LA CRISIS DEL SISTEMA

En el medio de la desestabilización vertiginosa del sistema colombiano, agudizada por el
fracaso de una torpe Ley de Amnistía y la no aceptación de la fórmula de paz del M-19, el
régimen tampoco sabe cómo combatir a un nuevo e incómodo invitado: la crisis económica.
En ese campo se han generado profundas modificaciones que trastocan la época de
bonanza de los últimos años, cuando el auge de los precios cafetaleros y las exportaciones
de narcóticos hacia Estados Unidos significaban un considerable ingreso de divisas.
Actualmente la política proteccionista de los países industrializados, el control de Estados
Unidos en el contrabando de drogas y las importaciones masivas que inundaron el país, han
llevado a un buen número de industrias a una situación insostenible. Simultáneamente, el
gobierno de Julio César Turbay Ayala -probablemente asombrado por el crecimiento de los
ingresos nacionales-, aumentó los gastos públicos y hoy se encuentra con una poderosa
burocracia a la que hay que dar de comer.
Entre diciembre de 1978 y fines del 80, la deuda externa se duplicó y hoy alcanza la suma
de dos mil cien millones de dólares, cifra que si bien es baja comparativamente con otras
naciones de América Latina, se encuentra no obstante en sostenido crecimiento. Esto ha
provocado una seria polémica entre Turbay y los sectores empresarios, quienes sostienen
que la política oficial es equivocada y es necesaria una inmediata rectificación. Unos 700 mil
trabajadores que constituyen el 9.2 por ciento de la población económicamente activa está
desocupada y todo indica que podría incrementarse.
Molesto por la crisis económica y por el fracaso de la Ley de Amnistía, en la que había
puesto desmesuradas esperanzas, y atacado por los industriales, el gobierno de Turbay ha
apelado a un recurso muy utilizado en el continente: el anticomunismo irracional.
Particularmente en su política exterior, Colombia se ha convertido en la punta de lanza de la
agresión contra la democracia nicaragüense, los revolucionarios salvadoreños y la república
socialista de Cuba. Con ese propósito, y también para distraer su agitado frente interno,
Turbay concretó una reunión con todos los embajadores colombianos en países de
Centroamérica y el Caribe. En ese cónclave se arribó a la conclusión de que la Unión
Soviética y Cuba son los principales responsables de todos los males en la región del mare
nostrum imperial.
La maniobra de Turbay se realiza con el beneplácito de Ronald Reagan, quien está
intentando crear un polo de poder que incluya a Colombia y Venezuela. El problema que
enfrenta Estados Unidos es que esos dos países tienen tensiones entre sí debido a sus
conflictos fronterizos y eso ha contribuido a retrasar sus planes en la región. Con la
democracia cristiana en el gobierno venezolano apoyando a sus similares en El Salvador, y
con Turbay como hombre leal a la política imperial, Reagan confía en crear un centro
favorable a sus propósitos de intervención en Centroamérica.
Y si bien hasta el momento no ha sido posible construir el eje Colombia-Venezuela, el
hecho es que Turbay se adelanta con sus consignas antisocialistas y se propone irrumpir
con fuerza en el Caribe. Y como necesita una excusa, ha comenzado a buscarla. Por lo
pronto, afirmó que Cuba proporcionaba armas a los guerrilleros colombianos a través de
Panamá para afirmar luego que si Edén Pastora entraba en Colombia “sabrían recibirlo

como corresponde”. No dudó además en endilgarle una parte de la culpa al ex ministro
progresista de Jamaica, Michael Manley. Todas estas declaraciones encendidas e insólitas,
responden a un mismo propósito: convertirse en el país aliado que Estados Unidos necesita
para su intervención en Centroamérica. Y también, sin duda, apaciguar con presuntos
fantasmas externos al agudo conflicto económico y social que sufre dentro de sus propias
fronteras.

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