalizar a la sociedad
tiranizada sino que es necesario democratizar hasta sus últimas consecuencias, sin
imponer por sobre la política liberal de los conciliábulos y los pactos, la vieja y siempre
joven política de la izquierda educada en la escuela de la movilización y de la participación
general, sin dejar de tener claro que la izquierda siempre irá más allá en sus objetivos anti
dictatoriales qué sus aliados liberales, y que la lucha antidictatorial solo ganará radicalidad,
estabilidad y amplitud cuando la izquierda marginada ocupe el centro de la oposición al
régimen y recupere su vigor de antaño.
No es lo mismo tumbar la dictadura y mantener intactos los factores que la hicieron posible,
qué derrotarla profundamente, en su fronda y en sus raíces, para que nunca más la
pesadilla pueda tener lugar en la vida uruguaya. Tampoco es lo mismo derrotar la dictadura
sin poner en peligro el secular sistema de dominación vigente en el Uruguay desde antes
del golpe de Estado, que intentar debilitar hasta donde sea posible el brazo armado que lo
sostuvo.
No es lo mismo la lógica del opositor liberal, intentando depurar y domesticar el aparato
burocrático militar, qué la lógica de la izquierda intentando desmontarlo. Y tampoco es lo
mismo, a la caída de la dictadura, exigir límites al proceso democratizador por temor a
perder las llaves de los procesos decisorios, que, sin tutelas ni limitaciones, impulsar la
democracia participativa que la izquierda, el mayor democratizador de la historia uruguaya,
impulsó desde su gestación orgánica.
Y tampoco es lo mismo encontrar, a la caída de la dictadura, su proceso que deja intactas
las desiguales relaciones de producción y consolida el sistema de explotación tradicional,
qué empalmar la deposición de la autocracia con un proceso lento pero firme hacia la
sociedad nueva, sin explotadores ni expotados.
La decisión de sufragar en blanco traumatizó la alianza táctica de importantes sectores de la
izquierda tradicional uruguaya con las corrientes más progresistas y anti dictatoriales del
partido Nacional, conducidas por Wilson Ferreira Aldunate y que dieran forma en el exterior
a la Convergencia Democrática. Tal efecto traumático, no deseado por la mayoría de la
izquierda, obliga a un análisis del acuerdo y sus características.
Sí bien es cierto que existen quiénes apuestan a la convergencia democrática – según
fundamentan – por haber esta nacido en forma vertical y cupular, por haber excluido a la
izquierda no tradicional, o por qué en la hegemonía y dirección es ejercida por la oposición
liberal, o porque se mediatizó y postergó la reorganización de las fuerzas revolucionarias, o
porque se minimizó la alianza superior de una “Convergencia socialista”; también es cierto
que la inmensa mayoría de los militantes del cambio, aún los que no participan en la alianza
y aún los que comparten algunas de las críticas formuladas, ha desechado tal apuesta de
sus horizontes políticos. Debemos decirlo una vez más: a la izquierda sola le queda grande
esta batalla.
Cuándo criticamos la ausencia de un discurso autónomo y clamamos por la construcción
de una alternativa propia, no proponemos el deterioro de la alianza analizada. Más bien
abogamos por su fortalecimiento sobre bases más igualitarias, con la incorporación de
todas las fuerzas de izquierda sín exclusiones, por su mayor democratización mediante
decisiones de síntesis colectivas y por, flexibilidad mediante, el respeto mutuo de las
distintas identidades que la integran.
Y por otra parte cómo pensar en deteriorar las bases de esta mediación política
antidictatorial, que puede constituirse, en la etapa de transición, en el antecedente
inmediato de una sólida alianza antimonopolista qué siente las bases del nuevo Uruguay de
transición que surgirá después de la autocracia.
¿O acaso olvidamos que estos sectores tienen un ajuste de cuentas pendiente con la
burguesía monopólica financiera, que les prestó a los usurpadores uniformados el proyecto
estratégico, convenciendolos que estaba en juego no solo el régimen de facto sino el propio
estado y el conjunto del sistema de dominación?.¿ O acaso olvidamos que estos sectores
sufrieron la expropiación de un tercio de su poder de compra y el despojo del poder real que
desde el nacimiento de la república detentan apoyados por las capas medias, hoy también
inmisericordemente pauperizadas y agredidas?.
Wilson Ferreira Aldunate es el representante político de las fuerzas económicas que fueron
afectadas por el gran capital financiero y sus empleados armados, y también es el único
dirigente responsable que aún le queda a la vacilante pequeña burguesía y él qué puede
orientar contra la dictadura a la “subversión de las capas medias” en los procesos de
radicalización que se avecinan.