Mi pueblo vencerá; todos los pueblos vencerán, uno a uno (Pablo Neruda).
En la nota de ayer sobre el múltiple crimen que segó la vida en Buenos Aires del presidente
de la Cámara de Diputados de Uruguay, Héctor Gutiérrez Ruiz, del ex ministro de Industrias
de ese país Zelmar Michelini, y de dos militantes antidictatoriales uruguayos, Rosario
Barredo y Willy Withelaw, revelamos la existencia de un acta secreta en poder del almirante
Emilio Massera, conteniendo los detalles del holocausto y las pruebas de la concertación
represiva entre los gobiernos de facto de Argentina y Uruguay.
La importancia de la revelación residía en la comparación de la ruptura del eje político
centrado en la complicidad delictiva en los altos mandos, sobre el cual se había basado el
asalto a las instituciones republicanas, en ambas márgenes del río de la Plata.
Quebrado de esta manera, al revelar esta diferencia, sea ésta cierta o no, el persistente eje
político denunciado, sólo cabe esperar el transcurrir del tiempo y la profundización de las
contradicciones que impregnan el tejido militar argentino.
Los asesinos están enfrentados entre ellos y ya comienzan a enlodar sus reputaciones. Y el
caso de los cuatro mártires uruguayos contiene revelaciones denigrantes para algunos de
los siniestros protagonistas. Y estamos seguros que las condiciones para la confesión se
están construyendo, como también estamos seguros que el delito no quedará impune.
Hoy miércoles 20, toda la colonia uruguaya en México se dará cita en el Colegio de
Economistas, en Antonio Caso N° 86, a las 20,30 horas, para rendir un homenaje de lucha y
compromiso a los cuatro héroes asesinados, en un acto que organiza el Comité de
Solidaridad con Uruguay, (COSUR) y donde Samuel Lichtensztejn, último rector legítimo de
la universidad uruguaya, recordará el mensaje político que nos dejaron con su vida y con su
muerte los mártires evocados.
«Zelmar» y «El Toba», como les decíamos en el paisito, constituyeron un fenómeno humano
de solidaridad, optimismo y lucha, muy difíciles de reproducción en tamaña dimensión.
Con ellos, dejaron de latir los corazones más solidarios del exilio uruguayo. Sus verdugos
nos robaron algo más que sus presencias irremplazables: nos robaron un estilo generoso,
sencillo, auténtico y humano de hacer política. Aunque sin saberlo, la perversidad
autocrática, al juntarlos en el suplicio y en la muerte, y al dramatizar de tal modo las
circunstancias del delito, dio nacimiento a una leyenda, y a una épica del heroísmo exiliado,
que no podrá ser borrada, por décadas y décadas, de la memoria colectiva del pueblo
uruguayo.
Cuando las autoridades me permitieron reconocer los cuerpos asesinados de estos dos
entrañables amigos, en la morgue bonaerense, en escena que mi mente jamás podrá
olvidar, el uno junto al otro (Willy y Rosario, a quienes no conocía, se encontraban en otra
ala del lugar), comprendí, más allá del dolor, la rabia y la impotencia, el valor símbolico de la
unidad antidictatorial que acababa de fundirse en el crisol mortuorio de estos dos grandes
dirigentes de la oposición de izquierda y de la oposición burguesa al despotismo.
Hoy todo el exilio, más que llorar a Michelini y a Gutiérrez Ruiz, celebra la inmortalidad de la
solidaridad y la unidad que ellos representaron.
En vida, la derrota no los derrotó, ni el destierro los desterró, y con su muerte nos dejaron
una semilla de unidad y lucha para rescatar la patria ocupada, cuyos frutos ya comienzan a
florecer, naciendo desde lo profundo de Uruguay un grito de rebeldía colectiva que
desbordando las fronteras partidarias y asombrando al mundo entero, en el plebiscito de
noviembre último, paralizó la voluntad continuista del régimen.
Y «Zelmar» y «El Toba», con todo lo que ellos representaron y por el poder de sus firmes
anclajes en la memoria de las mayorías uruguayas, también contribuyeron a construir el
fracaso de una dictadura sin consenso ni legitimidad, como también hoy contribuyen,
ubicados en la primera fila de la historia, en la tarea inaplazable de construir la voluntad
organizada, unitaria y decidida de miles, que transformarán en fuerza incontenible la
indignación de millones.