Cada pobre de A. L. debe mil dólares. Ni entregando durante un lustro todas las
exportaciones sin importar nada, habría solución. Los 200 super bancos dependen de
la voluntad de 3 deudores. 4 dictaduras se endeudaron más que todos los gobiernos
civiles.
El único recurso que nos queda para salvar el honor de buen pagador es falsificar dólares,
decía irónicamente en los dramáticos días de la semana pasada un angustiado tecnócrata
argentino afiliado a la idea fuerza dominante que recibió desde la cuna; «no hay calamidad
mayor que la de ser insolvente y moroso».
La reputación crediticia, la tradición pagadora latinoamericana, valor cultural e ideológico
internalizado en nuestras sociedades como piedra angular del sistema de dominación y
dependencia, hoy está a punto de estallar en mil fragmentos ante la magnitud de la crisis.
Y no es para menos. Aún el más pobre de los pobres de nuestra América, el que jamás
pudo tener en sus manos un billete de 100 dólares o de 10 mil pesos mexicanos, debería
saber que por obra y gracia de fenómenos inexplicables para su conciencia, acaba de
convertirse en deudor de mil dólares o 170 mil pesos mexicanos. A esta cifra, impensable
hace 20 años cuando la deuda externa latinoamericana no superaba los 30 dólares por
habitante, asciende el mayor flagelo de la historia de nuestras comarcas: su ignominiosa
deuda externa de casi 350 mil millones de dólares descargada sobre los 350 millones de
latinoamericanos, contando bebés, niños, adolescentes, adultos y ancianos.
¡SEA FELIZ, PAGUE SU DEUDA!
El SELA, la CEPAL, los expertos, todos a una, no pueden evitar el pánico: «es la más grave
crisis de nuestra historia». Por primera vez en los últimos 40 años la actividad económica se
redujo no sólo en términos relativos sino también en términos absolutos. El Producto Bruto
Interno promedio en la región fue nulo en 1981, menos 1% en 1982 y menos 5% en 1983. Si
América Latina dejara hipotéticamente de importar alimentos, medicinas, combustibles,
repuestos, en fin, lo mínimo para subsistir y mantener algo en funcionamiento de su aparato
productivo, necesitaría más de un lustro de tiempo de no comer, no vestirse, no curarse y no
producir para pagar con el 100% de sus exportaciones la deuda externa y sus intereses.
Decimos hipotéticamente porque dada la estructura de capitalismo dependiente de nuestras
sociedades, sin importaciones mínimas tampoco existirían ni exportaciones máximas ni
seres humanos que quedaran para poder ver hecho realidad el consejo de los acreedores:
«sea feliz, pague su deuda».
América Latina exportaba en 1980, unos 100 mil millones de dólares. Pero por obra y gracia
de quienes deciden los precios mundiales y acordaron deprimirlos a los niveles relativos
más bajos de los últimos 50 años, las exportaciones descendieron a 87 mil millones de
dólares, en sólo 24 meses. La mitad de todas las ventas del continente alcanzan sólo para
abonar los intereses y la totalidad de las exportaciones no son suficientes si se agrega la
amortización anual mínima exigida.
Los países latinoamericanos con su irresponsabilidad —claman los grandes centros de
decisión internacional— ponen en peligro el sistema financiero mundial y llevan al planeta al
borde del colapso. La economía mundial está a punto de estallar sin remedio, agregan,
cuando en realidad no es el mundo de los que trabajan el que está por acabar sino el mundo
de los banqueros. Si sólo tres países, Argentina, Brasil y México, decidieran pagar su deuda
a todos sus acreedores menos la banca transnacional, quebrarían de inmediato los 200
bancos más grandes del mundo. El pánico, el colapso, la bancarrota sería difícil de describir.
Frente a esta situación el crack del 29 fue un simple divertimento del sistema. La diferencia
con la situación del 29 es que en esta oportunidad no son los grandes capitostes del
capitalismo mundial los que están sentados en el banquillo de los acusados sino las
dependientes Naciones de América Latina, que se responsabilizaron de más de la mitad de
los préstamos mundiales otorgados a países en desarrollo.
EL ARDID Y LA ESTRATEGIA ACREEDORA
El tema ha llegado a la calle y ya es usual observar cómo el taxista, el mesero, el carnicero,
la ama de casa, hablan de la deuda externa como un tema con el que tendrán ya que
convivir por muchos años, aunque sin tomar conciencia de que el problema puede
descender de las superestructuras donde se encuentra, penetrando los seguros bastiones
de su vida cotidiana.
Y lo que es peor, es que la respuesta más persistente a la pregunta que se formulan
—¿quién es el culpable de todo este desbarajuste?— es la misma que durante décadas
sembró mediante la desinformación, la descontextualización de los hechos y la alienación
de las conciencias, el mismo acreedor que hoy reclama el pago, que no es otro que el
mismo que desinforma e impone sus patrones éticos, estéticos y culturales. El mismo que
dice que no es ético ni estético dejar la deuda impaga. La misma mano que presta e impone
su dinero, nos presta e impone su modelo de vida y de conducta.
Desmitificar la falacia montada por los centros acreedores sobre «los deudores que utilizaron
lo que no era suyo y después no lo devuelven» representa una de las principales tareas
políticas y didácticas que gobiernos y organizaciones democráticas deberán llevar a cabo
para explicar a sus pueblos la urdimbre de la trama dependiente tejida por la dominación
financiera.
El gran drama de la deuda externa latinoamericana no es un delito urdido por los deudores.
El ardid y la estratagema que lo hicieron posible fue construido por la lógica de un sistema
de acreedores públicos y privados cuyo afán de lucro no se detuvo ni en el umbral de la
crisis.
LA FUERZA Y LA DEUDA — PRIMOS HERMANOS
No pretendemos con esta afirmación restar responsabilidad en la tragedia a los socios
nativos del imperio ni a la burguesía dirigente, de las formaciones sociales latinoamericanas,
que con escasas excepciones, alentó y usufructuó en el corto plazo los efectos del complot
financiero.
Las burguesías nativas y los gobiernos militares que ocuparon por la fuerza los Estados
nacionales, deberán asumir su responsabilidad histórica. A la pregunta que en su momento
le formularán los pueblos sobre el destino de esa masa sin precedente de circulante en
moneda dura y cara, no habrá más respuesta que la de reconocer que fueron
irresponsables al sobreestimar la expansión del mercado interno; que fueron antipatriotas al
promover el consumismo irracional e inundar sus propios mercados con todo tipo de
productos importados ajenos a las necesidades de nuestros países; que fueron corruptos al
utilizar en provecho propio y de su clase buena parte de la deuda externa ocultando incluso
sus utilidades en el exterior; que fueron paranoicos al aprovechar el flujo de dinero para
armarse hasta los dientes alcanzando los gastos bélicos cifras récords en la región; y que
fueron, finalmente, reos de esa Nación al destinar la deuda externa para reprimir y someter
los anhelos de libertad y justicia de sus pueblos.
Todos los cargos reseñados les caben, sin atenuante, a todos y cada uno de los gobiernos
militares que signaron la deuda externa señalada. Sólo 4 de las dictaduras militares
latinoamericanas —Argentina, Brasil, Chile y Uruguay— se endeudaron en un monto
superior a todo el resto de los gobiernos civiles latinoamericanos en conjunto. El
neoliberalismo económico que impusieron a sangre y fuego en sus sociedades, no hubiera
sido posible sin el uso de la fuerza y de la deuda externa que la abasteció. En ese fontanar
bebieron las dictaduras subalimentando a sus comunidades.
La dictadura argentina, por poner sólo un ejemplo, endeudó en los 7 años de terror de su
gestión, en 12 mil dólares más a cada ciudadano en actividad, si se toma en cuenta la
deuda externa sumada a la pérdida de producción medida como diferencia entre el producto
real y potencial.
Estas autocracias aliadas de los acreedores, hoy en plena retirada de sus bastiones de
mando, aún no cesan de oponerse a posiciones de dignidad frente a los que cobran, por
temor a que les embarguen sus depósitos en el exterior, producto de la fuga de capitales
más formidables que recuerden las cada vez más abiertas venas de nuestra América. No es
por ello precisamente que nuestros países deben encontrar una salida histórica a la crisis. Si
sus aliados los embargan buena lección tendrán las clases dominantes y el autoritarismo en
el Continente. La ley del hampa es la que predomina entre los socios del saqueo. Si estalla
el conflicto entre acreedores y deudores los primeros en caer serán los grandes evasores de
la riqueza latinoamericana.
Sin embargo, la culpabilidad de nuestras autocracias y ciertas burguesías financieras
fuertemente desnacionalizadas, es utilizada para ocultar la base gigantesca del iceberg que
piloteó el endeudamiento externo.
La falacia últimamente utilizada con inteligencia por los acreedores consiste en hacer
responsables de la crisis a sus ya desprestigiados e inservibles socios. Admitir tamaña tesis
sería lo mismo que afirmar en derecho penal que procede la misma pena y asume similar
responsabilidad quien asiste al acto delictivo que quien lo planea, organiza y ejecuta
directamente, en descampado, en grupo, con premeditación y alevosía.
Buena parte de la dirigencia latinoamericana, y en especial sus segmentos autoritarios, son
culpables del delito de estafa por 200 mil millones de dólares contra América Latina, estafa
explicada en un informe del «Executive Intelligence Review». No hay duda alguna, pero a los
responsables del magnicidio económico contra nuestras sociedades, debemos buscarlos no
en los payasos que exhibieron sus muecas tragicómicas sino en los propios dueños del
estrafalario circo.
Incluso, debemos reconocerlo, que en no pocos casos las élites dirigentes del continente
pecaron de ingenuidad y se tragaron el cebo de «la deuda para el desarrollo» con anzuelo,
plomo y sedal.