Cuando un verdadero genio aparece, lo reconoceréis por el signo de que todos los tontos se unen contra él. La admonición pertenece al escritor irlandés del siglo 17, Jonathan Swift y viene como anillo al dedo para explicar el juego de moda de la derecha vernácula: “Péguele al Pepe que no le duele”.
Don José Mujica Cordano, desde que ingresó con sencillez republicana en la vida política institucional, no clandestina, del país gris del conformismo, con todo el mobiliario de su conciencia a cuestas, adoptó la crítica como cirugía de la historia y se dedicó a levantar las tapas de las ollas donde se cocía el porvenir.
Cual un redivivo Aristófanes, el más feroz de los humoristas contra el poder de su época, comenzó a retratar con su verbo trepidante como si fuera un alquimista de la palabra, un antropólogo del pueblo, un filósofo anticortesano, a una sociedad sorprendida por la feliz destilación de la elocuencia plebeya de este insólito intelectual granjero.
Se mofaron de él cuando puso como ejemplo a los vecinos de Kalahari, los kung san. Ignoraban los bufones que lo que Mujica predicaba, ya lo había dicho 2500 años antes el genio de Aristóteles: “cuando los telares tejan solos, el hombre será libre”.
Para él, la política, a diferencia de Clausewitz, es la continuación de la filosofía por otros medios. Su obsesión es la cultura popular y posee la hábil ganzúa para abrir la puerta que permita el paso de una cultura a otra.
Aunque él no se reconozca en Kant, su ética del deber incondicional es kantiana y para probarlo aborrece, con sus actos teñidos a veces de cierta ingenuidad, de la moral utilitarista de Bentham.
Políticamente ha evolucionado mucho, aunque mantiene su matriz libertaria y virtuosa. Hoy se nota en sus neuronas la influencia de una mezcla rara y atípica surgida de las entrañas del pensamiento del joven Marx, del renegado Kautzky, de Rosa la única, Rosa Luxemburgo, y sobre todo del genio de Gramsci que no concibía la revolución como asalto al poder sino como un proceso. No comulga en las patenas de Wladimir Ilich, padre de la revolución soviética, el gran Lenin Ulianov. De eso está hoy convencido Mujica.
Intelectual en serio, no confundirlo con un académico, lejos del Parnaso y del Olimpo donde les gusta ubicarse a ciertos mandarines de la intelligentzia, Mujica, situado a mucha distancia de los santuarios hipócritas de lo políticamente correcto, de lo civilizado, de la tiranía de lo permisivo y de lo que está bien, fustigó la corrupción del no te metás y se convirtió en el escudo de los débiles, en el huésped privilegiado de los sans culottes, los excluidos, los marginados, los desposeídos, convirtiéndose en la pieza clave del triunfo del Frente Amplio y de su carismático líder, el Dr. Tabaré Vázquez Rosas, en el primer gobierno nacional del siglo 21. Levantando la bandera del jacobino Saint Just, “la felicidad es una idea nueva”, Mujica se convirtió en el pánico de los soberbios y en el infatigable pulmón intelectual de los humildes, que se sintieron representados por este político de nuevo tipo que no se sentía fascinado por el poder ni trabajaba para el epitafio.
Incorporando a sectores lumpenizados que votaban el espejismo pachequista, demostró ser un político apto para la brazada final, que no todos la tienen, para llegar a la orilla, proporcionándole en el 2004 a las fuerzas del cambio y al estadista que las conducía, el oncólogo de la esperanza, los sufragios que faltaban para dar vuelta la historia uruguaya.
El preso del infame aljibe se convirtió rápidamente en el preso del campo magnético de las leyendas. Porque se podrá discrepar con Mujica, con sus actos y sus ideas, pero nadie podrá negar que es un fenómeno único en la historia uruguaya contemporánea. Es un original sin posibilidad de fotocopias.
Alberto Methol Ferré, intelectual reconocido, que nada tiene que ver con la izquierda, de puras raíces blancas, me decía hace poco tiempo en mi casa, que Mujica era el último caudillo uruguayo y quizás no volviéramos a tener otro como él.
Para las masas excluidas fue como un manantial de sueños y utopías realizables. Para ellas fue un grande, se casó con una gran querella, la de procurar la felicidad de los infelices. Fue esa su marca de fábrica. Y no se equivocó al elegir al Frente Amplio como la gran herramienta para obtener ese esquivo objetivo. Ni tampoco al apoyar en las buenas y en las malas la candidatura del conductor de las fuerzas progresistas, que hoy se retira en andas de una popularidad como nunca antes conoció la historia de nuestra comarca. Y no se equivocó tampoco al fundirse en un solo haz en la campaña, con su compañero de fórmula, el talentoso político y economista de izquierda, Danilo Astori, notable polemista, terror del partido conservador. Porque se necesitaban dos manos para aplaudir el inevitable triunfo de octubre. No se puede aplaudir con una sola mano.
Tuvo la virtud de unir las ideas con la acción, superando el vicio del político, la acción sin ideas, así como el pecado del intelectual, las ideas sin la acción.
No lo seduce el poder, detesta a los morfinómanos del poder, no quería ser candidato, lo aceptó porque así se lo impuso la mayoría de la fuerza política a la que ligó su destino.
Y así, desde la destartalada moto con que llegaba a su banca parlamentaria, hasta nuestros días, creció su leyenda y su popularidad. Pero hay que distinguir entre el personaje y el ser humano. En general los políticos son 50% personaje y 50% ser humano. Mujica es 10% personaje y 90% ser humano.
Y no se calla. Y dice lo que piensa, sin anestesia. Todos le reconocen su sinceridad, pero Mujica es algo más que sincero, es simplemente un auténtico. Se puede ser sincero y no ser auténtico. Mujica es ambas cosas a la vez. También su autenticidad lo conduce a veces a la emboscada feroz de la inoportunidad.
Sus últimas reflexiones, unas consentidas, entrevista a La Nación de Buenos Aires, y otras más íntimas, espontáneas, sin corrección previa, reproducidas en el libro del director del semanario Voces, desataron un rifirrafe de estulticia protagonizado por los tartufos de siempre y de quienes se especializan en ataques por encargo disfrazados de independencia, más parecidos al carterista que huye con el botín al grito de “al ladrón, al ladrón” para despistar a sus perseguidores.
Todos los prejuicios se dieron cita para la lapidación de quien como Sócrates se negaba a honrar a los dioses de la ciudad. Mujica, pedagogo de la transparencia, la autenticidad y la libertad de la palabra, debía tomar la cicuta. Los sepulcros blanqueados se hicieron presentes nuevamente en el Templo.
Sus palabras al diario La Nación fueron distorsionadas. Mujica, preguntado por las violaciones a los derechos humanos en nuestro país, afirmó con coraje moral, y en mi opinión, con desacierto, que entre la verdad y la justicia elegía a la verdad y descartaba a la justicia. Estaba hablando claramente de la polémica sobre la ley de impunidad. Actuó con gran generosidad, que cuenta con mi disenso, siendo él uno de los mayores supliciados por los criminales de guerra que ocuparon por la fuerza nuestro país. Y los mismos que dijeron y votaron, que entre la paz y la justicia elegían la paz, como proclamó Sanguinetti, se rasgaron las vestiduras y engolaron su voz postiza en defensa de un Poder Judicial que no había sido atacado por el candidato frentista. Un Poder Judicial cuya existencia ha sido defendida por Mujica en todos los ámbitos, pero que no es un poder infalible y está integrado por seres humanos que aciertan y se equivocan como todo animal racional. Tal característica, por otra parte nos la recordó el propio candidato blanco, Luis Alberto Lacalle, hace más de 6 años, el 19 de julio de 2003, cuando condenado su ex ministro Braga y consultado sobre
su opinión sobre la justicia, afirmó textualmente: “creo en la Justicia, cómo no voy a creer, pero en la Justicia divina, no en la Justicia humana, en nuestro país puede haber justicia, sí, quizás en algunos juzgados”. Y el órgano de su partido, el semanario Patria, por ese mismo fallo acusó en esa época al juez Balcaldi de “insólitamente hostil” y al fiscal Hugo Barrios de “soez, resentido, injusto, abusivo y baboso”, añadiendo que “no hay que olvidarse de ese nombre”.
Pero Mujica hablaba de otra cosa. Y los maledicentes lo sabían y pese a que coincidían con Mujica se aprovecharon de la situación construyendo un miserable circo mediático. El retrete electoral terminaba de quedar instalado.
En cuanto a los dichos publicados en el libro de Alfredo García, sin la aprobación del candidato frentista, a estar a sus declaraciones públicas, la hipocresía alcanzó su grado máximo. Mujica, con excepción de algunas afirmaciones sobre sus compañeros, de las que se arrepintió, repitió lo que siempre dijo y lo que piensa la mayoría de los uruguayos aunque no se atrevan a decirlo. Actuó como actúa siempre, con transparencia y sin cálculo. Es uno de los políticos más creíbles de nuestra formación social. Se está preparando para gobernar, porque gobernar es hacer creer. Nada es más creíble que cuando afirmó, a sabiendas de que podía ser mal interpretado, que “como te digo una cosa te digo la otra”. Ese es el más puro pensamiento de la dialéctica hegeliana. Porque no existe la verdad absoluta. Lo que existe es la síntesis, resultado de la oposición de contrarios, de la oposición entre tesis y antítesis. El lema de LA REPUBLICA, “la verdad es el resultado que surge de la oposición de ideas” coincide con este pensamiento dialéctico.
Mención aparte merece el trabajo del semanario Búsqueda descartando aquellas partes de una misma idea que beneficiaban a Mujica, optando por aquellas, incluidas en el mismo tópico, que fuera de contexto y desagregada podían dejar mal parado al candidato de la izquierda.
La tarea del semanario, perro guardián de una derecha amenazada por un segundo gobierno progresista, consistió en despedazar a dentelladas una verdad convirtiéndola en mentira, en un pensamiento falso, que sólo se transforma en verdadero si se leen todos los pedazos.
El semanario incluso habla de dictadura comunista cubana, cuando Mujica jamás hizo esa calificación, e ignora deliberadamente sus elogios a la revolución cubana contenidos en la página 66 del libro. La tergiversación mediática supera los límites cuando varios órganos de prensa afirman al unísono que Mujica acusó a los argentinos de ser un pueblo de tarados, cuando lo que dijo fue precisamente lo contrario: “no es un pueblo de tarados”.
La otra virtud de Mujica es su valentía intelectual y su honestidad política. Parece estarle dirigido el pensamiento de Guitton: “La cobardía es buscar la aprobación y no la verdad; la conformidad y no la esencia; la condecoración más que el honor; el ascenso más que el servicio; el poder más que el bienestar del pueblo”.
Hacía tiempo que yo no publicaba “La Cosa Vostra”, ocupado en los menesteres prosaicos de mantener enhiestos los tres medios de comunicación del multimedio plural que piloteo en las aguas embravecidas del período electoral. Si saco hoy de su vaina mi oxidada espada para defender a Mujica es porque creo que es un hombre singular, empeñado en una revolución más cultural que política, que ha probado con su vida ser un hombre de partido, que llevará a buen puerto el programa de los mandantes que lo eligieron, que no impondrá sus propias ideas por sobre las del colectivo. Y que también seguirá diciendo lo que piensa. Está en su esencia de predicador.
Le dije no hace mucho que el silencio es, después de la palabra, el segundo poder del mundo. Me contestó con velocidad y picardía que tenía razón, que la palabra era el primer poder del mundo. Es tozudo pero honesto.
Su declaración pública reconociendo errores e ingenuidades, desnudando su alma herida, entrará por su sinceridad y belleza en las páginas más nobles de la izquierda uruguaya.
Me hizo acordar al íntegro Publio Siro, el romano: “Me he arrepentido de haber hablado, pero nunca de haber guardado silencio”.