El escalofrío y la náusea

«El odio es santo» escribía un occidental lúcido, Emile Zola, indignado ante las injusticias del
caso Dreyfus, desnudadas en su memorable «J’accuse”. “Nada grande se ha hecho sin odio”
ponía en boca de Hegel, el filósofo Regis Debray.
Yo me animaría a decir que “el odio es estúpido» a juzgar por la guerra que a las 12.39 horas
de ayer lanzó la potencia más formidable de todos los tiempos contra el país más pobre del
planeta gobernado por un grupo de intolerantes enamorados de la muerte.
La arrogancia imperial cree que todo se resuelve a cañonazos o misilazos.
No tiene aún conciencia de lo que le espera a la vuelta del camino.
No sabe aún las fuerzas del odio religioso que desatará en su contra.
Al señor Bush, famoso por su aburrimiento ante la lectura, le vendría bien repasar la historia
universal, exhibiendo a los orgullosos cruzados: templarios al partir, mendigos al regresar.
Vietnam fue otra cruzada plena de enseñanzas y el Vietnam ruso revivido en el Afganistán del
89 también lo fue.
No sea que esta cruzada (temible vocablo que tanto Bush como el hijo de Laden han
irresponsablemente utilizado), la novena tras 731 años de la octava cruzada de Luis IX, revele
que el mandatario norteamericano no es el Federico Barbarroja que pretende ser y que Osama,
si puede ser un reencarnado Saladino. Los fantasmas de las sangrientas cruzadas convocadas
por el Papa Urbano II al grito de «Dios lo quiere”, recorren hoy un mundo inteligente que acaba
de descifrar el genoma humano. Inquietantes paradojas de la historia.
El señor Bush debiera leer aunque sea un poquito a ese gran «vidente» que fue André Malraux:
“El siglo XXI será religioso o no será nada”.
El discurso del amo y el esclavo termina casi siempre con la ferocidad del esclavo que ya nada
tiene que perder. Desde Espartaco hasta nuestros días así se escribió la historia. Pero ahora
es peor. Espartaco no era religioso y su laicismo poseía la racionalidad del sentido común. El
Espartaco musulmán es religioso y fundamentalista. El sentido común no figura entre sus
mandamientos.
¿Cómo luchar contra un enemigo invisible que recluta a sus mártires entre 1.200 millones de
musulmanes, la religión con más adeptos en el planeta, superando a los 1.100 millones de
católicos?
Mártires que Occidente no puede reclutar porque lo único que les ofrece es cambiar los
beneficios de la sociedad de consumo, por un paraíso en el más allá donde el dios dinero,
sobre el que tanto han predicado, ya no será el rey.
Dando la vida por Alá, los mártires musulmanes hacen el mejor negocio de su existencia:
cambian una vida miserable por el paraíso de la felicidad sin fin.
¿Quién puede contra esa apuesta?
Sólo podría la sensatez, la negociación, el reconocimiento de sus derechos humanos
desterrando la política de desechos humanos que el sistema hegemónico aplicó para
convertirlos en parias de la tierra.
Lo menos inteligente es la apelación a la violencia. Esta volverá a ser partera de la historia.
Pero esta vez el parto será distinto. Miles de suicidas buscando el paraíso en las principales
capitales de Occidente. Ayer lo anunció Mohamed Osama, hijo de Laden: «Esta es una guerra
de Occidente contra el islamismo, de los infieles contra los creyentes».
Pobre planeta, con estos punitivos centuriones imperiales de neuronas irreflexivas y estos
fundamentalistas fanáticos intoxicados de profecías que no saben separar la paja del trigo,
creyendo que si caen inocentes, también a ellos Alá los recompensará en el paraíso.

Esta es una guerra absurda entre dos núcleos humanos instalados en la complacencia sectaria
y maniquea que observan todo desde la admirable farsa simplificadora de lo negro y lo blanco.
Yo diría que es una guerra entre dos alas de la misma secta maniquea. Como siempre ocurre
con la intolerancia: las dos caras de una misma moneda.
Es la libido dominandi enfrentada a la libido terrorista.
La mayoría de los seres humanos somos meros espectadores de esta bacanal insensata. Pero
finalmente son los pueblos los únicos que podrán detener la tragedia. Ha llegado la hora de
organizar la protesta, aun sin esperanza.
De decir: «No a las cruzadas, no a los cruzados, sí a cruzar nuestras dignidades de seres
racionales».
LA REPUBLICA y 1410 AM LIBRE convocan a todos los uruguayos que sientan la solidaridad
como el más noble de los impulsos del ser humano a alzar su voz para detener la insensatez
bélica. Para decirles a los que hoy ponen en peligro nuestra dignidad de vivir en paz, que las
mejores espadas son las que permanecen en la vaina.
Uruguayos, uruguayas, envíenos a los teléfonos: 487 3565, 480 0121, 4871727, 487 0521; a
los e-mail: federico@fasano.com.uy, gerencia@diariolarepublica.net, larep@netgate.com.uy –
larep@chasque.apc.org; a los faxes: 487 2419,487 3824, 487 3823; a la dirección: Garibaldi
2579, Montevideo, CP.11.600; un mensaje con su nombre y su cédula de identidad afirmando
simplemente: “NO A LA GUERRA, EXIGIMOS EL DERECHO HUMANO UNIVERSAL DE LA
PAZ». Se lo haremos llegar a los dos grupos del maniqueísmo internacional construyendo
desde este pequeño solar una cadena mundial para salvar la unidad antropológica de la
humanidad y la igualdad indestructible de los seres humanos.
Estamos lejos del conflicto pero no a salvo. Unase a este llamado.

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