Ya es imposible contener el proceso de desobediencia civil colectiva que acabará con el despotismo militar uruguayo. El teniente general Gregorio Álvarez, quien obliga a sus conciudadanos a llamarlo, sin serlo, Presidente de la República, y quien además tampoco es teniente general, prohibió a su pueblo hacer política y al hacerlo forjó en su contra la mayor unanimidad de opiniones opositoras que recuerde la historia de ese país. Sólo resta ponerle fecha a la caída de este régimen militar que se extingue día a día enfrentado a un mismo tiempo a la izquierda, a la derecha y al centro; a todos los partidos políticos permitidos y prohibidos; a la clase obrera y al empresario; al agro y a la industria; a las iglesias y al laicismo; a los explotados pero también a los explotadores; y ahora, además, a sus propios pares, nerviosos ante el cúmulo de desaciertos del pequeño César que conduce a las fuerzas armadas uruguayas al peor callejón histórico de su existencia.
El señor Álvarez, famoso por el uso de su fusta, que en más de una ocasión cruzó el rostro de sus adversarios, creyó que podía manejar a la sociedad civil mediante fustazos propinados a diestra y siniestra. Y al hacerlo traicionó incluso el mandato que le otorgara la clase dominante: “mediar” entre dominantes y dominados con la finalidad de perpetuar la dominación. El señor Álvarez logró, en rara ironía de la historia, la unión de adversarios que antes ni saludarse podían.
La unidad de todos alcanzó su magnum opus el pasado veinticinco de agosto, cuando todo el territorio uruguayo quedó a oscuras durante treinta minutos, convulsionado por el ruido de cacerolas, acompañado por las calles vacías y la población atrincherada en sus hogares. Situación de rebeldía colectiva sin precedentes en un pueblo que después de diez años de dictadura, busca con imaginación y audacia desembarazarse de estos nuevos Quissling de la tierra oriental. El Fuenteovejuna uruguayo de la unidad rebasó las fronteras del paisito y en todo el exilio se reprodujeron ese mismo día las jornadas de todos sin excepción, contra el autoritarismo.
En México nunca se vio algo igual. Dejando diferencias tácticas de lado, y unidos en la acción contra el adversario histórico, todas las fuerzas opositoras uruguayas, sin una sola ausencia, organizaron, basados en el respeto mutuo, la confianza recíproca, la coordinación permanente, el intercambio de experiencias y la solidaridad activa, desterrando toda discriminación, falsos monolitismos e insensatas políticas de cuoteo, que tanto daño han producido en el pasado, tres jornadas memorables de ayuno y protesta contra el autoritarismo, precursoras, seguramente, de una rápida maduración hacia una nueva práctica y voluntad común de anteponer la unidad del conjunto antidictatorial, sin exclusiones, al crecimiento propio de cada uno de sus componentes.
Pero, ¿cuál ha sido el error de las fuerzas armadas uruguayas, acorraladas por un pueblo desarmado, colérico y unido? Creemos que no tuvieron en cuenta la cultura política y las tradiciones de todos los sectores sociales del país. Así como en el vecino solar argentino, al decir de Portantiero en Cuadernos de Marcha, la reflexión giraba mucho más alrededor de valores como “pueblo”, “nación” o “clase” o de grandes palabras como “nacionalismo” o “revolución”, en Uruguay en cambio existió una acumulación reflexiva sobre la democracia que si bien no alcanzó su profundidad participativa, sí elevó al rango de religión el concepto de libertades públicas y privadas.
Estas fueron arrasadas al ser ocupado el Estado por las fuerzas armadas. Y en su reemplazo ningún mecanismo de desahogo y de canalización de las peticiones y protestas fue incorporado al tejido social traumatizado. En síntesis, carecieron del necesario dominio de la dialéctica de la vida social. No supieron gobernar los necesarios procesos de mediación y representación, como tampoco supieron gobernar las contradicciones. La oferta represiva de los militares terminó con lo que ellos calificaron de “exceso de demandas” pero en su rutina autoritaria ni siquiera aceptaron las demandas organizadas de los nuevos protagonistas surgidos del cataclismo que produjo el fin del Estado liberal, benefactor y paternalista.
Y seducidos por el uso sensualista del poder, que la burguesía liberal nunca les permitió ejercer con autonomía, y también, por qué no, por las ventajas que les otorgó su prepotencia, su venalidad, su desenfreno lucrativo, las fuerzas armadas olvidaron los señuelos de la dominación: dominar cooptando, canalizando, encubriendo, disimulando, distribuyendo, colaborando y no siempre reprimiendo. Cerraron todos los caminos, hicieron cortocircuito al sistema, tensaron todas las cuerdas y finalmente fueron abandonados a sus propias fuerzas por todos, incluso los mismos que los convocaron en santa cruzada para terminar con el ascenso de la lucha de masas en la década pasada.
Su pecado fue de arrogancia e ignorancia de la dialéctica de la dominación social. Pudieron flexibilizar la estructura político-jurídico-ideológica de la sociedad que autocratizaron, salvando en primer término la unidad entre ellos, la que surge de la comunión que otorga el crimen compartido, y quizás hubieran salido airosos de la contaminación mutua entre militares y civiles que todo proceso de apertura implica. Su autoritarismo irreflexivo los perdió.
Ni siquiera supieron utilizar una de las mejores estratagemas de la dominación: la de involucrar a los dominados. Theaborn lo explica a su modo: “Todo Estado ofrece a sus gobernados un sistema de canales institucionalizados para la presentación de quejas; pero esos canales pueden quedar bloqueados como consecuencia del mal funcionamiento del Estado o incluso reventar a causa de una riada de malestar y descontento de la población. Sin embargo en la medida en que la población utiliza esos canales, para presentar sus quejas y peticiones, queda involucrada en las estructuras existentes. Las personas que presentan reclamaciones de la forma prevista, y en el tiempo y lugar establecidos por las normas, contribuyen a perpetuar el mismo sistema de dominación contra algunos de cuyos aspectos están precisamente protestando”.
Pero cómo pedirles a estos hombres ligeros, de mente desnutrida, la capacidad de implementar estratagemas inteligentes y conocer las reglas de la movilidad social. Por suerte para el futuro del pueblo uruguayo, la dictadura estuvo conducida por un ejecutivo estratégico que se animó a decir públicamente después del plebiscito de mil novecientos ochenta: “nadie va a salir corriendo por haber sido repudiado por el pueblo”. Así hicieron política en pleno siglo XX. Y así les irá…