Lunes 04 de noviembre de 2002
Escribe : Federico Fasano Mertens
Superando la náusea: la matanza del teatro moscovita, la huelga de Adeom y el nuevo evangelio imperial del renegado Anthony Charles Linton Blair
Aún resonando las fanfarrias de la inmensa victoria latinoamericana conducida por el tornero de la esperanza, Lula da Silva, en el Brasil de la novena economía mundial y de las grandes desigualdades sociales, tres hechos sobre la utopía humana, de muy diferente jerarquía, ocurridos durante la última semana me empujan a no permanecer callado. Me refiero a la matanza del teatro moscovita, a la huelga de Adeom y a las declaraciones de Massimo D’Alema sobre Tony Blair.
El asesinato en masa en el gran teatro de Moscú, de civiles inocentes, ordenado por el karateca Vladimir Putin, nieto del cocinero de Stalin y aliado del belicoso ayatolá Mr. George W. Bush, estremeció al mundo por su implacable crueldad.
Con Putin monitoreando el desenlace del acto terrorista checheno, la vida de los rehenes no valía ni un rublo devaluado.
El choque de dos terrorismos, el terrorismo checheno y el terrorismo de Estado no podía culminar más que de la manera que lo hizo. El gas venenoso terminó con los seres más débiles en una especie de darwinismo mortal, mientras todos los terroristas, mujeres y hombres paralizados por el gas, fueron ejecutados con un tiro en la nuca, por eso no sobrevivió ninguno. Y lo que más llama la atención es el silencio de las izquierdas políticas, incluida la nuestra, con escasas excepciones, ante esta matanza moderna que viene desde el fondo de la historia de la Rusia absolutista. El pueblo checheno, sojuzgado por los alemanes y por el propio Stalin que exigía su riqueza petrolera, casi inagotable en el codiciado Cáucaso, se equivocó en su acto desesperado. Ignoró que enfrente tenía a un implacable ex agente de la KGB que no iba a dudar un instante en anteponer las razones de Estado por sobre las vidas de centenares de inocentes.
Desde este rincón del sur sólo me resta gritar mi condena ante este acto digno de Iván el terrible y lamentar el silencio de quienes no debían callar.
El segundo episodio doloroso para nuestra izquierda fue la operación de demolición de las mejores tradiciones de lucha del sindicalismo uruguayo protagonizada por un grupo de fundamentalistas sin más armas que la violencia patotera. Lumpen proletarios que no aplicaron la violencia revolucionaria, partera de la historia, sino la fuerza bruta, verbal y física, de guapos envalentonados contra mujeres, ancianos y enfermos, amparados en el chantaje y la ventaja desigual que obtenían porque el adversario era nada menos que un gobierno de izquierda con sus manos atadas al no poder utilizar la violencia estatal legítima contra las pandillas brutalizadas.
En mis 43 años de periodismo nunca vi una huelga más impopular que la que lleva a cabo el sindicato de los municipales, otrora bastión de las mejores causas uruguayas. Una huelga que ya perdieron de antemano, sea cual fuere el resultado que obtengan. No se puede decretar una huelga sin antes persuadir a la sociedad que va a ser afectada, sin antes convencer al resto de los trabajadores. Una huelga como ésta, contra la izquierda, contra los objetivos estratégicos del movimiento obrero, contra toda la población del país, es una huelga cuyo destino es la autoinmolación. Ni siquiera fue una huelga inteligente. A ningún dirigente se le ocurrió organizar cuadrillas por fuera de la estructura comunal para levantar la basura de los barrios más carenciados, ganándose el respeto, por lo menos, de una parte de la población.
Si a ello le agregamos el condimento irracional de una huelga ofuscada, en guerra con las dos formas superiores de la racionalidad que son el diálogo y la tolerancia, y donde el radicalismo idealista, el que va a la raíz de las cosas, cede ante un ultrismo demencial que busca destruir las herramientas políticas de los propios trabajadores, nos instalamos inevitablemente en un escenario donde el homo sapiens es derrotado por el homo demens. No sabe aún Adeom las páginas terribles que acaba de escribir en la historia del sindicalismo combativo y en la épica de la izquierda nacional.
Confío aún en la energía moral y en el idealismo de aquel movimiento obrero que se jugó la vida en la huelga general contra la dictadura y que ofrendó a sus mejores hombres y mujeres en la lucha por la dignidad del trabajo, para que los ayatolás sean desalojados de la conducción de facto de este conflicto sin razón y sin fuerza ética.
La tercera reflexión que incluyo en esta columna tiene que ver con las declaraciones exclusivas que el dirigente de la izquierda italiana y ex primer ministro de ese país, Massimo D’Alema, realizara a nuestro diario en la edición de ayer domingo.
D’Alema en esa entrevista salió en defensa de Tony Blair, a mi modo de ver, protagonista de una de las más grandes estafas ideológicas y morales de la izquierda internacional.
En una reciente nota que publiqué en mi columna “La cosa vostra”, titulada “Lula: la cuarta vía del socialismo policlasista”, me referí al fogonero de la tercera vía histórica de la siguiente manera: “En este contexto, el fundador del PT, en andas de una política policlasista no se deja seducir ni por la tercera vía desertora del renegado Anthony Charles Linton Blair, ni por el ultrismo testimonial que al pretender cambiar todo, cambia nada”.
Me hubiera gustado haber estado con mis periodistas en el reportaje que le hicieron a D’Alema. Le hubiera recordado al dirigente de la izquierda italiana la hechura imperialista que contienen las ideas y los actos del “socialista” Tony Blair. Hechura sólo comparable, y no es una exageración, a los desplantes de la Dama de Hierro, la fundamentalista Margaret Thatcher. No se equivocaban mucho los periodistas británicos que calificaron a Blair como “la señora Thatcher vestida de hombre”.
Bueno es recordar a nuestros lectores las reflexiones de uno de los principales asesores de Tony Blair, el señor Robert Cooper, publicadas recientemente por “The London Observer”. Dijo el asesor de Tony Blair: “Europa debe acostumbrarse a aplicar dos pesos y dos medidas. Entre nosotros debemos actuar de acuerdo con las leyes y en el marco de un sistema de seguridad abierto y cooperativo. Pero, por otra parte, cuando se trata de Estados situados fuera del continente posmoderno europeo, debemos volver a utilizar los métodos más duros de una era precedente: la fuerza, el ataque preventivo, el engaño, en una palabra, todo lo necesario para actuar contra aquellos que siguen viviendo inmersos en la guerra de todos contra todos, propia del siglo XIX. Entre nosotros respetamos la ley, pero cuando actuamos en la jungla, debemos utilizar la ley de la jungla, donde el caos es la norma y la guerra una manera de ser. Aunque en Europa las palabras Imperio e Imperialismo se han convertido en términos de infamia, la oportunidad e incluso la necesidad de la colonización siguen siendo tan importantes como en el siglo XIX. Lo que hoy necesitamos es una nueva forma de imperialismo, aceptable desde el punto de vista de los derechos humanos y de los valores cosmopolitas. Un imperialismo que como todo imperialismo tiene como objetivo imponer el orden y la organización.
Al igual que Roma, Occidente transmitirá a los ciudadanos del imperio algunas de sus leyes, les proporcionará un poco de dinero y construirá algunas carreteras”.
Hasta aquí el evangelio de la tercera vía socialista del asesor de Tony Blair.
Lo transcribí textualmente para que nuestros lectores se espanten ante estos desertores del laborismo inglés en los que los trabajadores británicos confiaron, para derrotar a los tories y a los thatcherianos protectores de Pinochet.
Le enviaré este texto a Massimo D’Alema y prometo publicar íntegramente su respuesta ante estas Tablas de la nueva Ley imperial que predica, también con el ejemplo, su amigo, el renegado Blair. Si logra superar la náusea, claro está. *