Uno de los secretos más celosamente guardados por las dictaduras del Cono Sur, titulado
La masacre del Río de la Plata por la prensa internacional que, en masa se volcó en 1977 a
las costas uruguayas ante la aparición de 24 cuerpos mutilados en las playas de Rocha, fue
parcialmente develado por el desertor de la marina uruguaya, el experto en criminología
Daniel Rey Piuma. Los cadáveres comenzaron a aparecer en 1976, después del golpe de
estado argentino y su flujo cesó recién en 1979.
Todos con las manos y pies atados, horribles torturas, fracturas expuestas; algunos con
perforaciones de bala, otros con cortes de músculos o cráneos hundidos. Los varones
habían sido castrados y las mujeres violadas. Los que aparecieron en 1979 habían sido
quemados en la cabeza con soplete, excepto una muchacha de unos 20 años, que le
quemaron el seno izquierdo. Los primeros diez cadáveres fueron expuestos a la prensa
internacional, al creer los marinos uruguayos que se trataba, dado los rasgos orientales de
las víctimas, de cadáveres de marineros chinos producto de una reyerta a bordo de un
barco asiático.
Según Rey Piuma, cuando la marina descubrió que los presuntos rasgos orientales se
debían “a la deformación del cuerpo y rostro producida por el largo tiempo de exposición en
el agua” y en los nuevos cadáveres apareció uno con una cédula argentina a nombre de
María Cristina Cámpora, otro con restos de un pantalón con una etiqueta que decía
“polyester industria argentina” y otro más con un buzo raído con otra etiqueta de ese país y
una monedita de un peso argentino, se comunicaron con la marina argentina. A partir de
entonces, no exhibieron ningún cadáver más. Los últimos 14 cuerpos – agrega el declarante
- fueron envueltos en estuches de plástico perforado y nadie supo más de ellos.
El marino Rey Piuma revisó personalmente casi todos los cadáveres al realizar tareas de
perito criminal, dactiloscopo fotógrafo, y en tal carácter proporcionó al SIJAU fotos y filmes
de los cuerpos. Sostiene – en sus declaraciones – que el año pasado aparecieron restos
óseos a raíz del trabajo de las dragas que recogían barro del río y qué la inteligencia naval
opinaba qué era inmensa la cantidad de cadáveres argentinos sepultados en el Río de la
Plata.
Los cuerpos aparecieron todos los años, pero esto ocurrió sólo en los meses de abril, mayo
y junio y a mucha distancia de las costas argentinas. La explicación técnica que da el
denunciante es que los presos políticos argentinos fueron torturados y muertos en su propio
territorio y arrojados al río en fechas distintas; pero precisamente las mareas que impulsan a
las aguas de Colonia, del río de la Plata y del río Uruguay, hacia las costas uruguayas, solo
se producen de abril a junio. Proporciona, además, el nombre de un testigo, el argentino
Víctor Peña, huésped de la Prefectura Naval uruguaya, quién le confirmó que a los
prisioneros los mataban en la Prefectura Naval argentina y los trasladaban en helicópteros
arrojándolos atados y con pesas en el cuerpo en el río Paraná y otros lugares. Fueron
tantos los muertos -según revela el cabo Peña- que el prefecto Vacotti decidió suspender
los procedimientos.
Explica el desertor que los jueces Larrieux y Gutiérrez Protto, así como el médico forense
doctor Katz, hicieron a los primeros cuerpos un examen completo de vísceras y de
perforación de órganos, pero después de conocerse que eran presos políticos argentinos,
se suspendió todo examen forense.
El tráfico de prisioneros argentino – uruguayos que diezmó virtualmente a la flor y nata de la
resistencia antidictatorial, no fue ajeno a las declaraciones del marino. Fueron muchos los
dirigentes y militares populares uruguayos cazados en territorio argentino, en violación a las
normas de asilo; algunos fueron ejecutados sumariamente y otros trasladados en aviones
oficiales al territorio del país perseguidor. Rey Piuma cuenta cómo pagaban los cancerberos
uruguayos los favores de sus camaradas argentinos. De entre los múltiples casos que
conoce se detiene en dos: un montonero y un guerrillero del Ejército Revolucionario del
Pueblo (ERP).
El montonero – relata el marino – fue detenido en diciembre de 1977 en el puerto de Colonia
cuando pretendía ingresar al país haciéndose pasar por comerciante. Medía 1.70 metros,
complexión robusta, ojos y cabellos castaños, bigotes muy grandes y decía apellidarse
Rodríguez. “Al comprobarse que era montonero, los tenientes Carigdalie y Maiorano, el
cabo José Castro y el marinero Héctor Silveira le pusieron cinta adhesiva en los ojos y un
par de lentes negros y lo llevaron en avión al aeropuerto argentino de Ezeiza, donde los
esperaban, al pie de la escalerilla, un coche del Servicio de Inteligencia de la Prefectura
Naval Argentina (SIPNA)”. Dos meses más tarde – revela Rey Piuma – cinco compañeros
míos fueron invitados a Argentina y a su regreso, uno de ellos, Aparicio Rodríguez, informó
que los argentinos les habían agradecidos la entrega del montonero, mostrándoles la casa
del SIPNA ubicada en la rambla, dónde en su subsuelo lo mataron sin torturarlo, a la pocas
horas de llegar.
El caso del guerrillero del ERP fue distinto. Según Rey Piuma, lo asesinó la marina
uruguaya después de tres días ininterrumpidos de tortura. Era un muchacho de unos 25
años, pelo lacio negro, medía 1.65 y llevaba un pantalón vaquero al ser detenido, en febrero
de 1978. No recuerda su nombre. Sabe sí que lo mataron en el cuartel de los fusileros
navales y qué en las torturas participaron un suboficial del Servicio de Información e
Inteligencia, llamado Urano de los Santos y el teniente Carigdalie, quién durante esas tres
noches fue llevado en un Fiat rojo manejado por el chofer Juan Carlos González, al cuartel
del FUSNA a participar en interrogatorios.
El testimonio del marino uruguayo sobre la felonía del instituto naval en que sirvió los
últimos años impresiona por su volumen y magnitud, y excede los marcos de esta serie de
artículos. Solo algunos de los crímenes de lesa humanidad cometidos por los hombres del
vicealmirante Hugo Márquez, pudimos comentar en apretada síntesis. Servirán, sin
embargo, para engrosar el impresionante dossier necrofílico que los hombres y mujeres
uruguayos exhibirán al mundo entero cuando el pueblo, al decir de Vallejo, prenda su
fósforo cautivo y ore de cólera, soberanamente pleno.