AMÉRICA LATINA CONQUISTA NUEVO ORDEN NOTICIOSO

La última década registra en América Latina una visible aunque desarticulada
contraofensiva contra el sistema transnacional de comunicación social, vigente en todas las
formaciones sociales de nuestra América la pobre.
Infiltrado por pautas culturales e informativas ajenas al ser latinoamericano, nuestro
continente se fue desnaturalizando lentamente en las íntimas esencias de su personalidad.
Un neocolonialismo oculto, más peligroso aún que el tradicional, sentó sus reales en
nuestras tierras apoyado por una falange de agencias noticiosas internacionales, flujos de
programas televisivos, sistemas de radiofotos, publicidad transnacional, conjuntos musicales
de ámbitos ajenos, que no se detenían ni ante los umbrales del idioma propio.
La transnacionalización de la economía fue precedida en nuestras comarcas por formas
miméticas de la transnacionalización cultural. La radiotelefonía y la industria del disco
actuaron como adelantados, pero ya con prelación las agencias de noticias de los países
industrializados fueron abonando el terreno, ablandando las defensas naturales de los
Estados, válidas de la aparente inocencia de las informaciones, comentarios, opiniones e
ideologías que, en su conjunto, expresaban el aparato de dominación central generado en
lejanas metrópolis.
El modelo transnacional logró desarrollar los orígenes de las primitivas formas
comunicacionales que en América Latina privilegiaron la información, entendida ésta como
el debate de ideas, y la interpretación de la realidad. Así nació la prensa latinoamericana, a
fines del siglo XVIII, cuando la idea de la nacionalidad y la voluntad independentista se
fraguaron en las páginas de unos periódicos que supieron rendir un eficiente servicio a las
guerras emancipadoras.
A partir de 1870, año del gran acuerdo entre agencias de noticias que deja al continente
bajo la dependencia informativa de la agencia francesa Hayas, hasta que la agencia

norteamericana UPI rompe el virtual monopolio en 1920, consolidando empero el modelo
mercantil de comunicación, América Latina reniega de sus orígenes comunicacionales
autóctonos y adopta la estructura de enajenación propuesta por el sistema transnacional.
Bajo la bandera de la objetividad noticiosa el imperio consolida la penetración cultural más
impresionante que hayan conocido nuestros pueblos.
Impusieron valores noticiosos contrarios a los procesos de desarrollo de las grandes
mayorías postergadas, amparándose en una concepción de noticia que sólo busca lo
excepcional, lo anecdótico, lo negativo, lo anormal.
Al respecto, muy elocuente es, el análisis que Theodore Peterson publicara hace casi tres
décadas en Estados Unidos con relación a los medios de comunicación en América Latina.
Dice su análisis:
I.- Los medios de comunicación de masas han manejado un enorme poder para alcanzar
sus propios fines. Los propietarios han propalado sus propias opiniones, en especial las
políticas y las económicas, a expensas de los puntos de vista contrarios.
II. Los medios de comunicación de masas han estado subordinados a la gran empresa y a
veces han permitido que los avisadores controlaran la política y el contenido editorial.
III.- Los medios de comunicación de masas se han opuesto al cambio social.
IV.- Los medios de comunicación de masas a menudo han prestado más atención a lo
superficial y a lo sensacional en sus reportajes sobre los acontecimientos humanos que a lo
que es significativo, y sus entretenimientos han sido a menudo insustanciales.
V. Los medios de comunicación de masas han puesto en peligro la moral pública.
VI. Los medios de comunicación de masas han invadido la vida privada de las personas sin
causa justa.
VII. Los medios de comunicación de masas están controlados por una clase
socioeconómica -en términos vagos, «la clase empresaria»— y el acceso a los medios
resulta difícil para el recién llegado; por consiguiente, se pone en peligro el mercado libre y
abierto de ideas.
La ofensiva transnacional fue diseñando en nuestro continente un modelo triangular basado
en la marginalidad social, en el monopolio económico y en la privatización de la información
estratégica.
La marginalidad no deja lugar a dudas. En América Latina todavía hay países como El
Salvador, Guatemala, Honduras, Nicaragua, Jamaica y Haití en los que la mayoría de los
mayores de 15 años son analfabetos. Mientras en los países desarrollados más del 70 por

ciento de la población entre 6 a 13 años asiste a escuelas, en nuestros mundos
subdesarrollados apenas si lo hace el 40 por ciento.
En países como Nicaragua, antes de la liberación, había sólo 27 ejemplares diarios por cada
1,000 habitantes; y en Haití, 19; y en Bolivia, Guatemala, Perú, Brasil y varios otros países
de la región, menos de 40. Cifras aún menores corresponden al número de aparatos de
televisión por cada 1000 habitantes, y ni aún la radio tiene una cobertura total, pues en
Brasil, Honduras, Nicaragua, Paraguay y República dominicana hay menos de un receptor
por cada 100 habitantes. De todo lo cual se deduce que, aún desde el punto de vista
comunicativo, los medios de comunicación, en América Latina -y en general en el Tercer
Mundo- todavía son asuntos de minorías sociales.
Por otra parte, no son pocos los países latinoamericanos que gastan anualmente en
publicidad cifras superiores al 1 por ciento de su producto nacional bruto, mientras que otros
gastan en publicidad más de la tercera parte de lo que invierten anualmente en educación.
El monopolio económico es una segunda característica del actual sistema comunicacional.
Al respecto existen dos grandes categorías. Por un lado la televisión, las cadenas de
medios, las distribuidoras cinematográficas, la gran prensa, todos ellos entrelazados y en la
mayoría de los casos como comandos únicos. Por otro lado, las radios provinciales, los
diarios locales, los pequeños semanarios contestatarios que no alcanzan a manejar ni una
décima parte de los mensajes comunicativos. Y los que logran superar la barrera de la
marginalidad son cooptados en muchos casos por la estructura monopólica.
Incluso en el ramo de la televisión, donde en la inmensa mayoría del mundo no existe
propiedad privada en el sector, en América Latina tal régimen de propiedad es
predominante, adoptando en muchos países la forma monopólica.
Y este monopolio en América Latina ni siquiera es nacional. Mientras que en los EE.UU. el
99 por ciento de sus transmisiones de televisión son producidas dentro del país, en
Guatemala por citar sólo un ejemplo, sólo produce internamente el 16 por ciento de lo que
transmite.
El 60 por ciento de las noticias internacionales que circulan en América Latina son
procesadas en Nueva York acentuando el carácter transnacional descriptivo.
Y si observamos la publicidad con todo su enorme poder de permitir nuevos medios o
cancelar los existentes, podemos comprobar con estupor que más de la tercera parte de la
publicidad de los medios latinoamericanos es de origen transnacional, elevándose hasta un
60 por ciento en ciertos medios especializados.

La tercera característica del modelo vigente gira en torno a la privatización de la información
estratégica, tanto sobre recursos naturales como sobre datos humanos o económicos que
se encuentran en la base de las grandes decisiones políticas. Los bancos de datos, los
sistemas de computación y todo el conjunto de tecnologías componentes de la
teleinformática se encuentra en manos de un pequeño número de corporaciones
transnacionales que monopolizan los elementos básicos para las grandes tomas de
decisiones.
Como afirmaba Luis Joinet, Ministro de Justicia de Francia: «La información tiene un valor
económico, y la habilidad de almacenar y procesar cierto tipo de datos, puede fácilmente
darle a un país ventaja política y tecnológica sobre otros países. Esto a su vez, puede llevar
a una pérdida de la soberanía a través de flujos de datos extra nacionales».
Este modelo contrario al desarrollo de nuestro continente y a las aspiraciones de las
grandes mayorías ha sido sin embargo aceptado pasivamente por las élites
latinoamericanas hasta la década de los sesenta.
En la segunda mitad de esa década, algunos intentos de comunicación alternativa de masas
por un lado y el surgimiento de equipos de investigación sobre esta problemática
desatendida por otro, permitieron el nacimiento de una contraofensiva general
latinoamericana contra la penetración y la dependencia informativa.
Y si bien es cierto que existió demora en la respuesta a esa forma neocolonial de cooptación
de colectividades masivas, hoy América Latina ha pasado a la búsqueda permanente de
antídotos ante el flagelo descripto.
El desafío de la transnacionalización informativa se está respondiendo con actuaciones que
revelan madurez, responsabilidad y autoconfianza. De la pasiva aceptación, resignada y
fatalista, se ha pasado a formas activas de respuesta y en no pocos casos a anticipadas
previsiones que no desdeñan la confrontación hasta en un campo sumamente familiar al
adversario histórico.
En los últimos diez años detectamos numerosas acciones en tal sentido que seguidamente
detallaremos para poder posteriormente fundamentar nuevas líneas a seguir.
He aquí los principales antecedentes de la contraofensiva independentista aludida:

  1. Reunión de Ministros de Relaciones Exteriores de los países del Pacto Andino, realizada
    en Lima en Julio de 1972. En tal cónclave, se registró la declaración final que «los mayores
    volúmenes de información internacional que circulan entre nuestros países son procesados
    fuera de la subregión». Era la primera vez que en una declaración conjunta de alto nivel

político latinoamericano se mencionaba un fenómeno de dependencia tan importante y
hasta entonces así desapercibido.

  1. Reunión de Expertos sobre la Planificación de las Políticas de Comunicación en América
    Latina, realizada en Bogotá en julio de 1974 a la que asistieron 17 delegados de 14 países,
    así como observadores de 7 organizaciones internacionales públicas.
    Entre los asuntos considerados en Bogotá figuraron: el concepto y definición de una política
    de comunicación, y sus contextos político, estratégico e ideológico; el papel del Estado en la
    formulación de una política nacional, coherente y correctiva; la comunicación como parte de
    la política de desarrollo; el acceso a la información y la participación en la comunicación. Se
    trató de una reunión singular, no sólo por los temas delicados y difíciles que encaraban sus
    participantes, sino por sus previsibles efectos sobre situaciones congeladas desde muchas
    décadas antes y cuya mutación debía necesariamente rozar o afectar intereses poderosos
    consolidados.
  2. Seminario sobre Políticas Nacionales de Comunicaciones en América Latina, organizado
    por CIESPAL (Centro de Estudios Superiores de Comunicación para América Latina), que
    tuvo lugar en San José de Costa Rica en abril de 1975. El Seminario aprobó una serie de
    recomendaciones a los gobiernos latinoamericanos entre las que se cuentan:
    «Formular y establecer sus políticas al servicio de programas y planes de desarrollo que
    busquen el cambio social, contribuir a eliminar las relaciones de dependencia que afectan la
    vida en la mayoría de los países de la región. Ejercer una acción estatal dirigida a la
    eliminación de la concentración de los medios de comunicación masiva, en lo atinente a la
    propiedad privada y la ubicación geográfica. Encauzar la acción del Estado en procura de un
    reajuste de las funciones de los medios de comunicación masiva, para que se acomoden a
    los objetivos del desarrollo integral».
  3. Reunión de Expertos para la Promoción e Intercambio de Noticias en América Latina,
    realizada en Quito en junio de 1975, con participación de conocidos expertos
    norteamericanos que en sus aportes coincidieron con las críticas a los sistemas de
    información que nos llega del resto del mundo y aquella que sale de nuestros países, está
    enfocada con matices ideológicos colonialistas de diversas tendencias».
  4. Conferencia Intergubernamental sobre Políticas de Comunicación en América Latina y el
    Caribe convocada por la UNESCO en San José de Costa Rica en julio de 1976. Constituyó
    la más importante de las reuniones celebradas hasta ese momento. Y precisamente fue
    América Latina la región escogida para ello. Según el investigador Luis Ramiro Beltrán la
    elección recayó en virtud de la preocupación sobresaliente latinoamericana por el estado de

las comunicaciones, por la acumulación significativa de investigación científica sobre
problemas de la comunicación y por el interés activo demostrado en las políticas y planes
comunicacionales, superior a otras regiones comparables. La Conferencia adoptó
importantes recomendaciones cuyos aspectos medulares fueron los siguientes:
a) Reconocer que una más equilibrada circulación internacional de comunicación e
información es una reivindicación justa y necesaria de los países latinoamericanos y del
Caribe, y que como tal debe ser objeto de precisas disposiciones legales a nivel nacional.
b) Adoptar el criterio de que la solución a las desigualdades creadas por los actuales
mecanismos internacionales de acceso y participación descansan en el establecimiento de
una circulación más equilibrada de informaciones y comunicaciones.
c) Reconocer explícitamente que en los países de la región, esa fórmula no será fácil de
alcanzar en razón de las divergencias de criterios políticos sobre la libertad de expresión y el
derecho a la información.
d) Definir y ejecutar políticas, planes y legislaciones que hagan posible el advenimiento de
relaciones de comunicaciones más equilibradas tanto a nivel nacional como internacional.
e) Admitir que una adecuada concertación con los sectores privados y multinacionales del
área de la información es necesaria para establecer los mecanismos más adecuados para el
logro de una circulación internacional de mensajes equilibrada.
f) En concordancia con lo anterior, crear en los países del área eficaces y eficientes
mecanismos propios para generar informaciones y mensajes de circulación masiva,
originando así un proceso activo y consistente de participación en los flujos mundiales de
información.
g) Reconocer que es necesario superar la situación de atraso en la región en esta materia,
ejerciendo el derecho soberano a darse en plena libertad los instrumentos más adecuados,
tales como: agencias nacionales y regionales de noticias; servicios de radio y televisión de
alcance nacional e internacional respetuosos de la integración y circulación equilibrada;
mecanismos propios de estímulo a la prensa geográfica y económicamente menos
favorecida; fomento de las cinematografías nacionales y de su distribución; fortalecimiento
de los sistemas editoriales nacionales y regionales y la expansión de la distribución editorial;
políticas más eficientes para la producción, conservación y difusión internacional de la
información científico-tecnológica, y todos los demás instrumentos y normas que configuren
políticas coherentes, destinadas a favorecer por vía activa una mayor participación de las
naciones latinoamericanas y del Caribe en los flujos internacionales de comunicación e
información».

6.- Creación en julio de 1976 de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP) con
sede en la ciudad de México. La FELAP de inmediato denunció la dependencia informativa y
cultural del continente y se enroló en las filas del nuevo orden informativo internacional
incorporando de esta manera en forma orgánica a la lucha, a la mayoría de los
profesionales latinoamericanos de la noticia. Su vigor militante constituyó un aporte
sustantivo en la correlación de fuerzas, desfavorable al cambio en el sector.

  1. Seminario de Integración y Comunicación organizado por CIESPAL en junio de 1977 en
    San José de Costa Rica con participación de periodistas, investigadores, catedráticos
    universitarios y funcionarios del Mercado Común centroamericano del Acuerdo de
    Cartagena y de la ALALC.
  2. Participación de América Latina en diciembre de 1977 en la primera reunión de la
    Comisión McBride sobre los problemas de la Comunicación. Esta Comisión y su medular
    informe diagnosticó la realidad comunicacional en el mundo, probando la dependencia
    informativa en nuestras regiones.
  3. De enero de 1978 a septiembre de ese mismo año el debate de la comunicación en
    América Latina alcanza sus puntos más álgidos realizándose seis encuentros de alto nivel.
    En enero tiene lugar en Bogotá la Conferencia Intergubernamental sobre Políticas Culturales
    en América Latina y el Caribe. En febrero se desarrolla en México el seminario sobre
    «Comunicación y Dependencia» organizado por la Universidad Autónoma de México. En
    marzo se realiza en San Cristóbal, Venezuela, el Primer Encuentro de Periodistas del área
    andina. En abril, La Habana es sede de la Segunda Reunión del Consejo Interministerial de
    la Información de países no alineados. En julio se concreta en México el Primer Encuentro
    Latinoamericano de la Enseñanza de la Comunicación. Y en septiembre la Conferencia de
    las Naciones Unidas sobre Cooperación Técnica entre los Países en Desarrollo se reúne en
    la ciudad de Buenos Aires.
    10 Segundo Congreso Latinoamericano de Periodistas, celebrado en julio de 1979 en
    Caracas, con el auspicio de la FELAP. El Congreso decidió que son deberes del periodista
    impulsar, consolidar y defender el derecho a la información, entendido éste como el derecho
    que tienen los pueblos a informar y ser informados, destacando que el periodista debe
    militar por un nuevo orden informativo, acorde con los intereses de sus pueblos, que
    sustituya al modelo vigente en la mayoría de los países latinoamericanos.
  4. Reunión de periodistas latinoamericanos en marzo de 1979 en la ciudad de México,
    organizada por el Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales (ILET) cuyo aporte
    al debate ha sido sustancial. La reunión consideró el tema «Nuevo Orden Informativo

Internacional: perspectivas y dificultades en América Latina». El encuentro aportó elementos
para la búsqueda de mecanismos de apertura de la prensa latinoamericana hacia el nuevo
orden.

  1. Seminario Latinoamericano de Periodistas en julio de 1979 en La Habana. En la
    oportunidad se debatieron temas relacionados con «experiencias prácticas de comunicación»
    y «políticas de desarrollo» con la mira puesta en el apoyo al nuevo orden informativo.
  2. Primer Seminario Latinoamericano de Periodistas «Carlos Fonseca Amador» realizado
    en Managua en noviembre de 1979. Constituyó otro importante aporte militante y académico
    hacia el cambio que intenta superar el desequilibrio informativo en la región.
  3. Creación en marzo de 1979 en la ciudad de Caracas, de «Acción de Sistemas
    Informativos Nacionales» (ASIN), organismo de integración informativo integrado por 13
    países latinoamericanos y cuya presidencia es ejercida actualmente en México. Fue la
    primera vez que de lo meramente enunciativo, América Latina pasó a la materialización real
    de un organismo propio para la provisión de noticias que le conciernen.
    Constituyó una respuesta real a las recomendaciones de la Conferencia de Costa Rica en
  4. Finalmente la mayoría de los Estados latinoamericanos de origen democrático, —no
    integran ASIN las dictaduras de la región— se dieron cuenta de la necesidad de
    implementar un instrumento alternativo e integrador de información y comunicación entre los
    correspondientes organismos nacionales, llenando el vacío en un campo de inalienable
    competencia y responsabilidad de los Estados. A más de dos años de funcionamiento,
    ASIN, utilizando la infraestructura de la agencia alternativa Inter Press Service (IPS)
    continúa intercambiando diariamente entre los 13 países del sistema informaciones con un
    flujo superior a las 16.000 palabras diarias.
  5. Creación en la ciudad de Panamá en mayo de 1981, del Comité de Acción del Sistema
    Económico Latinoamericano (SELA) destinado a poner en marcha la Agencia
    Latinoamericana de Servicios Especiales de Información (ALASEI). Después de una
    paciente y pionera labor y tras largos años de debate, los partidarios de un nuevo orden
    informativo obtienen en América Latina, con la creación de ALASEI un significativo avance.
    La agencia abastecerá, dentro y fuera de la región, la información equilibrada en forma de
    artículos especiales que abordarán la problemática regional desatendida por las grandes
    agencias transnacionales.
    De la mera enumeración de la multitud de acciones tendientes a modificar en América
    Latina un sistema de comunicación que nos es ajeno, se desprende que la última década ha
    logrado superar la etapa de las elucubraciones idealistas, obteniendo la concientización de

importantes masas de opinión, ganándose un espacio propio a pesar de todas las trabas
impuestas.
La eclosión participativa que acompañó a todos los eventos reseñados en el ámbito de una
virtual reforma de la comunicación latinoamericana, rescató además el análisis del problema
comunicacional de la aparente característica elitista y académica con que solía ser
presentado hasta no hace mucho tiempo. Las recomendaciones de los Congresos y los
encuentros Académicos fueron esta vez acompañados con nuevos instrumentos alternativos
como ASIN y ALASEI y con experiencias de comunicación alternativa de indudable valor de
cambio, como la prensa «enana» del Brasil, las experiencias chilenas, la prensa de masas en
el Uruguay de Pacheco Areco, el modelo peruano entre otros.
Ante esta contraofensiva en todos los planos la estructura transnacional de la comunicación
y su más poderoso exponente, los EE. UU., han reaccionado con inteligencia.
En lugar de las inflexibles posiciones del pasado, EE.UU. ha aceptado negociar. Pero una
negociación que implique desideologizar el proceso y trate de rescatar mediante criterios
«pragmáticos» a los aliados que aún poseen en el campo latinoamericano. El juego
norteamericano tiende a ganar tiempo y señalar que el problema es sólo tecnológico,
ofreciendo facilitar renovadas tecnologías a nuestro continente. En el fondo lo que ofrecen
es una mayor dependencia tecnológica y financiera.
De la política de la inflexibilidad que en este ámbito comunicacional los aisló de la
comunidad internacional, el imperio comienza a adoptar estrategias menos comprimidas.
El informe de Kroloff y Cohen presentado al senado norteamericano así lo demuestra: «nos
guste o no, habrá un nuevo orden mundial de las informaciones». Y a partir de allí EE.UU.
en lugar de continuar su terca oposición, pasó a intentar definir los cambios según sus
propios intereses.
Ante una reunión de hombres de negocios norteamericanos realizada en Detroit el año
pasado, la coordinadora de las políticas de EE.UU. ante la UNESCO, Sarah Goddard Power
aclaró por si cabían dudas: «No son los intereses de ninguna noción abstracta de «noblesse
oblige» los que nos obligan a definir las formas de la revolución comunicacional, sino las
necesidades de nuestro propio bienestar nacional.
Como bien explica la investigadora chilena, Raquel Salinas, esas necesidades son
inmensas: «En EE.UU. el sector comunicacional emplea el 50 por ciento de la fuerza de
trabajo y responde por el 46 por ciento del producto nacional bruto; en 1975 la industria
norteamericana de la información produjo 75 Billones de dólares por concepto de ventas al
extranjero».

Cualquier cambio de las relaciones en el mercado internacional de la información producirá
graves consecuencias para la economía norteamericana, cuya industria comunicacional
ocupa el segundo lugar entre las industrias de exportación de EE.UU.
La propia Goddard Power lo afirmó sin rubor: «todos tenemos algo que arriesgar en esta
revolución comunicacional y la calidad de nuestra respuesta determinará por mucho tiempo,
el futuro de nuestras fortunas nacionales y personales».
Ante tamaño peligro el imperio ofrece apoyo tecnológico y financiero. El nuevo giro «entrista»
de la política norteamericana en materia de comunicaciones constituye, quizás, el más
formidable peligro intentado en la última década para dividir el frente latinoamericano de
carácter independentista.
La tentación es grande para muchos y el juego aún no está decidido.
Consideramos vital para el futuro del nuevo orden informativo que la propuesta imperial sea
rechazada.
Lo que América Latina necesita primero es definir políticas de comunicación, para después
crear los mecanismos adecuados de cooperación regional.
La clave de la lucha contra la dependencia informativa es la cooperación horizontal. De la
dependencia sólo saldremos con nuestro propio esfuerzo.
Y EE.UU. jamás financiará la cooperación horizontal ni a los mecanismos de cooperación
multilateral. Su propuesta implica aumentar la dependencia tecnológica y financiera y
beneficiarse con las necesidades ajenas, consolidando su hegemonía en el mercado
internacional de la comunicación.
La industrialización prestada hoy es el gran peligro.
Hasta el Chasse Manhattan Bank sostuvo públicamente la necesidad de promover la
industria de la comunicación en América Latina, siempre y cuando las claves de
almacenamiento y el procesamiento de la información sigan en manos de la estructura
transnacional.
Una vez más la fórmula es la misma. Para terminar con la dependencia, las naciones
latinoamericanas si actúan aisladamente, la consolidarán aún más. Unidas podrán
derrotarla. Ninguna de nuestras naciones puede por sí sola, desarrollar la industria de las
comunicaciones porque carece de mercado, tecnología, capital y know-how.
Unidos y desarrollando la cooperación horizontal y multilateral la correlación de fuerzas
variará cualitativamente.
En esta dirección deberán orientarse los próximos pasos estratégicos de América Latina.

En la reunión que en noviembre próximo tendrá lugar en México en torno al futuro del
Programa Internacional para el Desarrollo de las Comunicaciones aprobado en Belgrado por
la UNESCO, ambos campos medirán fuerzas.
Quizás allí se decida el futuro de nuestra dependencia informativa.
Si sabemos negarnos con gallardía a la oferta tecnológica atada y nos disponemos a
construir con ingeniería adecuada las bases de una fecunda cooperación horizontal inter
pares, habremos sembrado la mejor semilla de la independencia informativa y cultural de
nuestros pueblos.

*Por el Dr. Federico Fasano Mertens

  • Ex-Director de diarios y semanarios.
  • Director General de Planeación de Comunicación Social de la Presidencia de la República
    de México. k Miembro del Consejo Directivo de la Federación Latinoamericana de
    Periodistas (FELAP).
  • Consultor de UNESCO en materia de comunicación social.
  • Consultor de ILET (Instituto Latinoamericano de Estudios Transnacionales).
¡Comparte en tus redes sociales!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *