Ante la guerra microbiana: El narcisismo o la gloria


Por Federico Fasano Mertens


Seguimos teniendo millares de infectados todos los días y no conseguimos bajar el medio centenar
de muertos diarios.
A esta altura de la pandemia, ya nadie puede dudar que la libertad responsable fundada por
nuestro presidente el 13 de marzo de 2020 se hizo trizas.
Hoy no solo ocupamos el primer lugar de infectados en el mundo, sino que ascendimos al tercer
lugar del planeta tierra, en muertos por millón de habitantes, solo detrás de Hungría y Bosnia-
Herzegovina, en un ranking de 198 países representados en la Organización Mundial de Naciones
Unidas.


Si la primera ola microbiana fue controlada en nuestro país, no fue mérito de la “libertad
responsable”, sino de una combinación de factores entre los que destacaron el temor a lo
desconocido, el cierre de fronteras, nuestra pequeña densidad demográfica y el fortalecido
sistema sanitario legado por la izquierda uruguaya.


Mientras esos factores asombraban al mundo por la insignificancia de infectados y muertos en
Uruguay, el presidente dejó de hablar de libertad responsable.
Volvió a apelar a los dos vocablos que conllevan un antónimo en su seno cuando la anunciada ola
llegó a nuestras costas y tuvo que optar entre aplicar como estadista las restricciones obligadas o
apelar al laissez faire laissez passer, lavarse las manos y dejar el navío al garete, bajo el falso
slogan de libertad responsable.


Al agregarle el aditivo “responsable” a la palabra mágica “libertad”, nuestro presidente cometió un
burdo oximoron, una real contradicción porque la libertad sin el límite de la responsabilidad es
una entelequia, no existe. La libertad es sinónimo de derechos, pero no hay derechos sin
obligaciones. El viejo y arañado apotegma, “tu libertad termina donde empieza la libertad de los
demás” fue olímpicamente ignorado por nuestro mandatario, erigiendo a la libertad como la gran
excusa para mirar al costado de la vida. Y también al de la muerte.

Pero lo peor no es el oximoron sino el significado que le dio al vocablo responsable: “esa libertad
es responsabilidad de ustedes, el Estado no la va a controlar”. Ni Proudhon, ni Bakunin ni
Kropotkin se hubieran imaginado tamaño anarquísmo liderado por un presidente admirador
entusiasta de la derecha universal.


Nuestro prescindente presidente Luis Lacalle Pou, parece empeñado en superar a los narodnikys,
arrojando el Estado al basurero de la historia, ubicándolo en el Museo de la Antigüedad junto a la
rueca y el hacha de bronce.

Se olvidó sin embargo que esa es la última etapa de la emancipación, antes hay que pasar por la
sociedad de ciudadanos iguales en la que nunca creyó. Todavía está a tiempo de devolverle al
Estado su incumplido rol de escudo de los débiles. He ahí su hercúlea tarea, más difícil que limpiar
los establos de Augías. ¿Se animará?.


De ello depende que se transforme en el estadista, que empuñó en la tormenta perfecta el timón
de la República, arriesgando acciones dolorosas ajenas a toda demagogia, dictando y dirigiendo
todos los días los partes de guerra, o simplemente se convierta en una brizna de la historia sin
recuerdo ni memoria.

Aun está a tiempo. Entre el narcisismo y la gloria no puede dudar ni un instante.

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