El representante diplomático en México del gobierno de facto uruguayo, ocupante de un
territorio militarizado pero no de los tres millones de conciencias que lo habitan, que en
abrumadora mayoría dijeron no a la dictadura, el 30 de noviembre último, acaba de insultar a
las mujeres mexicanas en el mejor estilo de estos señores de “la virilidad y el marcialismo”.
En efecto, en carta firmada por el coronel Yaci Rovira Beloso, embajador uruguayo en México,
cuya copia se encuentra en nuestro poder, dirigida a la Unión Nacional de Mujeres Mexicanas,
con sede en Bucareli 12, departamento 508, en respuesta a un pedido de clemencia de esta
organización en favor de una prisionera política uruguaya enferma de gravedad, amparado en
la inmunidad diplomática y en el hecho autoritario y machista que le permitió sus galones a
costa del perjurio contra las instituciones democráticas, contestó textualmente, entre otros
agravios, con las siguientes expresiones: “He leído con suma atención vuestra nota,muy
conmovedora,pero compartiendo su idea de hacer el bien, les sugeriría ya que la caridad bien
entendida empieza por casa, que encaucen sus esfuerzos en la ayuda a tantas mujeres que
vemos en las calles de México solicitando una ayuda mientras sus pequeños duermen en el
piso entre las escasas mercancías que venden; la detenida involucrada en la sedición ahora
está muy enferma, seguramente de los nervios. Haberlo pensado antes. Señoras, estar en la
onda como se dice es muy chic, todo el mundo quiere estarlo y la defensa de los presos
políticos es el slogan que nos hace aparecer como demócratas y defensores de la justicia y de
los derechos humanos, pero con ello estamos apoyando a la subversión y a los traidores del
mundo”.
Más allá del alma sórdida que deja al descubierto la carta del embajador de la dictadura, cuyo
texto pondremos hoy mismo en manos de la cancillería mexicana a los efectos que ésta estime
pertinente en virtud de las prácticas internacionales vigentes, y más allá también de la falta de
tacto diplomático de este caballeroso soldado de caballería –arma en la cual sirvió durante 39
años- , funcionario además del tenebroso SIE (Servicio de Inteligencia del Ejército) y del
tristemente célebre OCOA (Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas), que la
tiranía uruguaya, con su habitual dosis de inteligencia política, remitió a la tierra de Zapata y
Lázaro Cardenas, el tema nos obliga a diversas reflexiones. La primera de ellas, informar a la
opinión pública mexicana sobre la situación de las mujeres uruguayas, prisioneras de esta raza
de enamorados de la muerte, que tan bien representa el señor embajador. Las mujeres
uruguayas que enfrentaron el golpe de estado fueron meta central de la perversidad
autocrática que se ensañó ante una resistencia femenina cuya magnitud no previnieron.
Fue así como decenas de mujeres uruguayas figuran en las listas de secuestrados y
desaparecidos en Buenos Aires, mientras otras tantas fueron raptadas en Montevideo o
ejecutadas sumariamente en las calles de Pando, y más de tres centenares cumplen trabajos
forzados en el interior de los muros de Punta Rieles. Las condiciones de detención en la cárcel
política de mujeres son de tal sordidez, que en una institución tan insospechable como la Cruz
Roja, expresó textualmente, en su informe oficial del Comité Internacional que visitó Punta
Rieles, que “el sistema de detención en ese establecimiento va más allá de lo que puede verse
habitualmente, tanto en el dominio de la seguridad como en el de la búsqueda de todo lo que
puede menoscabar al hombre encarcelado. A mero título de ejemplo, en la edición del 13 de
Marzo último, de unomásuno, se reprodujo un cable procedente de París informando de la
desaparición de un tenedor, después de una comida, y la negativa de las reclusas a firmar una
declaración que las hacía colectivamente responsables de la pérdida, habían determinado el
enclaustramiento hasta por 3 meses, en calabozos especiales, a la casi totalidad de las 300
prisioneras políticas de Punta Rieles.
Todas las detenidas son sometidas a un régimen de trabajos forzados agotadores, consistente
en tapar los baches en los caminos, trasladar carretillas con materiales de construcción, y abrir
las zanjas que rodean el camino de entrada al edificio principal. Una de las detenidas que logró
escapar de ese infierno relata: “Entre el barro y las aguas sucias hubo que cavar y cavar a pico
y pala, y esta zanja costó calabozos para muchas compañeras, además de varios desmayos y
ataques al corazón de presas que no estaban en condiciones físicas de realizar la tarea”.
Agrega: “todos los trabajos son realizados en un clima de absoluto hostigamiento,
prohibiéndosenos levantar la cabeza, intercambiar sonrisas de aliento, hablar o mirar para el
costado con el objeto de humillarnos, quebrarnos, tratando de que sintamos la dureza de estar
presas”. El ensañamiento de este búnker uniformado, cuyo odio a la mujer debería ser
analizado en centros hospitalarios especializados, alcanza límites insospechados, como el de
llegar a prohibirles a las detenidas y retirarles de la biblioteca libros tales como El sepulcro de
los vivos de Dostoievsky, Luz de Agosto de Faulkner, La condición humana de Malraux, La
búsqueda de lo absoluto de Balzac, Espartaco de Howard Fast, o arrancar de un libro de
historia las páginas que se referían a la revolución francesa.
Los familiares de las prisioneras son también hostigados para minar, aún más, la moral de las
militantes de este pedazo de la patria encarcelada. El padre de una detenida que había sido
violada por sus carceleros, magistrado de la judicatura civil, encaró al director del penal,
coronel Barrabino, y éste le contestó, amparado en la impunidad de su uniforme, que “todas
las detenidas de Punta Rieles eran las hijas de las mujeres de la calle, de las mujeres putas”.
Este oficial de las Fuerzas Armadas, que algún día tendrá que rendir cuentas de su infamia, es
el mismo que obligaba a los parientes de las detenidas a ubicarse en posición de firmes cada
vez que él entraba o salía, y que en varias ocasiones había suspendido las visitas porque no le
gustaba la falta de marcialidad de los civiles que acudían a visitar a sus hijas, esposas o
hermanas encarceladas.