Otro Dirigente Uruguayo Rescatado. Una lucha sin luto en el alma

Hoy rompemos una tradición que nos habíamos impuesto como editorialistas: no hablar de nuestros dolores personales, tan arraigados en el exilio al cual fuimos arrojados junto con la quinta parte de la población uruguaya, sin ser hebreos ni gitanos, como bien diría Roberto Darwin.

Pero el dolor personal hoy queremos transformarlo en alegría colectiva: un nuevo preso acaba de ser arrancado de las entrañas mismas de la dictadura uruguaya por la combativa solidaridad internacional. Un nuevo ser vivo se incorpora al exilio, entero, firme, sin haber sido quebrado por el espectáculo necrofílico brindado por el régimen paranoico del país sureño.

Y esta vez la alegría nos toca muy de cerca. Se trata de un hermano. Hermano en las ideas, hermano en la vida, hermano en la sangre: Carlos Fasano, dirigente sindical, integrante del Consejo Central de la Banca Privada, periodista, militante de los Grupos de Acción Unificadora (G.A.U.), organización no guerrillera, insertada en el marco de la lucha de masas. Seis años de su vida joven quemados en las cárceles del régimen. Su delito: defender los intereses de los trabajadores y no aceptar el asalto de las instituciones, integrando los cuadros dirigentes que lanzaron la épica huelga general de 15 días ininterrumpidos, contra el golpe de estado.

Los militares no castigaron en él a un dirigente armado, sino a un sindicalista desarmado, defendiendo los más elementales derechos ciudadanos conculcados en una nación demolida en sus instituciones, quebrada social, política y culturalmente.

Su proceso: una parodia kafkiana montada por la Justicia Militar que lo condenó sin garantías, vinculándolo a un atentado universitario, ocurrido precisamente cuando se encontraba desde hacía meses detenido como dirigente sindical, por su participación en la huelga general. Ni siquiera las leyes universales de la física, que impiden a un mismo ser humano estar al mismo tiempo en dos lugares distintos, le sirvió para probar su inocencia. Todas y cada una de las normas procesales, legales, jurisdiccionales y las del sentido común, fueron ultrajadas por estos militares metidos a jueces, sustituyendo la toga por las charreteras de la arbitrariedad.

Su destino estaba dictado, sin apelación posible, desde el mismo momento en que decidió enfrentarlos con las armas de la razón. Y no hubo fuerza legal capaz de torcer la injusticia. Su apelación fue rechazada por fuera de término, aunque para ello la Corte Civil, temerosa y presionada, debió modificar los criterios tradicionales sobre plazos procesales, declarando día hábil un sábado festivo. Otra prueba más de la felonía de un Poder Judicial cuya pretendida «majestad» naufragó vergonzosamente, con escasas y dignas excepciones, ante la tiranía que somete hoy por la fuerza a nuestra Nación ocupada.

Estos seis años nos mantuvo enteros con sus cartas sorteando las rejas, llevándonos un mensaje de aliento, vital, fértil, fermental.

Su letra prisionera, asociada a la vida, sin luto en el alma, desgranando solidaridades, ráfaga tonificante que nos llegaba al exilio, agigantaba nuestras rebeldías, fecundaba nuestro llanto, pero por sobre todas las cosas nos daba una razón más para denunciar a sus carceleros.

Fueron seis años que no olvidaremos.

La solidaridad internacional nuevamente jugó un papel decisivo. Una inmensa red entretejida por múltiples hilos anónimos, valientes, imborrables, se movió desde La Haya y Luxemburgo, pasando por Londres y París, sin olvidar a México, tierra generosa donde decenas de amigos y desconocidos de todo nivel e influencias se acercaron para ofrecerme su esfuerzo por la libertad del hermano prisionero.

Los déspotas, en su último desplante contra su persona, le arrancaron su ciudadanía uruguaya, obtenida más que por la gracia de una norma legal por los muchos años de haber unido su vida a la suerte del pueblo oriental.

Para los hombres dignos de ese solar, Carlos seguirá siendo uruguayo como el que más, y su ciudadanía le será restituida por el pueblo mismo, en condecoración merecida cuando llegue el ajuste de cuentas.

Una anticipación del desagravio le fue ya otorgada por centenares de compañeros de su gremio que instantes antes de subir al avión del exilio, se presentaron sorpresivamente en el aeropuerto para despedirlo con cantos y consignas emocionadas, augurando el pronto reencuentro con su dirigente desterrado.

Ya se encuentra en Holanda, donde pueblo y Gobierno le abrieron sus brazos, y donde su compañera entrañable, Ivonne, había encontrado refugio y apoyo para su propia vida en peligro, empeñandose sin tregua en la tarea de salvarlo.

Curiosa paradoja la de nuestros perseguidos, llegando a tierras sin el sol de nuestras comarcas, con la dureza de un idioma tan ajeno al nuestro, para recibir el calor y la suavidad de un pueblo de corazón grande y convicciones profundas.

Hoy Carlos vuelve a respirar la libertad, que nunca le debió ser quitada.

Pero muchos de sus compañeros aún permanecen cautivos. Entre ellos, un veterano luchador sindical, fundador de la Convención Nacional de Trabajadores, Secretario General del Congreso Obrero Textil, periodista, diputado nacional, miembro del Plenario Nacional del Frente Amplio, máximo dirigente de los Grupos de Acción Unificadora (GAU), autor de varios libros sobre el movimiento sindical uruguayo. Nos referimos a Héctor Rodríguez, figura señera del sindicalismo latinoamericano, todo un lujo para el movimiento obrero del Uruguay.

Detenido junto con Carlos, torturado hasta lo indecible por esa máquina de picar carne humana en que se ha convertido la dictadura genocida, hoy, a los sesenta años de edad, está a punto de quedar ciego, afectado por una trombosis que actua sobre las venas centrales oculares. La última noticia que tuvimos de él anunciaba un paulatino deterioro general de su salud, al punto de tenerle que transferir sangre -aportada por sus compañeros de celda-en cuatro oportunidades.

Salvar su integridad física y obtener su libertad debe estar en los primeros lugares del orden del día, alentados por los nuevos hombres libres que el esfuerzo solidario ha forjado.

Él, junto con Liber Seregni, Raúl Sendic, Jaime Pérez, Gerardo Gatti y millares de cautivos políticos, desafiando a sus verdugos, negándose a vivir de rodillas, constituyen hoy los restos vivientes y más representativos de la dignidad de una nación prisionera. Todos a una, no permitamos su exterminio..

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