La dictadura brasileña, en infame competencia con la dictadura argentina tendiente a
determinar quién secuestró más patriotas uruguayos para ser entregados indefensos a los
representantes de la tiranía uruguaya, acaba de apuntarse un nuevo baldón en este
macabro torneo de la ignominia.
Los cables de cinco agencias internacionales nos volvieron a conmover con la noticia del
secuestro en Porto Alegre, Brasil, por comandos mixtos uruguayo-brasileños, de una pareja
de patriotas uruguayos: Universindo Rodríguez Díaz y Lilian Celiberti de Casariego y sus dos
pequeños hijos Camilo y Francesca, de nacionalidad italiana.
La noticia fue desmentida en primera instancia por las dos tiranías sureñas, pero ante la
inmediata repulsa mundial y los errores técnicos cometidos en el operativo, el régimen
brasileño obligó a la dictadura uruguaya a buscar una salida elegante aunque de una
torpeza que vuelve a poner en ridículo a ambas camarillas concertadas.
De esta manera, los secuestradores uruguayos se vieron obligados a reconocer que tenían
en su poder a la pareja de militantes y a sus dos hijos, alegando haberlos capturado cuando
pretendían ingresar clandestinamente en territorio oriental.
En esta oportunidad la concertación represiva sureña cometió un error de magnitud al
encontrarse con dos periodistas brasileños en el mismo lugar del secuestro, deteniéndolos a
punta de metralleta y amenazándolos si revelaban a sus periódicos lo acontecido.
Puestos en libertad los profesionales de la noticia, en actitud que los honra, denunciaron los
hechos, que fueron reproducidos en diversos medios de prensa brasileños.
De inmediato el Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en Uruguay (SIJAU)
con sede en París, que desde hace mucho tiempo viene cumpliendo una titánica tarea
humanitaria en procura de salvar la vida de cientos de casos similares al que hoy nos
ocupa, movilizó con singular eficacia a la opinión pública internacional.
Por su parte, la Federación Latinoamericana de Periodistas (Felap), con sede en México, a
través de su solidario secretario general, Genaro Carnero Checa, remitió múltiples
telegramas a las autoridades brasileñas en procura de la libertad de los secuestrados. Así
mismo decidió movilizar a su filial de periodistas en Brasil, con miras a denunciar a la seudo
aperturista dictadura del coloso sureño, que en plenas elecciones legislativas se burla de su
pueblo mancillando la soberanía nacional al permitir y secundar la acción de comandos
extranjeros en su propio territorio.
El clima post electoral brasileño, donde la inmensa mayoría del pueblo acaba de plebiscitar
su repudio a los generales que usurparon, en 1964, el poder y las instituciones, ha
determinado que este hecho, múltiples veces impune, no pasará inadvertido.
En esta oportunidad, el precio político pagado por la dictadura brasileña fue mucho más alto
que en ocasiones anteriores. Los testigos calificados del secuestro, de nacionalidad
brasileña, dieron el golpe final a la cínica y habitual ola de desmentidos oficiales.
Brasil lleva ya en su haber múltiples delitos de esta naturaleza. No debemos olvidar el no
tan lejano secuestro del patriota argentino Norberto Habegger, integrante del Consejo
Superior del Movimiento Peronista Montonero, perpetrado en Brasil y culminado en los
campos de concentración de la genocida dictadura argentina.
Y no podrá ser de otra manera.
Fueron los militares brasileños quienes montaron en la región la internacional de la
inteligencia represiva, incorporando a su terrible faena los más modernos adelantos
científicos y tecnológicos.
Fueron ellos quienes graduaron profesionales de la tortura, alquilaron asesoría y exportaron
su tecnología del terror.
Fueron ellos los que lograron la integración latinoamericana, no la ansiada por nuestros
próceres, sino la integración represiva a escala continental.
Fueron ellos los que homogeneizaron el terrorismo y señalaron, a partir de la década del 60,
el camino para que todo el hemisferio sur se convirtiera en una colosal prisión custodiada
por cancerberos de habla hispana y portuguesa, solidarios en el terror y en el crimen.
Y hoy sus discípulos más dilectos, los torturadores uruguayos, les recuerdan sus
compromisos. Y a destiempo, en plena época comicial, en pleno cambio de táctica represiva
exigida por las escuelas de inteligencia norteamericanas -responsables máximos, en su
momento, de estos Frankenstein que crearon y que hoy no saben cómo controlar- son sus
discípulos más delictivos quienes les recuerdan el cumplimiento del pacto sobre intercambio
de prisioneros.
La dictadura uruguaya exigió a su maestra brasileña el fiel compromiso del tráfico humano
concertado. Y ésta lo volvió a cumplir aún al costo impensado de esta nueva operación.
Sin embargo, por las reacciones advertidas, creemos que el régimen del general Geisel ha
acusado el golpe. El error cometido ha provocado el clamor mundial y el malestar de Suecia,
bajo cuya protección se encontraba uno de los secuestrados, y la indignación de Italia que
había otorgado ciudadanía a la mujer raptada y cuyos dos hijos nacieron en ese país.
Al mismo tiempo, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los refugiados, bajo
cuya jurisdicción se encontraban los secuestrados, también intervendrá en el conflicto,
exigiendo la devolución de los prisioneros.
Comienza una nueva batalla de la solidaridad internacional para rescatarlos con vida.
Creemos que en este caso la concertación represiva en la región cometió errores tácticos
que permiten pronosticar que esta vez se impondrá la civilización sobre la barbarie.
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