¿Cómo se construye la falacia mítica de la objetividad y la neutralidad en los Medios?

Viernes 30 de noviembre de 2007 | 05:16

Escribe : Federico Fasano Mertens

En la última “Cosa Vostra” iniciamos la tarea de exhibir la falsedad de los 10 mitos de la ideología dominante sostenidos por el semanario de la derecha uruguaya, Búsqueda, y su encubridor institucional, la dirigencia de la gremial de los periodistas (APU), explicitados en el juicio que ambas entidades le iniciaron al senador Korzeniak, por haber tenido la osadía de revelar el rol de ese semanario en el esqueleto del establishment.

Comenzamos por radiografiar el primer mito: “la noticia es la que reina y gobierna, no los accionistas de los medios de comunicación”. Explicamos en esas reflexiones el mecanismo utilizado para matrizar en el corazón de la comunidad la legitimidad de ese mito, desnudando los ardides que impedían descubrir fácilmente la diferencia entre suceso y acontecimiento.

Hoy abordaremos el segundo mito: “la objetividad y la neutralidad son la base del sistema”.

La base sobre la que se asienta la pirámide de la ideología dominante informativa, es el mito de la objetividad y neutralidad, esclava de los hechos y por ende inofensiva, imparcial e indiferente. Regla de oro, internalizada en las conciencias de las mayorías, la objetividad del mensaje obliga a sujetarse a un falsificado proceso de deshistorización y abstracción que convierte en ininteligible los hechos descriptos.

Pero la trampa de lo ininteligible no se encuentra en la producción de los hechos sino en el proceso posterior. Lo ininteligible pasa a ser decodificado por alguien. Y ese alguien es precisamente la institucionalidad de la dominación. El axioma comunicacional del establishment, “los hechos son sagrados, el comentario es libre” implica prohibir al cronista de los hechos toda contextualización para que después los propietarios de los medios y sus hombres de confianza los interpreten en sus páginas editoriales.

Este axioma que implica una estafa a la audiencia se complementa con este otro surgido de las canteras de los sociólogos norteamericanos: “el censor último de toda comunicación es el que la recibe”. Mattelart lo acepta “en la medida en que se endose previamente otro sobre la transparencia absoluta de las relaciones sociales en la sociedad en que vivimos”.

Pero ¿cómo puede ser objetivo cualquier hecho, cuando todo hecho es histórico, se inserta en la historia, y por lo tanto implica una visión del mundo implícita o explícita y requiere de ángulos de observación, así como “de ciertos campos visuales e ideológicos y la necesidad de un aparato cognoscitivo y cierto instrumental teórico”?

James Linen, editor nada menos que del Time, confiesa “que la objetividad total es tan imposible como indeseable. A menudo se nos dice que la función del periódico es sencillamente decir lo que ocurrió, qué hizo o dijo tal persona. Nada de opiniones ni de juicios, sólo hechos. Pero si un periódico o una revista de noticias sencillamente amontona todos los hechos sobre un artículo que puede imprimir, acaso cumple con su responsabilidad hacia el lector. No lo creo. Me parece que esta obsesión con sólo los hechos puede conducir al absurdo”.

Lo que el editor del Time no se da cuenta ­otra vez hay que distinguir personas de intereses, e incluso distinguir clase dominante del capital que la produce como condición necesaria para su existencia­ es que el sistema requiere como el oxígeno, el concepto de objetividad y la prohibición subjetiva, para imponer su modelo. Independientemente de que tal objetividad sea sólo una máscara que esconde una carga ideológica de magnitud, orientada a perpetuar el poder de los medios hegemónicos.

La falacia de la objetividad no resiste ningún test comparativo. Un mismo hecho noticioso en dos medios de comunicación con soportes ideológicos distintos producen dos impactos diferentes en el receptor. Porque no sólo las palabras, la textualidad, son las que conforman el mensaje. Su ubicación, su complemento gráfico, la tipografía empleada, la cantidad de tintas, la división del hecho, su titulación, su copete informativo, en fin, toda la gama técnico profesional de la presentación del acontecimiento, unido a lo que no se dice, a lo que se destaca, a lo que se minimiza, al colorido de la nota, todo influye en la producción del mensaje y su capacidad de convencer y hacerlo creíble, y reclutar al receptor para que acepte la carga ideológica latente del hecho que se le ofrece. Aun sin saberlo el productor y el propio operador del hecho en cuestión.

Tomemos el ejemplo de los periodistas de Búsqueda que demandaron a Korzeniak, por desconocer el verbo adular. Estos periodistas creen en la objetividad ingenua.

Lo dijimos en el juicio: no se dan cuenta de que en el mismo momento en que un reportero redacta su noticia ya ha seleccionado algunos hechos y descartado otros, subjetivizando la situación.

Incluso hasta la forma narrativa, el énfasis, el ninguneo, la desproporción, la jerarquización de todos los elementos y la reflexión sobre la crónica de su responsabilidad, implican una toma de partido. El objetivismo ingenuo según el cual los hechos se describen según normas y técnicas como si se llenara un formulario, no existe.

El producto final que el periodista entrega a su jefe de sección y éste al secretario de redacción y éste al subdirector o hasta al mismo director puede sufrir algunas correcciones si la crónica toca áreas sensibles que contradicen los intereses que Búsqueda defiende. Pero aun si su producto no es modificado ni en una coma y se resuelve su publicación ya que el periodista no es el que decide qué publica y qué no, aun en ese caso su producto puede llegar a ser percibido por los lectores de una forma distinta a la que su autor concibió. Y ello se debe a la compleja organización de una edición, que incluye titulares, diagramadores, paginadores, fotógrafos, redactores de leyenda, taperos, etcétera, etcétera. Supongamos una crónica que hace centro en un elemento especial que los dueños del medio o su personal de confianza ­que son más papistas que el Papa, porque los dueños en general no elaboran la edición, para eso tienen a sus capataces­ no están de acuerdo en publicar.

Bastaría publicar la noticia con perfil bajo, en páginas de menor exposición, diseñada en forma ninguneada, encabezada con un título que no va a la esencia y se queda en la epidermis, sin impacto, para que la noticia sea desjerarquizada, sea poco recordada. Y sin embargo no fue censurada y fue publicada.

Búsqueda es inteligente y las estratagemas de la dominación las conoce y las aplica al dedillo. Dicen los demandantes que ellos acusan de corrupción a dirigentes de los partidos tradicionales y lo exhiben como prueba de su neutralidad y de no ser un medio de derecha. ¿Cómo es posible tamaña ingenuidad? ¿O es que el establishment es ignorante y no conoce las reglas del disimulo y el engaño para embaucar incautos? Si los periodistas de Búsqueda informaron sobre esos casos, lo hicieron porque fueron autorizados por los responsables, personal de confianza de sus dueños y si éstos autorizaron su publicación fue porque los corruptos ya no eran útiles al sistema hegemónico y tanto es así que fueron descartados por sus propias organizaciones políticas como inservibles para sus fines y no sólo fueron procesados sino que fueron expulsados de sus partidos.

No conozco ningún artículo publicado en Búsqueda que contradiga abiertamente la línea editorial de la publicación ni haya puesto en peligro los intereses de sus dueños.

El poder en Búsqueda reside en su sociedad anónima y en los representantes de los dueños. Es cierto que en algunos períodos existieron en Búsqueda columnistas de posición diferente a la línea editorial del semanario. Hoy muchos de ellos ya no están porque no les permitieron estar, otros porque consideraron incompatible su presencia a medida que la derechización se profundizaba.

Pero incluso la máscara de la objetividad tiene sus límites, como la democracia formal siempre los tuvo. Cuando suena el alerta general y la luz roja se prende, el sistema no duda en transformar la objetividad en propaganda abierta, en subjetivismo desenmascarado. Lo prueba la larga serie de regímenes de fuerza instaurados en América Latina en el siglo pasado, con el apoyo manifiesto, carente de todo disimulo, de los principales órganos de la gran prensa demoliberal del continente, partidaria de los gobiernos de opinión, hasta que el reclamo de las masas en las cuotas del excedente los llevó a consolidar el giro estratégico autocrático.

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