¿El señor Ministro Luis Mosca decidió subvencionar a la prensa?
Meritoria y sabia decisión del señor Ministro de Economía. En momentos tan difíciles
para casi todos, tomó los dineros públicos y resolvió asignarles un estimulante destino.
Quiso –como funcionario público, administrador de dineros ajenos– que los
contribuyentes donaran importantes sumas a la prensa. Sin duda persuadido de que esa
medida contribuiría decisivamente a la educación y la cultura del pueblo. Pocos gestos
merecen mayor adhesión y entusiasmo.
El señor Ministro Luis Mosca inquieto por el porvenir de los medios de comunicación,
optó por la vía silenciosa y discreta del gesto que se hace casi con pudor. Quizás por
aquella célebre frase de un estadista argentino, sorprendido en un gesto de vergonzante
colusión: «Cuando hago caridad, no quiero que se sepa».
Y no. Cuando se hace caridad debe anunciarse con fuerte voz. El pueblo debe saber que
con sus dineros el Ministro hace caridad. Esa virtud ha sido tan olvidada que sólo
redomados ingratos serían cómplices dispuestos a ignorarla, cuando se manifiesta en
toda su grandeza. El señor Ministro es virtuoso. Practica la caridad, aunque lo haga con
dineros que no son suyos, sino de su prójimo, es decir, de todos los ciudadanos.
Venía practicando esta virtud con notoria insistencia desde que asumió su cargo. Pero
llegó el momento de ejercerla casi con soberbia, con una magnificencia digna de otros
tiempos. Como los de la dictadura, en la que también se practicó esa misma y virtuosa
caridad.
El señor Ministro de Economía Luis Mosca fue caritativo y nadie se enteró. ¿Por qué?
Sencillamente porque el señor Ministro publicó ayer 5 páginas enteras de publicidad
en un diario del Partido Colorado, que lamentablemente imprime tan pocos ejemplares
como escasos son sus lectores. Quizás mil o dos mil personas se sorprendieron al
encontrar ante sus atónitos ojos la generosidad del señor Ministro.
Porque debe necesariamente consistir en un arbitrario acto de caridad, sin ningún
sentido de dar a publicidad desiciones del Estado: no podría elegirse ese diario colorado
para ese fin bajo ningún concepto. El señor Ministro fue caritativo y arbitrario. Donó
miles de dólares al colega y nadie –o casi nadie– se enteró.
Claro que su preocupación por la prensa se limitó a dos diarios, uno de ellos,
virtualmente
sin tiraje ni venta. Como lo saben todos. Como el señor Ministro sin duda lo sabe.
Como lo saben todas las agencias de publicidad, las empresas que miden circulación y
los ciudadanos que no viven en Marte o en alguna luna de Júpiter.
Pero ¿tiene derecho un señor Ministro a sacar dinero del bolsillo ajeno para sus propios
actos de caridad? ¿Debe realizar esos actos un hombre firmemente convencido de la
igualdad de los ciudadanos ante la ley? ¿Y qué decir de un señor Ministro que, además,
está convencido de que deben respetarse las leyes del mercado? Quizás todo sea un
simple malentendido. No podríamos siquiera pensar que trata de beneficiar a un diario
colorado, siendo él un Ministro colorado de un gobierno colorado, aunque los lectores
colorados, que creen en el gobierno colorado y confían en su Ministro colorado, no lean
el diario colorado. El señor Ministro debería ponerse un poquito colorado.
Porque, en realidad, no subvencionó a la prensa sino que benefició directamente a ese
diario colorado, destinatario de todos los anuncios del Ministerio de Economía y
Finanzas. Discriminó a todos los demás. Todos los diarios juntos no alcanzan a recibir
los anuncios que el señor Ministro destina a ese diario colorado y mediante los cuales
solventa buena parte de sus gastos. ¿No es esto realmente extraño?
Y no lo hizo sólo en la edición de ayer. Durante todo el año 1996 ese diario colorado
recibió 2.515 centímetros de publicidad, mucho más que el diario número uno en
circulación, El País, al que de nada le sirvió ser el número uno en circulación ni ser un
paladín de la coalición gubernamental, ya que sólo fue premiado con 1.249 centímetros,
casi la mitad de lo recibido por el diario colorado, último en la circulación nacional.
Tampoco tuvo suerte El Observador que sólo recibió 114 centímetros en lo que va de
este año. Pero la soberbia de esta administración colorada llegó a su climax cuando el
señor Ministro decidió utilizar los dineros de la comunidad para castigar a un diario
díscolo como LA REPÚBLICA, segundo en todas las mediciones de circulación de
diarios.
Sobre este punto el Ministro Mosca no tuvo pudor: en los ocho meses de 1996 el
Ministerio de Economía otorgó cero centímetros de publicidad a nuestra publicación.
CERO centímetros al segundo diario en ventas y 2.515 centímetros al diario íntimo del
Partido Colorado. Premiar y castigar a los amigos y a los adversarios con los dineros
ajenos es otra forma de la corrupción que se anida en los pliegues del poder. Y hoy el
señor Ministro Mosca se ha erigido en el único secretario de Estado que la practica sin
rubor, ofendiendo a los lectores de nuestro diario al negarle sus remitidos y
desplegados.
Fueron muchas las cartas sin respuestas que le remitimos denunciando esta insostenible
situación. La respuesta del señor Mosca fue más de lo mismo. Hasta aquí llegamos
señor Ministro. A partir de hoy y hasta que se modifique su conducta y pida disculpas a
nuestros lectores, no cejaremos en denunciar día a día esta nueva forma de corrupción
gubernamental.
¿Por qué los uruguayos debemos sostener al diario colorado del Ministro colorado?
¿Por qué debemos hacerlo cuando sus propios lectores resolvieron hacerlo a un lado?
No podríamos siquiera sospechar que el señor Ministro quiere ocultar a la opinión
pública las decisiones de su cartera, publicándolas en un medio sin lectores. Tampoco
tenemos razones para pensar que el señor Ministro tenga acciones en esa empresa. De
ningún modo creemos que pueda tomarse en serio ningún argumento para fundamentar
la descabellada decisión que ha mantenido desde que asumió el cargo de señor Ministro.
Salvo un argumento, éste sí irrebatible: el Gobierno colorado gobierna para los intereses
colorados. Si así fuera, pues señor Ministro, dígalo públicamente y no haga caridad con
los dineros del pueblo: deje al desnudo su arbitrariedad. Y declare que una parte de los
impuestos que usted impone, tienen como fin beneficiar generosamente a algunos
amigos colorados. El pueblo lo comprenderá.