Legnani: un blando de hierro

Se nos fue, quizás el último de los periodistas bohemios, de aquella vieja estirpe que no vuelve, con el cigarrillo en la boca, la grapa en la mano y el fuego sagrado de la noticia, escondido en las entrañas de la vida. Murió Raul Legnani, más conocido como el Chancho, seudónimo paradójico, que contrariaba su vocación de Lince, de mirada lunga, más allá de la epidermis de los hechos, buceando en el corazón de las sucesos.

Murió el periodista, pero también murió el militante político, el compañero de mil batallas en la lucha por un mundo mejor, sin explotadores ni explotados.
No se creyó la leyenda del periodismo objetivo, del profesionalismo neutral. Desde el vamos tomó partido por la causa de los perdedores, de los desheredados, de los sin voz. Y siempre tuvo claro de qué lado de la frontera se alojaba su compromiso. Usando al periodismo como un medio para cambiar las cosas, no como un fin en sí mismo. Instrumento que nunca abandonó: vivía atado a la máquina de escribir primero, a la computadora después, con una pasión adictiva, que lo convertía en un molino incesante que echaba contranoticias al mundo para intentar vanamente frenar la ola manipuladora del poder mediático.

Fue huésped de las grandes batallas libradas por el diario La República contra el orden informativo establecido por el pensamiento único diseñado por un poder mediático omnipresente, que aun hoy se mantiene erguido, desafiando la guillotina de las urnas.

Lo conocí en las tierras generosas del exilio mexicano. Militábamos del mismo lado de la trinchera, aunque no dormíamos en las mismas tiendas. El, soldado de las huestes de Arismendi y sus compañeros, incondicional  del entrañable Colorado Echave, hombre clave del exilio uruguayo en México. Yo, empeñado, desde la presidencia de la República mexicana, en la formación del Frente Grande sin exclusiones para derrotar a la dictadura. La misma estrategia, dos tácticas distintas.
Fueron muchos los encontronazos con el Chancho. No era un hombre de decires diplomáticos. Tosco, huraño, gritón, por momentos pendenciero, pero lo traicionaba su ternura y cuando ésta irrumpía, se desarmaba como un niño, sin por eso ceder un ápice en sus ideas. Era un blando de hierro.

Leal como pocos a sus convicciones, pero también leal a la amistad, virtud que cultivó, con códigos de acero. Viviendo la solidaridad como el más noble de los impulsos del ser humano. Expedicionario de la polis, transitó por los diferentes caminos de la utopía emancipadora, pero siempre por la vereda de la izquierda, sin cruzar nunca la calle, sin abandonar nunca el marxismo, sea en su etapa socialista, como en su experiencia comunista y en los últimos tiempos, ni en uno ni en otro bastión, unido, eso sí, simbióticamente, con el Frente Amplio, al que dedicó lo mejor de su energía, hasta el último aliento. Siempre sumando consensos y restando diferencias.
No  era un teórico. Desbordaba pragmatismo. Y huía despavorido ante los debates bizantinos de si eran galgos o podencos.

Al colapsar la tiranía, retornamos al único país que la derrotó mediante un plebiscito, y allí nuestras tácticas no tuvieron diferencias y nuestra estrategia se llamó el diario plural.
Al fundar La República no dudé un instante en convocarlo a las filas republicanas, donde pudo dedicarse a transformar en realidad el manojo de utopías que portaba desde hacía mucho tiempo en las alforjas de su vida.

Cuando La República pasó a ser la nave capitana del Multimedio Plural y adquirí CX 30  Radio Nacional y posteriormente el canal Señal 1 de Televisión y luego la 1410 y TV Libre, se volcó de lleno a militar en el primer multimedio que tuvo la izquierda uruguaya desde sus orígenes.
Siempre estaba atento a los huecos que dejaba el sistema de dominación mediático.

Una anécdota, que hoy exhumo por primera vez, es que Raul fue el factor decisivo para que pudiéramos arrebatarle al poder mediático hegemónico, una de sus preciadas perlas: la CX 44, otrora la Panamericana, adquirida por los tupamaros y expropiada ilícitamente por el presidente Luis Alberto Lacalle, quien 35 días antes de expirar su mandato presidencial, se la adjudicó sin rubor a uno de sus amigos políticos, Nelson Marroco.

El Chancho, con ojo de Lince, investigó la situación de CX 44 en manos lacallistas y me entregó un pormenorizado informe, sobre la crisis económica que le impedía a esa emisora funcionar. Me propuso adquirirla. Todos sabíamos que yo estaba vetado por el gobierno conservador para adquirir una radio, de la frecuencia que fuera. Si Marroco se enteraba que era yo el ofertante me usaría para exigirle a Lacalle los fondos necesarios para impedir que Fasano sumara un medio más a su escuadra informativa. Y la operación habría abortado.

Legnani se ofreció a llevar a cabo personalmente la reservada gestión, ocultar mi presencia, y afirmar que los capitales requeridos por el militante blanco pertenecían a intereses argentinos. A las pocas horas de firmado el acuerdo, recuperándose así para la izquierda uruguaya la radio expropiada por Lacalle a los tupamaros, informé en plena tapa de La República, el reingreso a la izquierda nacional de una emisora que nunca debió salir del campo popular.

Lacalle, según le contó Marroco a Legnani, estalló de furia y el vendedor le juró una y otra vez que desconocía quién era el comprador. Lo que era verdad. Lo cierto es que sin el Chancho y su ojo de Lince, la CX44 todavía seguiría en manos de la derecha política de nuestro país.
Hoy rindo homenaje a ese aporte desconocido del querido Raul, quién jamás se dio dique por su hazaña.

Transformamos la CX44 en la 1410, designé como director a mi hermano Carlos, quien ya había trabajado codo a codo con Raul en México en la conformación de Pressur y la Convergencia Democrática, trasladé a Legnani a la radio para dirigir los informativos, trajimos a Sonia Breccia, a Buscaglia, a  Leo Masliah, a Juceca, a Figares, a Alejandra Casablanca, a Alberto Silva, a Horacio Rubino, a Luis Grene, y poco tiempo después a la gente de Mundo Cañón, a la de Sabuesos, a Victor Hugo Morales, a Jorge da Silveira, a Jorge Lanata , a Julio Ríos y a tantos otros que pronto nos permitieron pasar del penúltimo sitial a los tres primeros lugares de las radios periodísticas del dial. Y en toda esa peripecia, Legnani estuvo en la vanguardia de los esfuerzos cumplidos.

Que se sepa:  Legnani, tanto en sus acciones secretas como en sus gestiones públicas,  fue un imprescindible en la conformación del primer Multimedio en la historia de la izquierda uruguaya.

Maestro diplomado, sin abandonar el fuego sagrado del periodismo, dictó clases de política en las aulas del Bar Las Flores y el Bar Valerio. Animador principal del Club del Tobi, estaba convencido que la filosofía del estaño servía mucho más a los intereses de la izquierda uruguaya que las discusiones bizantinas encerradas en los aburridos cenáculos de los elegidos. Unía con su desprejuiciada práctica lo lúdico con lo político y de esa manera acercó a mucha gente a las filas de la izquierda. Y no fueron pocas las ideas novedosas que parieron en esas aulas de la vida.

Alcanzados ya los 67 años, su cuerpo no daba más. Decidió construir una respuesta de vida a un engranaje de muerte. Le propusieron jubilarse. Su respuesta era esperada: “jamás; trabajaré hasta el último aliento, moriré militando, no me jubilaré”.

El Chancho no se jubiló, sigue militando.

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1 comentario sobre «Legnani: un blando de hierro»

  1. Carlos Curbelo dice:

    Muy linda despedida Federico de tu amigo, como siempre estupendamente escrita y sentida. Hago propicio para desearte junto a Sonia y familia, mis mejores deseos en estas fechas de celebración y recuerdo, Carlos

    Responder

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