La destitución del general Gloodtdofsky, Brecha, Zabalza y LA REPUBLICA
Recién llegado de México y con ganas de reanudar mis “Cosa Vostra” interrumpidas el viernes último, por la invitación de las Universidades de ese país, me acercan el último ejemplar de Brecha donde en un recuadro sin firma se cuestiona mi actitud por haberle preguntado al general Gloodtdofsky si había amenazado al periodista de esta casa Roger Rodríguez, y haber publicado sus respuestas. En ese recuadro se afirma que mi conducta “hizo añicos la denuncia de Brecha sobre las amenazas de muerte del general Gloodtdofsky” que “quedó fulminantemente devaluada por el titular de LA REPUBLICA“, sugiriendo que protegí al militar “quizás por un cálculo político errado sobre el desenlace de la crisis promovida por los dichos de Gloodtdofsky”, afirmando, además, que le hice “un flaco favor” a mi periodista, para culminar sugiriendo que las declaraciones de Roger Rodríguez, dando por aceptadas las explicaciones del general y dejando cerrado el incidente, no pertenecen al reportero investigador de LA REPUBLICA.
Tamaña estulticia donde aparezco poco menos que como jilguero de los militares golpistas, la única de las acusaciones que aún no he recibido en mi larga peripecia vital, me decidieron a postergar otro viernes más mis reflexiones sobre la reforma de la comunicación democrática y referirme a esta maledicencia (miseria de la palabra) contra mi persona, ya que parece estar de moda en algunos profesionales de la prensa vomitar inclementemente ante la platea sobre todo lo que les parece.
El recuadro admonitorio complementa una nota sobre el mismo tema firmada por Samuel Blixen, por lo que deduzco que el recuadro tanto por su temática, su ubicación y su estilo corresponden a mi viejo compañero de tareas, de luchas y de ideales en BP Color. Por lo tanto a él me referiré en mi respuesta, la que derivo desde ya a su autor real en caso de no serlo el hipercrítico “Bambi” Blixen.
Blixen me conoce y ya debería saber que en todos los casos donde un periodista de esta casa fue denunciado o amenazado, saqué la cara por él y me hice responsable como corresponde a mi función de director. Y en algunos casos hasta estuve preso en lugar del periodista acusado, como es el caso de la denuncia contra el presidente paraguayo Wasmosy, y en otros acepté un duelo armado contra un jefe de policía, sustituyendo al periodista desafiado y en todos los episodios asumí comedida responsabilidad por hechos que no protagonicé.
En este incidente procedí de forma similar. Ante la presunta amenaza de un general de la Nación, seguramente golpista o simpatizante del golpe del 73, a un cronista de LA REPUBLICA, no vacilé un instante en llamar al alto oficial de caballería que intentaba intimidar a Roger Rodríguez. Y como corresponde publiqué su respuesta, la que trasladé al amenazado quien las consideró satisfactorias dejando cerrado el incidente.
¿Qué debía haber hecho según Blixen? Si el presunto amenazador afirma que jamás amenazó, que mantiene una respetuosa relación profesional con nuestro periodista y que está en estado de shock por la noticia, el objetivo de mi llamada estaba cumplido. Aunque Gloodtdofsky me hubiera mentido, su pronunciamiento público cumplía con el objetivo de mi llamada: proteger al periodista. El presunto amenazante si no cumplía con sus declaraciones públicas, se convertiría además de matón venido a menos en un embustero de marca mayor.
Sugerir mi colega que estuve encubriendo al general Gloodtdofsky es un golpe bajo que niega tanto la realidad de los hechos como mis entrañas antiuniformadas.
Cualquier cosa menos jilguero de los militares.
¿Puede acaso Blixen dudar un solo instante que jugué mi vida, mi libertad y mis bienes por enfrentar a los militares tanto en el Uruguay pre-golpista, como en la Argentina videlista y en el exilio mexicano y en todos los rincones del planeta que recorrí portando en mis alforjas el discurso y la acción contra los tiranos de uniforme?
¿No sabe acaso Blixen que fui el único periodista que fue homenajeado en mayo de 1973 por el Parlamento uruguayo por haber desbaratado con riesgo de mi vida el complot militar de diciembre de 1972 que contaba con el apoyo del renegado Amodio Pérez? ¿O acaso también ignora que los militares argentinos me condenaron a muerte por difundir la conversación que para salvar la vida de Michelini y Gutiérrez Ruiz mantuve con el golpista general Harguindeguy en Buenos Aires, en el apartamento de la Avenida Las Heras, del ex secretario de la Función Pública de Alfonsín, don Jorge Roulet.
¿O no tiene conocimiento de la nota de protesta del embajador uruguayo en México, coronel Jorge Rovira, por el discurso que en la plaza Artigas del Distrito Federal de ese país pronuncié contra la dictadura en nombre de todo el exilio uruguayo, violando las reglas del asilo ya que me desempeñaba como Director de Información de la Presidencia de la República mexicana?
¿O también ignora que el infame coronel golpista, Federico Silva Ledesma, presidente del feroz Tribunal Militar, que aún vive y algún día pagará sus crímenes, le dijo al responsable de Impresora Polo, Paolo de Savorgnani, que “el día que agarremos a Fasano lo colgaremos en un gancho y lo cortaremos en pedacitos”?
Habrá muchos, muchos ciudadanos que enfrentaron con altivez y sin miedo a los motineros uniformados que violaron su juramento y se apoderaron del Estado y la sociedad, pero yo también soy uno de ellos y quizás uno de los más odiados de la banda golpista por mi obsesión en perseguirlos en todos los sitios del exterior donde los encontrara y en los que mi función gubernamental en el exilio me condujera, así como en los medios de comunicación que fundé una vez instalada la recuperación democrática.
Sin embargo no practico un antimilitarismo vulgar, porque también fueron militares los que unidos espalda contra espalda con sus pueblos lucharon por nuestra primera e inconclusa independencia. La semilla de Artigas, San Martín, Bolívar, Santa Cruz y O’Higgins germinaron en otros militares comprometidos con sus pueblos, militares de la talla de Seregni, Velasco Alvarado, Juan Jacobo Arbens, Carlos Prestes, Francisco Caamaño Deno, Carlos Lamarca, Juan José Torres, Yon Sosa, Luis Augusto Turcio Lima, Carlos Prats, por mencionar sólo a los que hoy no están con nosotros.
No creo en el viejo aforismo antimilitarista que afirmaba que “el ejército es el partido que la Nación arma y paga contra sí misma”. El gran caudillo oriental concebía al Ejército como “el pueblo reunido y armado” y así lo forjó convirtiéndolo en fuerzas revolucionarias contra los explotadores y colonialistas de su época.
Sin embargo, estas Fuerzas Armadas uruguayas, las que asolaron nuestro país en 1973, traicionaron el artiguismo que las mandató y se convirtieron con una ferocidad jamás imaginada en perros guardianes del poder económico devastando a dentelladas a un pueblo inerme y desarmado.
Pese a la pesadilla militar y una vez castigados sus crímenes, sigo creyendo en el pronóstico formulado por el gran revolucionario alemán, Guillermo Liebknecht: “La revolución social no se hace contra el ejército, ni sin el ejército sino con el ejército”.
Pero no ser antimilitarista vulgar no me impidió enfrentarme a una institución armada golpista, de características patológicas, cuya maldad superó los umbrales de la cordura y que es aún tema de estudio por expertos en sicología criminológica.
Por lo tanto Blixen me ofende con su sospecha, que apenas apele a su honestidad intelectual no podrá seguir sosteniéndola.
Por otra parte, asignarme antojadizamente intenciones de desmentir y ningunear a Brecha al intentar proteger a un periodista amenazado, es despeñarse en el abismo de los “trastornos delirantes” estudiados en la siquiatría moderna con el nombre de paranoia. La tarea de persuadir a mis contendores es ardua porque el pensamiento paranoide, según el especialista González Duro, es rígido e incorregible y no tiene
en cuenta las razones contrarias, sólo recoge datos o signos que le confirmen el prejuicio, para convertirlo en convicción.
¿Qué le pasa al amigo Blixen, qué le pasa a cierta izquierda encaprichada en desenvainar sus oxidadas espadas contra quienes se sacrifican diariamente para que el histórico triunfo de 2004 pueda recorrer con éxito el difícil tránsito de los mitos a la historia?
Cada vez que escucho a un predicador pierdo la fe. Y estoy harto de estos predicadores de izquierda, petardistas de la vida, profetas del maniqueísmo, expertos en la intemperancia y en su siamesa la intolerancia, que siempre están con gesto declamatorio en la fila de los cobradores, nunca pagan una factura y se los ve siempre dispuestos a jurar que son los únicos puros.
Porque nunca dudé de la pureza de Samuel Blixen y Jorge Zabalza a quien el “Bambi” le presentó su polémico ensayo, legitimando uno de los horrores políticos más inexplicables surgidos de la mente de un revolucionario contra sus propios compañeros. Y que quede claro que no utilizo la palabra “traición”, vocablo que implica dolo e intencionalidad expresa. Más bien se trataría de un homicidio ultraintencional o culposo, pero no culpable o doloso. Creo que uno de los grandes males de la izquierda uruguaya son las vendettas miserables de unos contra otros. Y espero que ese libro no haya sido una de ellas. No se merece el Movimiento de Liberación Nacional, preñado de héroes y revolucionarios de la vida, semejante hurto de sus ropajes dejándolo desnudo ante sus enemigos que se deleitaron ante el inesperado strip tease político protagonizado por uno de sus legendarios dirigentes.
Como tampoco se merece este gobierno que terminó con 150 años de dominación conservadora y libra una batalla desigual ante fuerzas económicas y mediáticas superiores, los ataques permanentes de los Zabalza, los Blixen, y todos los perezosos que no creen que el Estado sea la casa de los consensos y siguen creyendo que se puede alcanzar la igualdad no a través del trabajo paciente del tejedor de utopías sino apelando al atajo histórico que se saltea etapas imponiendo el purismo ideológico sin persuadir al complejo entramado social que mayoritariamente en nuestro país no es revolucionario.
No es posible oponerse todo el tiempo a todo si no se posee una alternativa real y aplicable a lo que se critica.
Carecen de un proyecto viable de Nación y acusan al gobierno progresista de dejar el programa de cambios colgado de alfileres. ¿Y qué se les ocurre proponer?: Sacar los alfileres. La verdad es que son capaces de hacer chocar hasta una calesita. ¡Por Favor! *