En la última “Cosa Vostra” analicé la traumática encrucijada electoral de la izquierda, embretada en una bicefalia rodeada de incógnitas y me comprometí a desarrollar en esta contratapa, la legitimidad, constitucionalidad y oportunidad política de una lista única al Senado del Frente Amplio, encabezada por el presidente de la República, que se niega con alma de estadista, para no abrir las compuertas de los demonios de la intolerancia, a una reelección que seguramente obtendría.
Sin embargo, la operación montada por sectores corporativos, aliados contranatura con los adversarios históricos de la izquierda, que contando con los aparatos mediáticos al servicio del statu quo, lanzaron en medios de prensa escritos, digitales, electrónicos y audiovisuales un rifirrafe de patas cortas, destinado a matrizar en la cabeza de la gente, que la directora de la televisión pública Sonia Breccia, había perdido la confianza del presidente Vázquez, me obligan a referirme a este ejemplo de singular estulticia.
Todo fue exactamente a la inversa. Sin matices. Lo negro era blanco, ni siquiera gris.
La mendicidad ética del aparato corleónico que montó el equívoco, alentado por un corporativismo sindical resentido, que utilizó a los medios de comunicación del establishment y a opositores aislados que se regocijaban por el desenlace, fueron derrotados más que por contundentes desmentidos, por la fuerza de los hechos y por la elocuencia de la realidad.
Sonia Breccia fue confirmada en el cargo, el Presidente le pidió que siguiera en la dirección hasta el fin de su mandato, apoyó su gestión y la invitó a integrar la comitiva oficial en el acto de asunción del presidente progresista paraguayo, Fernando Lugo, sepulturero del centenario predominio del Partido Colorado en las tierras mártires que enfrentaron a la genocida Triple Alianza.
Fue el mundo al revés. Mintieron y lo hicieron a sabiendas, con el objetivo de deteriorar una imagen y un proyecto.
No sabían los complotados, que la mentira como orden político de pensar y actuar, entró en crisis en el Uruguay progresista de hoy. Y ya no rinde los frutos de antaño.
Fue un ataque por encargo, vestido de independencia.
Sin embargo la cobertura de la maledicencia fue tan mala, tan incompleta y tan insultante para la inteligencia de sus lectores, que debemos preguntarnos si contó o no con el aval de los responsables de las instituciones involucradas.
La maledicencia, miseria de la palabra, merecería una norma legal para aislarla del cuerpo social.
En la Grecia antigua había una ley llamada “kakegoria” que permitía llevar a los tribunales a los autores de la maledicencia y el gran Demóstenes la usó contra un barbián que se burlaba de los trabajos de su madre en el mercado, diciendo que esa burla era una forma muy miserable del enanismo humano.
El envilecimiento de la función periodística quedó tan de manifiesto en esta oportunidad, que ni siquiera ante la contundencia de los hechos, en lugar de pedir excusas, huyeron de sus páginas despavoridos y no hablaron más del tema.
Mucha razón tenía La Rochefoucauld cuando sermoneaba que “el ridículo deshonra más que el deshonor”.
Esta inequidad ética nos mueve a dos reflexiones.
Una tiene que ver con la mentira organizada, y a ella ya nos hemos referido y realmente ya nada me sorprende de lo que es humano, ni siquiera de estos aprendices de brujo, que tienen que tomar mucho colet político, porque todavía poseen actitudes de lactantes, antes de pergeñar conjuras de opinión pública sin razón ni destino.
No estoy sorprendido. Los versos de Terencio que leía en mi juventud con devoción en Filosofía del Derecho, “homo sum humani nihil a me alienum puto” (hombre soy y nada de lo que es humano me es extraño), me siguen acompañando en las buenas y en las malas.
La otra reflexión tiene que ver con el origen de este conflicto que culminó con la dimisión de Sonia Breccia, y el pedido del presidente Vázquez de que continúe hasta el final de su mandato, para desasosiego de la mafiocracia que sabotea los proyectos de la izquierda.
Debo precisar, antes de continuar escribiendo, que ignoro si se trata de mafiocracia o de cleptocracia, ya que la primera es consciente y la segunda es inconsciente porque es una enfermedad. Y últimamente me estoy inclinando por la segunda opción.
El conflicto, como la mayoría de los conflictos y trabas que ha enfrentado el gobierno progresista es de origen sindical estatal.
Surge de las entrañas de un sistema perverso sostenido por una red de complicidades casi indestructible que protege intereses creados desdibujando la frontera entre la defensa del patrimonio público y el patrimonio de las corporaciones laborales.
El ejemplo de Canal 5 es uno de los innumerables ejemplos de la prepotencia corporativa que ha jaqueado a un gobierno que fue el que más ha protegido los intereses de los trabajadores.
La historia es conocida. Un sector de empleados públicos del canal estatal declara el conflicto al oponerse al artículo 10 de la Rendición de Cuentas que los obliga a capacitarse profesionalmente. La ausencia de razones y principios los conduce a la derrota en este punto. Preparan entonces una revancha aún más irracional.
La dirección del canal sufre un problema irresuelto de equidad y justicia, en torno a un grupo de funcionarios que llevan a cabo tareas imprescindibles, siendo remunerados por un honorario que no alcanza siquiera a la mitad de lo que dicta el escalafón y los laudos vigentes.
La dirección del canal apela entonces a una partida que le pertenece para adscripciones, y la destina para compensar parcialmente a los trabajadores sub remunerados, renunciando a la libre disponibilidad a que tiene derecho.
Es de destacar que, ninguno de los trabajadores sub remunerados a los que se iba a compensar parcialmente, había sido designado por la actual dirección del canal, sino por los diferentes gobiernos que la precedieron, blancos y colorados.
Sin medir preferencias partidarias, la dirección del canal destinó esa partida para superar casos de notorias injusticias laborales.
El sindicato ATTN, afiliado a COFE, que no integra a los periodistas y productores, en lugar de aplaudir la generosa decisión, exigió que esa partida menor fuera distribuida entre todo el personal del canal a razón de $390 por persona, dejando sin resolver la inequidad consumada frente a compañeros que percibían menos del 50% de lo que les correspondía.
La Dirección del canal se negó y ahí apareció la pústula corporativa que ignora que estamos construyendo un Uruguay cívico y solidario y no un Uruguay cínico y solitario.
Sin ningún respeto por sus conciudadanos, ocuparon por la fuerza la pantalla del único canal abierto de todos los uruguayos, obligando a que los televidentes sólo pudieran informarse por las ondas del monopolio de la televisión privada.
Fue un acto de piratería.
La dirección no cedió. Se trataba de principios esenciales en juego. Los Ministerios de Cultura y de Trabajo apoyaron totalmente la postura de la dirección del canal pero, finalmente, con el objetivo de recuperar la pantalla, aceptaron una fórmula transaccional que suspendía el plan de la dirección del canal de regularizar a aquellos trabajadores que cumplían funciones remuneradas muy por abajo del laudo del escalafón, con excepción de la mitad de los que ya habían sido notificados.
La dirección del canal no aceptó la fórmula y anunció que no sería obstáculo para la salida del conflicto y por lo tanto por razones de principio ponía su cargo a disposición, anunciando que no convalidaría con su firma el acuerdo transaccional. El resto es conocido. La renuncia le fue rechazada por el Presidente quien la felicitó por su gestión y le pidió que permaneciera en el cargo hasta el fin de su mandato.
Pero lo que no es conocido, son las causas de este sarampión antiprogresista surgido del seno de algunos s
indicatos públicos, contra el gobierno popular que más los ha alentado, ayudado y protegido desde la fundación del sindicalismo uruguayo.
Es cierto que no se trata de una ofensiva generalizada sino de ciertos sindicatos, algunos de gran porte, que han perdido la virginidad de la mirada sindical, renegando de sus viejos principios históricos comprometidos con la construcción de un poder popular.
Se olvidan que el Estado, hoy gobernado, después de 150 años, por un gobierno de los trabajadores, no aplica tasa de explotación alguna a los asalariados y no se apropia sino socializa la plus valía de la producción estatal.
Nos encontramos ante un fenómeno inexplicable de envejecimiento precoz de ciertas patrullas extraviadas del sindicalismo revolucionario, transformado en alguna de sus alas, en un sindicalismo prebendario, aliado a la derecha, ineficiente, aislado del pueblo y verdugo implacable del único gobierno que les tendió una mano, hoy llena de cicatrices, mordida con saña inexplicable.
No por ser minoritarios, el fenómeno político deja de ser preocupante.
Hoy la sociedad uruguaya clama por una reforma del Estado que rescate la vocación del funcionario público ejemplar, -que los hay y no son pocos- al servicio de la comunidad y de la gente, comprometido con la eficiencia y con sus propios hermanos.
Un funcionario público que sea querido y admirado por los ciudadanos y no denostado como ocurre en estos tiempos, donde no parecen haber entendido el rol de servicio que deben jugar en el Uruguay productivo y solidario.
Carlos Marx decía en aquellas épocas fermentales que “el trabajo es la recreación de uno mismo y es la creación humana por excelencia”.
¿Es tan difícil que un servidor público lo entienda?
Creo, con Martí, que los que no tienen el coraje de sacrificarse, deben tener al menos el valor de callarse ante quienes se sacrifican.