Partió en la nave que nunca ha de retornar, ligero de equipaje, como siempre vivió, el guerrillero presidente, José Mujica Cordano, pulmón intelectual de los humildes, el último caudillo del terruño uruguayo, el filósofo del pueblo que logró cimentar la política con el sentido de la vida humana. .
Recuerdo las últimas palabras de Beethoven en su lecho de muerte, que tan bien calzan en el Pepe: “Aplaudite amice, comedia finite est”. Que yo adecuaría a la realidad uruguaya: “Aplaudite amice, il mio compito finite est”. Y vaya la tarea (compito) que cargó sobre sus hombros, tarea que ha dado la vuelta al mundo desde aquella vez que en las Naciones Unidas asombró con su Sermón de la vida, desmontando el engranaje de la Muerte.
José Martí, héroe, mártir, filósofo y poeta de la épica isla antillana, la Cuba rebelde, lo dijo mejor que yo: “La Muerte no es verdad cuando se ha cumplido la obra de la vida”.
Su muerte, entonces, no será verdad, porque cumplida está la obra de su vida.
Todo lo que ha hecho por este país, por la Patria Grande, por la izquierda uruguaya, por la felicidad de los infelices, que fue la gran querella de su existencia, es de esas deudas impagables.
En los peores momentos de mi peripecia vital, cuando el adversario histórico buscaba por todos los medios la sepultura del diario La República, de las dos radios y las dos señales de televisión del Multimedio Plural, siempre estuvo presente, con su potente defensa solidaria, sin medir costos, desenvainando su verbo trepidante, con la intensidad de su elocuencia plebeya de intelectual granjero, abriéndome una brecha para eludir el asedio. Nunca me olvidaré de su apoyo en las buenas y en las malas.
Ahora que yo también estoy ingresando en la última etapa de mi vida, con mi imprevista ceguera a cuestas, es cuando uno mira para atrás y más valora la amistad y la solidaridad recibida por seres humanos como Mujica, que te entregan racimos asombrosos de amistad, compañerismo, acuerdos, pero también disensos como debe ser, alegrías y dolores cargados de semillas que siempre florecen. Me siento feliz y orgulloso al recordar las vueltas y revueltas de la vida que nos encontraron juntos, en el éxito y en la adversidad.
Mi admiración no puede ocultar las veces en que fraternalmente disentíamos, como cuando afirmó que la mejor ley de prensa es la que no existe, o cuando perdonó con generosidad extrema a sus miserables verdugos, achicando el “ni olvido ni perdón” dejando solo el “ni olvido”, perdonando sin exigir un acto de contrición público y auténtico, o cuando su bonhomía o ingenuidad le impidió concretar el sueño que compartíamos de dotar a la izquierda uruguaya de un potente canal de televisión alternativo que compitiera con el infame monopolio audiovisual, sin percibir el engaño de los perros del hortelano…, con sus mezquindades a cuestas. Sin tampoco olvidarme del disenso, cuando discutimos sobre el discurso que iba a dar en México sobre comunicación social, advirtiéndole sobre las falacias de la SIP, que no era una organización de periodistas, como él creía, sino de empresarios del periodismo, columna vertebral de la propiedad privada de la información, de la cual no cedían a la sociedad, ni un ápice.
Todos los encontronazos que tuvimos fueron superados con creces por el ejercicio del arte del encuentro al que siempre apelaba. En eso siempre fue hegeliano, le importaba más la síntesis que la tesis y la antítesis y en la síntesis siempre coincidíamos.
Ayudó mucho el que yo supiera distinguir entre el personaje y el ser humano.
Su pedagogía volcada sin flexibilidad alguna, a decir lo que se piensa, como el filosófico “así como te digo una cosa te digo la otra”, o que “ a veces hay que abrazarse a una culebra para obtener el avance del bien común”, le propinó golpes que eran evitables.
Decir siempre lo que se piensa es de valientes, pero esa conducta lo llevó a veces a caer en la emboscada de la inoportunidad. Me acuerdo cuando vistiendo las prendas de antropólogo del pueblo y huésped privilegiado de los desposeídos, lanzó la idea de la nueva felicidad citando el ejemplo de los pobladores de Kalahari que vivían sin ganar el pan con el sudor de su frente.
De inmediato sonaron las campanas de los santuarios hipócritas de lo políticamente correcto.
Y también me acuerdo que a pesar de creer que la sociedad uruguaya no estaba preparada para tamaña propuesta, escribí una columna en su defensa, explicando que Aristóteles ya había dado pistas al respecto al afirmar que “cuando los telares tejan solos, el hombre será libre”.
Fue un expedicionario de la vida. Una vida de ribetes épicos y humanistas que lo ubicaron en el campo magnético de las leyendas, sin proponérselo, porque, me consta, nunca trabajó para el epitafio.
Recorrió el impensable camino desde las catacumbas del horror a los palacios del Estado, con la coherencia hecha carne y la humildad hecha acción. Siempre sostuvo que la política no es marketing sino servicio. Los líderes se construyen con estrategia, el construyó su liderazgo legendario convirtiendo sus estrategias en pura autenticidad.
Yo creo que se despidió muy feliz de la vida que construyó en 9 décadas imborrables. Contradijo a Kant en “La crítica del juicio” cuando sostenía “la incapacidad del ser humano de ser feliz”. Yo lo vi feliz viviendo en ese rancho de 30 m2 y sentí envidia de la sabiduría de su elección: no solo ser el paladín de los humildes, sino vivir como lo hacen ellos. No todos tenemos ese coraje.
La Muerte, no llega con la vejez sino con el olvido.
Y si algo no le pasará a Mujica, es el olvido.
Le guste o le disguste, ya está sembrado en la historia.
Su voz se apagó, pero su eco seguirá vibrando en la penillanura en la que dejó su vida.
Adiós y gracias, muchas gracias, inolvidable viejo gruñón, alquimista de la palabra sencilla y campera, capaz de transformar el verbo en un himno sobre la libertad humana.
