Vocación de dignidad II. Punta Rieles

Otras esperan que resistas, que las ayude tu alegría, que las ayude tu canción, nunca te
entregues ni te apartes del camino, nunca digas: no puedo más y aquí me quedo (Himno de
las prisioneras políticas de Punta Rieles)
En la edición de ayer comentábamos la ofensiva carta hacia las mujeres mexicanas que el
coronel Yaci Rovira Beloso, embajador de la dictadura uruguaya en México, dirigiera a la
Unión Nacional de Mujeres Mexicanas, en respuesta a un pedido de clemencia de esta
organización en favor de una prisionera política uruguaya, enferma de gravedad. En su
carta-agravio el caballeroso oficial de caballería se burla de los ”nervios” de la prisionera
política, recordándole que “lo hubiera pensado antes” y de las señoras de México que
quieren estar en la ”onda” defendiendo los derechos humanos y finalmente de la miseria
material de “tantas mujeres mexicanas”.
Ayer escribimos el infierno cotidiano que sufren 300 mujeres antidictatoriales sometidas a
inauditos trabajos forzados en la cárcel política de Punta Rieles, y hoy queremos destacar
que en ese campo de concentración femenino se ha liberado una inmensa batalla politica,
ideológica, espiritual y moral, donde el conflicto entre la libertad y el miedo, la dignidad y la
humillación, el doblegarse y el resistir, ha sido resuelto en favor de estas 300 voluntades
que el señor embajador ha pretendido ofender. Ellas dejaron huella de dignidad clavada en
los pies del gran Moloch del despotismo y han probado que la debilidad no estaba colocada
en el pretendidamente frágil espíritu femenino. Los débiles fueron sus carceleros que en
este tiempo de la infamia jamás pudieron doblegarlas.
Son múltiples los ejemplos de este heroísmo colectivo de prisioneras de Punta Rieles.
Desde negarse por dignidad a coserles los pantalones a los oficiales, hasta declarar ante el
director del penal no estar arrepentidas de su lucha contra la dictadura. Actitudes todas
estas que les costaron más trabajos forzados y mayores escarnios.
Cuando se escriba la épica de la mujer antidictatoriales uruguayas habrá quedado probado
que la raza sórdida de rufianes que las mancillaron en Punta Rieles, solo abusaron de ellas
para compensar su debilidad de hombres subnormales. La misma debilidad que traduce en
su carta el señor embajador de la dictadura al enrostrar a las mujeres mexicanas la miseria
material que “vemos en las calles de México…”
Bien sabe, el señor embajador, que la Unión de Mujeres Mexicanas que redactó la
humanitaria petición, no se refería – y podría haberlo hecho – a la miseria que también
padecen miles de uruguayos. Se refería a otra miseria. La misma que el señor embajador
de la dictadura ahora confirma: la miseria moral de confesar con hechos para luego
responder, impune y simplemente, con ese “pensarlo antes, señora”. ¿Antes de qué? Como
si para el resguardo de los derechos humanos más elementales existiera un antes y un
después. Como si en lugar de hablar en nombre de un gobierno nacional – cuyo concepto
de condición humana de sus ciudadanos debería pasar por debajo y por encima de los
propios embates opositores – hablase en realidad en nombre de una pandilla facciosa,

decidida a cobrarse sus propias víctimas. Como si el Estado uruguayo, como cualquier otro,
no tuviera la obligación de velar aún por sus prisioneros políticos. Como si el señor
embajador apareciese orgulloso de su propia conducta, una conducta que corroe cada una
de las líneas de su respuesta y cuya síntesis sería: “señora, usted perdió la batalla y ahora
se aguanta y la trataremos como se nos dé la gana”.
La Declaración de los Derechos Humanos – defendida por la Unión de Mujeres mexicanas –
fue aprobada por las naciones del orbe precisamente cuando el mundo había conocido el
horror de la guerra generalizada. Los esfuerzos de todos los países devastados, el dolor de
millones de personas, la cooperación económica para reconstruir lo construido, fueron
justamente recompensados por la magna enunciación referida. ¿Qué debió hacerse según
el original razonamiento del señor embajador? ¿Acaso renunciar a la formulación de esos
derechos como expresión de la enseñanza recibida en el dolor de tantos?.
Por momentos nos parece un ejercicio inútil formular tales preguntas al representante de
una dictadura que acaba de ser el único país en el mundo que se opuso con su voto, en la
comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, a la investigación propuesta por
México, sobre la violación de derechos fundamentales en El Salvador, o uno de los
escasísimos gobiernos del planeta que se negó a apoyar la resolucion del VI Congreso de
la ONU declarando delito internacional el asesinato y la ejecición de opositores políticos. Y
nos parece mucho más inútil este ejercicio de intentar despertar la conciencia del coronel
Rovira, si tenemos en cuenta que este señor embajador ya tiene antecedentes en el agravio
a las mujeres mexicanas. Hace escasos meses se negó a recibir a dos distinguidas mujeres
de este país, la directora de la Universidad Obrera, Adriana Lombardo y la directora general
del periodico El Día, Socorro Diaz, que acompañaban a la exiliada uruguaya en México Nilia
Nieto, para pedirle que se permitiera la autopsia del cuerpo del marido de Nilia, el campeón
uruguayo de natación y preso político en el “Penal de Libertad”,Jorge Dabo, de cuyo deceso
en la cárcel, en plena juventud, fueron acusadas las autoridades de ese virtual campo de
concentración, denunciado con lujo de detalles en el último informe de la Cruz Roja
Internacional. Pero inútil o no, estos hechos deben serle recordados al señor embajador y
puestos en conocimiento de la opinión pública mexicana. Como también debe recordarsele,
ante su ironía sobre la miseria mexicana, que este país refugio de todos los perseguidos por
el despotismo, tiene inocultables problemas derivados de la miseria, pero la cuestión es si
los atiende o no. Porque de lo que sí estamos seguros es que la dictadura uruguaya no solo
no atiende la inmensa pauperización de la sociedad que ocupó por la fuerza, sino que la
profundizó a extremos sin precedentes, como ya demostramos en diversos artículos
periodísticos.
Solamente en 1981 gastará 17 mil 300 millones de dólares en programas de bienestar
social, destinando mil 200 millones de dólares para abatir la escasez de alimentos, ocho mil
945 millones de dólares en educación pública (casi un 50 por ciento más que el año último),
construyendo un promedio de 27 escuelas diarias, destinando además 149 millones de
dólares para ayudar a 14 millones de mexicanos que no tienen acceso a servicios públicos
de salud, y 354 millones de dólares en generar 750 mil empleos permanentes más.
Miseria hay en todos los rincones de nuestra América, la pobre, explotada sin piedad en sus
recursos humanos y materiales por los nuevos amos del mundo, los mismos que sostienen
a los tiranos del solar uruguayo. El problema reside en la voluntad de erradicarla. Y en ese
campo, señor embajador, lo mejor hubiera sido haberse callado la boca. Flaco favor le ha
hecho a su dictadura. Si alguna vez hubo en México quienes creyeron que en Uruguay el
aparato de Estado se colocaba por encima de las contradicciones y enfrentamientos de los
distintos sectores sociales para gobernar con equidad y justicia frente al conjunto de la

ciudadanía, ahora es el propio gobierno, a través de su representante oficial en México,
quien confiesa por escrito la verdadera naturaleza de ese Estado autocrático: la de una
simple organización facciosa.

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