El marino uruguayo Rey Piuma, desertor por problemas de conciencia del
instituto naval de ese país, concretó ante el SIJAU escalofriantes denuncias
que por primera vez, mediante testigos presenciales, afectan el honor de la
marina uruguaya.
Los principales centros de confinamiento ilegal y suplicios son ubicados por el
experto en dactiloscopia, en la Prefectura Nacional, donde «los presos políticos
esperaban la muerte encadenados en subterráneos por debajo del nivel del
mar, viviendo permanentemente con el agua hasta la rodilla y múltiples
infecciones en la piel», y en el cuartel de fusileros navales, donde a los
detenidos «los tienen como a perros, tirados en el piso con vendas o capuchas
y su cuello sujeto a una cuerda amarrada a una argolla de pared», o en la
Chacra del Cerro, donde «los prisioneros son expuestos días y días desnudos
al sol» o en casas clandestinas que expropiaron a los propios detenidos»
(«conozco una en Carrasco a tres cuadras de la Escuela Naval, otra en Punta
Gorda y otras más en balnearios de Canelones»).
Los métodos de tormentos que usan estos supuestos salvadores del honor
nacional, ante prisioneros indefensos, han sido vastamente denunciados por
las propias víctimas que lograron escapar. Pocas veces en otras armas, y
ninguna en la Marina, un testigo presencial, rompiendo la complicidad delictiva,
base de su impunidad, se dispone a denunciarlos. La tarea de mantener
despierta la conciencia y convencernos de que tales horrores ocurren en las
postrimerías del siglo XX, en el seno mismo de una nación que, como la
uruguaya, fue paradigma de la defensa de los derechos humanos, nos mueve a
dejar hablar una vez más a otro desertor de esa máquina trituradora de mentes
y cuerpos en que se han convertido las fuerzas armadas de ese país.
Dice Rey Piuma: «En la marina la tortura favorita es el submarino (inmersión del detenido en un tanque con agua), pero a diferencia del ejército, que sumerge al
prisionero atado a una tabla, mis compañeros le ponían una capucha que, una
vez mojada, se adhiere al rostro impidiendo toda respiración. Puesta la
capucha se sumerge al detenido en un tanque lleno de agua. Además de
utilizar la picana a dínamo y quebrar las uñas de los detenidos, un
procedimiento usual es colgarlos de unas ventanas, con las manos atrás en el
vacío, sentándolos en caballetes de madera con el filo hacia arriba. El SII de la
Compañía de Infantes modernizó el procedimiento y ahora utilizan unas
roldanas para colgarlos y no lo hacen más con las ventanas del baño. Antes de
utilizar las roldanas para colgarlos, el personal que iba al baño miraba a los
prisioneros colgados de las ventanas y sufriendo las torturas del caballete. A
muchos presos los tienen encapuchados y atados con alambres de púas y
cuando piden permiso para hacer sus necesidades fisiológicas, los autorizan
pero sin quitarles las púas. Otra especialidad de la marina son las torturas
psicológicas. Conocí a dos médicos, Stopinsky y Pombo, que se encargaban
de supervisar el suplicio para que los presos aguantaran un poco más.»
El marinero denunciante fue testigo en múltiples procedimientos ilegales, cuyos
detalles esclarecen incógnitas sobre desaparecidos que la resistencia uruguaya
no había podido aún develar. En tal sentido, relata que entre el 9 y el 13 de
diciembre de 1977, la prefectura marítima montó el operativo denominado
Conejo-Coneja secuestrando a Graciela Tórtora, Orlando Bazzino, Gabriel
Hermida y Jacqueline Audifred Demarco. Después de ser torturados durante 24
horas seguidas, Orlando Bazzino —informa el declarante— fue trasladado al
Hospital Militar prácticamente asfixiado por el submarino. Dos horas antes
había ingresado Gabriel Hermida con fisura de bazo y varias costillas
quebradas. Rey Piuma entregó al SIJAU fotos de todos los que participaron en
las torturas de ese operativo. Son ellos el mayor Álvaro Diez Olazábal, el
capitán Nelson Sánchez, el teniente Eduardo Craigdalie, el teniente Aníbal del
Río, el teniente Daniel Maiorano, el cabo José Castro, y los marineros
Fernando González Manqui, Luis Peirano, Arnol González y Luis Cerdeiro.
Revela, además, un caso desconocido por la resistencia uruguaya. El de un
cabo apellidado De los Santos acusado de izquierdista a quien, según Rey
Piuma, «lo están deshaciendo». Está detenido en una celda que tiene un letrero
que dice textualmente: «Extremar las medidas de Seguridad. Prohibido manejar
nombres». Lo descubrió casualmente: «Iba a entrar a mi laboratorio cuando vi
en el baño a una persona con una capucha con aberturas en los ojos y me
quedé azorado porque sabía que a los detenidos no les ponen capucha con
ojos. Sólo lo hacen con los militares presos. Pregunté y un funcionario de
inteligencia me dijo que lo iban a matar porque la marina no podía tener más a
ningún Garín en sus filas (el marino Fernando Garín, tupamaro, infiltrado en las
filas de la armada, autor de la captura del cuartel del Centro de Información de
la Marina —CIM — ubicado en pleno centro naval de la capital uruguaya)».
Las torturas al cabo De los Santos —agrega— las dirige, personalmente el
Jefe del SII, capitán de navío Riso. Aporta, además, datos sobre secuestrados
del Partido por la Victoria del Pueblo (PVP) y sobre un matrimonio de ancianos
de apellido italiano que no recuerda, que les habían encontrado un casete en
un paquete de avena y cuyo hijo está detenido en el Penal de Libertad. No los
volvió a ver más.
Uno de los procedimientos que más le impresionó al denunciante fue la captura
y procesamiento de la comisión directiva del Centro Cultural Máximo Gorki, por
encontrarles después de una paciente tarea de «reconocimiento» un retrato de
Lenin y un ejemplar del Manifiesto. Las tareas de reconocimiento las realizaron
tres marinos disfrazados, con pelo largo, ropas gastadas, mochilas y
documentos falsos, los funcionarios Héctor Silveira, Fernando González y un
marino apellidado Rodríguez. El presidente del centro, Osipuk Danieluk, y toda
la directiva «eran todos viejitos», fueron procesados de inmediato,
incautándoseles toda la biblioteca, los aparatos de filmación, las máquinas
fotográficas y de escribir, botín que fue repartido entre los asaltantes.