1983: Un año de interrogantes
«Nos guste o no, habrá un nuevo orden mundial de las informaciones». La afirmación
contenida en el informe de Kroloff y Cohen dirigido al Senado norteamericano, en noviembre
de 1977, y que decretara la estrategia «cooptadora y centrista» de la administración Carter
frente a los partidarios del cambio comunicacional, acaba de ser sustituida por una nueva
estrategia de demolición diseñada por el equipo Reagan.
El campo de experimentación de este giro intransigente frente al nuevo orden, fue la XXII
Conferencia General de la UNESCO, que el 27 de noviembre de 1983, culminó en París y
donde el viejo orden logró contener los avances reformistas, dividió a las fuerzas del
cambio, oscureció los conceptos aprobados en la Conferencia General de Belgrado y ganó
tiempo para rehacer fuerzas y retardar la consolidación histórica de un orden informativo
democrático, equilibrado y de doble flujo.
LA ESTRATEGIA CARTER
James Carter, actuando con lucidez en defensa del capitalismo informativo de su país, cuyo
complejo industrial responde al 46% del producto bruto nacional, emplea el 50% de la fuerza
de trabajo y ocupa el segundo lugar entre las industrias de exportación de EE.UU., lanzó al
ruedo -con el apoyo de la Trilateral- una política de sutil «entrismo» en las ciudadelas del
nuevo orden informativo.
Los conceptos, las consignas y las banderas del Nuevo Orden Mundial de la Información y
la Comunicación (NOMIC) dejaron de ser atacadas por las delegaciones norteamericanas
que, en un abrupto cambio, las introdujeron, por razones tácticas, en su discurso
diplomático.
El objetivo: no oponerse al nuevo orden sino redefinir su contenido. Para ello era necesario
modificar el lenguaje y ganar aliados. En todos los foros internacionales se percibió este
cambio de conducta en el último tramo del gobierno Carter. Hasta la Agencia Internacional
de Comunicaciones de EE.UU. (USICA) sufrió cambios sustanciales adecuándose a tales
fines.
Ya en esas fechas, la investigadora chilena Raquel Salinas, advertía al respecto:
«¿Podemos ser ingenuos? La nueva y artificial flexibilidad que Estados Unidos mostró en el
período 1978-1980 no significa un cambio en las reglas del juego. Lo que hay, en su lugar,
es un juego que permanece sin cambios fundamentales, pero que se ha vuelto más
complejo, más sutil, más engañoso.»
Cierto es que el objetivo final es el mismo, pero también es cierto que los medios para
conseguirlo cambiaron radicalmente. De lo que se trataba era de dejar de negar la
existencia de un desequilibrio informativo brutal e injusto pero al mismo tiempo se trataba de
controlar las fórmulas y recetas que debían proponerse para superar tal situación.
Cómo negar —decían los asesores de Carter— que el 90% de los países sólo controlan el
10% de la información mundial mientras que un 10% del resto de las Naciones del orbe
controlan, con los EE.UU. a la cabeza, el 90% del flujo internacional. El hecho es indudable
y es mejor que administremos una salida a esta situación o tarde o temprano el libre flujo
será un cadáver histórico: ésta fue la premisa sobre la que se basó la nueva estrategia. Y
puestos a buscar salidas «honorables» inventaron el Programa Internacional para el
Desarrollo de las Comunicaciones (PIDC). Porque es un hecho que hoy muchos olvidan,
desconcertados ante el sabotaje de la administración Reagan, a los objetivos del PIDC, que
fue EE.UU. quien propuso su creación.
El origen de la iniciativa se remonta a 1978 cuando, en la XX Conferencia General de la
UNESCO, el jefe de la delegación norteamericana, embajador John Reinhardt, propuso, de
acuerdo a la nueva táctica de cooptación, un plan para impulsar las comunicaciones en los
países en vías de desarrollo. Dicho plan con múltiples modificaciones y concesiones
mutuas, culminó con la creación del PIDC en la XXI Conferencia General de la UNESCO, en
1980, en Belgrado.
El PIDC que la administración Carter planteaba era un PIDC que exigía irónicamente
superar el escaso desarrollo de las comunicaciones en el Tercer Mundo mediante el
expediente mágico de la transferencia de tecnologías.
El Departamento de Estado hacía suyas de esta manera las consignas de un nuevo orden
que intentaba superar el subdesarrollo informativo, pero proponía un inadecuado remedio
peor que la enfermedad padecida. Serían las poderosas corporaciones transnacionales
privadas las que tendrían que transferir al Tercer Mundo la tecnología de la cual carecían.
La propuesta de un PIDC pragmático, desideologizado, orientado a facilitar el amparo del
libre flujo del financiamiento de las corporaciones privadas fue inmediatamente impugnado
por los defensores del nuevo orden. Nadie creyó que precisamente los generadores de la
dependencia pudieran favorecer su superación. ¿Acaso podía la empresa privada
transnacional, sin contradecir su sustancia, contribuir al desarrollo autónomo de su
dependienta clientela?
Se abrió un gran debate al respecto, donde la mayoría se pronunció por abrir un proceso
hacía el desarrollo de la capacidad de los países que reciben ayuda para elaborar sus
propios equipos, de acuerdo a sus necesidades nacionales y su finalidades propias.
Aclararon además que el desarrollo de las comunicaciones no consistía en simple
transferencia de tecnología y que, en definitiva, toda tecnología debía responder a las
estructuras culturales y de comunicación nacionales y a la posibilidad de asimilarlas y
utilizarlas.
La mayoría abrumadora de UNESCO privilegió la cooperación horizontal sur-sur por sobre
la cooperación norte-sur, diseñada sobre bases bilaterales, ajena a todo multilateralismo, y
con el objetivo de canalizar equipos y entrenamiento de técnicos. Tal cooperación norte-sur
no entiende la transferencia de tecnología como transferencia de conocimientos sino como
mera venta de equipos. Y de «cooperación» sólo le queda un vocablo vacío de contenido.
Fue por ello que, en una primera instancia, el Tercer Mundo, África, Asia y América Latina,
con algunas fisuras, se inclinaron por un PIDC que fortaleciera cualitativamente las
capacidades endógenas de sus naciones para lograr la autosuficiencia sin caer en el
aislamiento. Y fijaron sus objetivos: contribuir al desarrollo autónomo, la independencia
cultural y la unidad nacional promoviendo las políticas nacionales de comunicación, la
cooperación horizontal y el esfuerzo endógeno. EE.UU. insistió en sus propuestas de
instrumentar lo que algunas delegaciones calificaron de «Plan Marshall de las
comunicaciones», donde los países en desarrollo expondrán sus necesidades y los
industrializados elegirán como en una gigantesca feria aquellas que les interesen para su
propia economía y desarrollo, generando así una dependencia más sutil y corrosiva que
acentuará en definitiva la desigualdad. Se trataba, en último término, de abrumar y
despersonalizar con «más de lo mismo». Se trataba, de «apoyar» el nuevo orden con el fin
paradójico de consolidar aún más firmemente la vieja situación que se resistía a cambiar.
La trampa no era fácil de detectar. La transferencia de tecnología transnacional para que no
acentúe la dependencia necesita de coherentes y articuladas políticas nacionales de
comunicación que impidan el desbordamiento. Tales políticas nacionales no existen en el
mundo en desarrollo, donde la única política aprobada es la ausencia de políticas de
comunicación social.
Ante este panorama nuestros países serían fácil presa de un orquestado “Plan Marshall de
las comunicaciones”, sin política articulada alguna que le hiciera frente.
En este contexto nació el PIDC a propuesta de EE.UU. con la promesa de terminar con el
subdesarrollo acentuando la dependencia.
LA ESTRATEGIA REAGAN
Ronald Reagan, un hombre poco acostumbrado a las sutilezas y complejidades, no entendió
la estrategia Carter para mediatizar el nuevo orden informativo. Y, rodeándose de los
elementos más opuestos a las Políticas de la UNESCO, emprendió una cruzada de sanidad
destinada a terminar con los principios del nuevo orden informativo que siempre consideró
«una maniobra contra la propiedad privada de los medios de comunicación». De esta
manera, y en su ya conocido «estilo bulldozer», instaló la guerra fría en el propio corazón de
la UNESCO, atacando en todos los foros aquellos conceptos del nuevo orden informativo
que ponían el acento en el desequilibrio, el acceso y la participación social. Y no contento
con ello, saboteó el PIDC que su antecesor había impulsado en los marcos de la estrategia
de cooptación, negando persistentemente todo recurso financiero al Programa, más allá de
simbólicas contribuciones y promesas incumplidas. O el PIDC acepta ser un instrumento
para ensanchar la economía a escala de las sociedades transnacionales o se muere de
inanición, parecían decir sus delegaciones. Decidió vetar todo proyecto que en el seno del
PIDC intentara impulsar la defensa del NOMIC. Y en la cuarta reunión del PIDC, en
Tashkent, hizo efectiva su amenaza, bloqueando un proyecto de la Federación
Latinoamericana de Periodistas, organización continental que agrupa a 25 sindicatos
nacionales en 22 países de la región, y que pretendía formar a sus 105 mil afiliados en la
práctica profesional del nuevo orden.
Animó la organización en Talloires, Francia, de la Conferencia «Voces de la Libertad»
auspiciada por el Centro Edward Murrow de Diplomacia Pública, el Comité Mundial de
Libertad de Prensa y el Instituto Internacional de la Prensa y Freedom House. Esta
conferencia aprobó una de las declaraciones más tajantes contra los principios
democratizadores del NOMIC, y logró unir a la mayoría de los países industrializados a las
posiciones de la administración Reagan, más allá de contradicciones inter-industrializados
que aún persisten en algunos campos de la información.
Inmerso en esta escalada, el subsecretario de Estado para Organismos Internacionales
informó, en una sesión de testimonios ante el Congreso, que el poder ejecutivo y las
corporaciones transnacionales actuarían juntas para oponerse al NOMIC. Finalmente, y en
una actitud sin precedentes, elevó al Congreso de la Unión un proyecto de enmienda por el
cual se suspenderían todas las contribuciones a la UNESCO si ésta adoptaba cualquier
resolución, en el marco del NOMIC que limitara el libre flujo de la información. Esta
enmienda fue finalmente aprobada por el Congreso norteamericano en medio de un clima
de euforia anti-UNESCO. Lleva la denominación de ley pública 97.241, sección 109 de
control de las políticas de comunicación de la UNESCO. El único antecedente inmediato se
encuentra, años atrás, cuando EE.UU. interrumpió el pago de sus contribuciones a la
UNESCO debido a las resoluciones de esta organización contra el Estado de Israel.
La defensa del libre flujo a ultranza como base del libre mercado ha llevado al equipo
Reagan a ciertos distanciamientos con países aliados. Apoyada por la ITT, la IBM, la
CITICORP, el Bank of América, el Hannover Trust y Control Data, entre otros poderosos
consorcios, la diplomacia de la fuerza en favor del libre flujo impulsada por Reagan, parece
no tener en cuenta la existencia de contradicciones reales con sus aliados.
El libre flujo irrestricto traducido en el monopolio norteamericano de bancos de datos
articulado al flujo transfronteras y al control transnacional de la informática ha preocupado
seriamente a países aliados de EE.UU. tales como Canadá, Japón, Suecia, Noruega, entre
otros, que consideran en peligro su propia soberanía cultural e informativa, invadidos por
una materia prima estratégica —la información— manipulada y expelida en flujos de 600
millones de signos por segundo vía satélite, con fines estratégicos desconocidos.
El informe Clyne, elaborado por el gobierno canadiense recientemente, llegó a advertir que
«es necesario establecer una racional estructura de telecomunicaciones en el país como
defensa frente a la ulterior pérdida de soberanía en los aspectos social, cultural, económico
y político».
El experto cubano, Enrique González Manet, expuso el tema con claridad: «el problema que
se nos plantea a los países en vías de desarrollo debido al alcance global instantáneo y la
operación autónoma de estos medios por gigantescas empresas privadas —cuyo flujo y
contenido se desconoce— es el cuestionamiento de la soberanía y del carácter mismo de
los Estados-Nación. Tales fenómenos ponen en duda, en las presentes circunstancias, la
posibilidad de que los pueblos de Asia, África y América Latina, puedan asumir la defensa
de su identidad cultural o implementar políticas independientes de desarrollo».
El problema es de tal gravedad que el propio ex-director de la USIS, Leonard Marks, ha
manifestado que es técnicamente imposible impedir flujos de 600 millones de signos por
segundo vía satélite a menos que el sistema sea simplemente desconectado. El
investigador norteamericano, Herber Schiller, manifestó al respecto que «cuando la gente
abra los ojos, la infraestructura estará integrada al sistema transnacional de EE.UU».
Los gobiernos y pueblos, incluso algunos aliados de EE.UU., comienzan a percibir este
peligro de proporciones gigantescas que pone en entredicho el principio sacrosanto del libre
flujo, exigido por el aumento masivo de datos y mensajes sobre las fronteras, clave
operativa del sistema transnacional de información.
Carter intentó adecuarlo para evitar el aislamiento general, la pérdida de aliados y una
ofensiva contra el libre flujo sin precedentes. Reagan insiste en defender el principio y su
praxis hasta sus últimas consecuencias y no dudó en aprobar la sección 109 de la ley
97.241 que instala en la escena el chantaje formal a la UNESCO si la mayoría de sus
estados miembros osan reglamentar el libre flujo irrestricto.
EL EMPATE DE LA XXII CONFERENCIA
En este contexto tiene lugar la XXII Conferencia General de la UNESCO en la ciudad de
París, de septiembre a noviembre de 1983. Para que no queden dudas de su actitud,
Reagan designa como presidente de su delegación al propio presidente de la compañía
Mobil Oil y anuncia «urbi et orbi» que la UNESCO «está en capilla» y que dependerá de su
buena conducta frente a los intereses privados y los propios intereses vitales de los EE.UU.,
que no se le corten definitivamente los suministros que le permiten continuar viviendo. La
delegación norteamericana llegó a París con dos objetivos: a) mediante la tesis de
«crecimiento cero» impedir la expansión de la UNESCO; b) impedir todo intento de
profundizar los conceptos participativos del NOMIC, acentuando la defensa del libre flujo. El
resultado le significó un empate que estratégicamente lo favorece y le permite ganar tiempo.
Su tesis de «crecimiento cero» fue derrotada, pero mediante el temor no sólo cercenó los
intentos de avanzar en torno a la definición del nuevo orden sino que logró erosionar
algunos de sus más importantes principios.
La delegación norteamericana fue recibida con un discurso valiente e inesperado por parte
del Director General de la UNESCO, Amadeu Mathar M’Bow, que concitó la adhesión de
virtualmente todos los estados miembros, dejando aislados en el tema a los partidarios del
«crecimiento cero». M’Bow, dijo en un lenguaje poco usual en el funcionario de mayor
jerarquía de la organización: «La UNESCO se enfrenta con una voluntad deliberada de
oponerse a todo crecimiento de sus actividades, aun cuando ese crecimiento pueda lograrse
con un presupuesto en franca disminución. No he dejado de advertir, por lo demás, que un
jefe de delegación afirmó claramente que lo que estaba en juego no era la cuantía de la
contribución abonada a la UNESCO, sino el principio mismo del crecimiento en términos
reales. Se trata, por tanto, de una cierta voluntad política dirigida a frenar la cooperación
multilateral y a limitar el alcance de la acción de la UNESCO en el mundo, poniendo sobre
todo en tela de juicio la orientación de diversos programas con los que la organización trata
de satisfacer las necesidades de los países en desarrollo en materia de cooperación técnica
e intelectual. La actitud negativa hacia la UNESCO que demuestran las posturas adoptadas
en materia presupuestaria no puede dejar de asociarse con ciertos ataques sistemáticos de
que ha sido objeto la organización y que han adoptado a veces el carácter de verdaderas
campañas de desprestigio. Por desgracia, debo señalar, que esos ataques parecen estar
estimulados, cuando no suscitados, en el seno de algunas delegaciones permanentes que
en lugar de apoyar las actividades de la organización y de favorecer una cooperación
constructiva prefieren entregarse a una agitación estéril.»
El tono y contenido del discurso fue decisivo para derrotar el «crecimiento cero» ya que casi
todos los estados, sorprendidos por la voluntad de confrontación del influyente Director
General, se alinearon sin fisuras arrastrando tras sí a muchos países industrializados y
dejando con escaso margen de maniobra a la delegación norteamericana.
Nuevos intentos norteamericanos por afectar los presupuestos del sector comunicación
carecieron de fuerza ya que esa área era la más pequeña de la UNESCO, aunque parece
ser la más conflictiva, y solo gasta un 5.6% del presupuesto global, y posee un 3.2% del
personal, 85 profesionales de un total de 2.620 funcionarios de la UNESCO.
Los EE.UU., apoyados por 10 países se negaban a que el presupuesto bianual para el año
84-85 superara los 360 millones de dólares. Por su parte, M’Bow apoyado por 127 naciones
exigía 374 millones. Las posiciones no cedieron y debieron ser sometidas a votación. Por
127 votos contra 11 se aprobó un presupuesto bianual de 374 millones de dólares. Los
EE.UU. aceptaron la derrota.
De todos modos, la UNESCO disponía de proyectos e iniciativas por 384 millones de
dólares. La cerrada oposición norteamericana determinó que quedaran por el camino
proyectos por 10 millones de dólares destinados a los países en desarrollo.
En cuanto al «Gran Programa III: La comunicación al servicio del hombre», presentado por la
Dirección General y que ubicaba en un primer nivel de discusión el nuevo orden de la
información, fortalecía y privilegiaba el esfuerzo endógeno e introducía con fuerza el tema
de la educación de los usuarios, las presiones ejercidas determinaron que en gran medida el
resultado final no significara un avance en la misma línea que la Conferencia General de
Belgrado. La claridad de Belgrado, basando al nuevo orden en el flujo de doble vía, la
defensa de la identidad cultural y la descolonización informativa, ha sido parcialmente
oscurecida en París. Este es el resultado de una política de fuerza a favor del libre flujo
irrestricto.
Entre los aspectos que configuran un retroceso con relación a Belgrado, detectamos el
condicionamiento del «nuevo orden» a la supresión de los obstáculos internos y externos que
se oponen a una circulación libre. En efecto, el párrafo 03203 del programa «la
comunicación al servicio del hombre» expresa textualmente: «de la supresión de los
obstáculos internos y externos que se oponen a una circulación libre y a una difusión más
amplia y mejor equilibrada de la información, los conocimientos y las ideas, dependerá en
gran medida el establecimiento de un Nuevo Orden Mundial de la Información y la
Comunicación concebido como un proceso evolutivo». O dicho en otros términos, se
equipara el desequilibrio informativo, origen del nuevo orden, con las dificultades que
encuentra el libre flujo y se afirma que no habrá nuevo orden sin libre flujo irrestricto.
Otro aspecto que evaluamos negativamente ha sido el comportamiento político de las
fuerzas que en Belgrado impulsaron el nuevo orden. Anteriormente, la correlación de
fuerzas exhibía un núcleo africano, asiático y latinoamericano vigorosamente enrolado en
las tesis y la defensa del Nuevo Orden, un bloque socialista con excepción de Cuba con
dudas y temores sobre el contenido revolucionario del Nuevo Orden propuesto, un bloque
de países desarrollados, de origen fundamentalmente europeo, que buscaba limitar los
alcances del Nuevo Orden pero no se oponía frontalmente a su legitimidad y, finalmente, el
bloque de EE.UU. y algunos aliados contrarios a la propuesta de cambio.
En esta oportunidad se concretaron cambios sustanciales. Las naciones industrializadas se
unieron mayoritariamente a las tesis norteamericanas, incluida la Francia socialista, aunque
con diversos matices menos radicales. Los países socialistas asumieron con fuerza y vigor
la defensa del nuevo orden informativo despejando toda duda anterior al respecto. Y los
países en desarrollo, atemorizados por la política de fuerza norteamericana, la posibilidad
que fuera aplicada por el Congreso norteamericano la ley pública 97.241 que llevaría a una
catástrofe a la UNESCO donde ellos son mayoría y cuentan con el invalorable apoyo de uno
de los suyos -el propio Director General, ciudadano de Senegal- decidieron no batallar con
la misma fuerza que en el pasado contra el libre flujo irrestricto y sus peligros. Esta táctica
de un gran número de países del Tercer Mundo, vinculada a una parcial retirada estratégica
ante la diplomacia de fuerza, ya había sido puesta de manifiesto en la cuarta reunión del
PIDC en Tashkent. Lejos de detener la política reaganiana anti-UNESCO, esta exhibición de
debilidad de la mayoría ha alentado la diplomacia de fuerza norteamericana.
El rol que ahora pasan a ocupar los países socialistas, llenando el vacío dejado
momentáneamente por el Tercer Mundo, convierte esta polémica en una confrontación este-
oeste, muy distinta a la norte-sur que venía gestándose desde antes de Belgrado. Y todo
esto en detrimento de las perspectivas reales del Nuevo Orden.
La XXII Conferencia de la UNESCO deja enseñanzas muy útiles de profundizar. Las
diferentes fuerzas en pugna han mostrado todas sus cartas. El empate no durará mucho
tiempo más.