La amnistía recíproca entre opresor y oprimido (IV)

Hasta aquí las consideraciones jurídico-políticas contrarias a la amnistía recíproca o
autoamnistía de los militares y sus cómplices civiles. Analicemos ahora las
formulaciones ético-sociales. Las tesis de algunos sectores bien intencionados, ajenos
a toda complicidad con las dictaduras, generalmente vinculados al humanismo
cristiano, receptores ellos mismos de los excesos del poder factual, sostienen que «no
existen santos por un lado y pecadores por el otro y que todos somos, en última
instancia, responsables de la gran tragedia: el que esté libre de culpa que tire la
primera piedra». En su petición de principios igualado de disímiles conductas éticas,
admiten, sin embargo -es el caso del Servicio Paz y Justicia, Uruguay-, «que unos
uruguayos han sufrido mucho más que otros durante este proceso».
Sostienen que se trata de una guerra interna y no de una guerra entre naciones y que
-por lo tanto- después de la guerra tendremos que seguir viviendo juntos, nos guste o
nos disguste, no pudiendo separarse ya a los puros de los impuros, a los sanos de los
enfermos, a los «bien nacidos» de los «mal nacidos». Se trata, agregan, de construir
una patria sin odios, se trata no de vencer, sino de convencer, es decir, vencer “con»
el otro.
Y acto seguido acusan a quienes «esperan con espíritu revanchista cuando la tortilla
se vuelva», señalando que sin reconciliación y sin perdón el enemigo seguirá siendo
enemigo.
Ante los reclamos de justicia responden que el lema de Fernando I, «Fiat justitia,
pereat mundus (Hágase la justicia aunque se hunda el mundo), mereció la condigna
respuesta de Feuerbach: «No se ha hecho al hombre para la justicia, sino la justicia
para el hombre». A tales tesis, que vienen prendiendo por diferentes razones en un
tejido social traumatizado y deseoso de recuperar la paz perdida, les decimos que no
se trata de superar el odio, la venganza o la Ley del Talión, sino de obtener la
superación dialéctica entre oprimido y opresor. No se trata siquiera de aplicar los
principios más elementales de la justicia humana, ni de desahogar la legítima cólera
de pueblos exterminados, sino de construir los avances sociales que no serán nunca
posibles si la pesadilla vuelve a reproducirse.

El problema es ético pero también es político. Y de lo que se trata es de evitar la
reproducción de un fenómeno que tomó desprevenidas a estas sociedades que no
pudieron entender que en su seno coexistían fuerzas tan destructoras, ocultas tras
uniformes e instituciones, aparentemente constitucionales. Y tal fenómeno no podrá
ser erradicado si las mayorías, otorgando todas las garantías del caso, no emprenden
una tarea de sanidad pública, reducando lo educable y convirtiendo en inofensivo lo
que ha probado ser altamente peligroso e irredento, para que no vuelva la sociedad a
ser sustituida por sólo una porción de ésta: sus fuerzas armadas.
¿Construiremos acaso una patria sin odio, si por obra y gracia de la autoamnistía, por
citar sólo un ejemplo, se prohíbe a los jueces la búsqueda de los desaparecidos y la
audición de testigos, autores y cómplices que revelen el lugar donde se encuentren
éstos, vivos o muertos?.¿Construiremos acaso una patria sin odios si les decimos a
los familiares de los desaparecidos que los consideren cadáveres, ya que no se los
puede buscar más en virtud de que no se cometió el delito de secuestro.?
Lo peor que le puede ocurrir a estas sociedades devastadas por sus guardianes no es
precisamente la justicia, sino el olvido. Si estas sociedades olvidan, están perdidas
irremediablemente. El enemigo, hoy en retroceso, una vez recuperado el tiempo
perdido, rehechas sus fuerzas, volverá a reaparecer, más temprano que tarde; de
ejemplos al respecto está plagada la historia universal. A Videla le llevó sólo tres años
relevar en la traición al arrepentido Lanusse.
Cuánta razón política tuvo Trasíbulo, el “primer amnistiador” de la historia universal,
cuando al vencer a los 30 tiranos que esclavizaban Atenas, dictó una ley de amnistía
que no benefició a ninguno de los déspotas, ni a sus decenviros, pero sin embargo
recuperó para la democracia ateniense a muchos de los seguidores de la tiranía,
forzados por el temor o débiles e incapaces para resistirse ante el clima de opresión
que vivían y protagonizaban.
Y para no olvidar es necesario instalar en la escena social el gran debate sobre lo
ocurrido, erradicar toda amnesia, exigir cuentas, investigar dónde están nuestros
muertos y nuestros secuestrados, restituirles a nuestros presos los años perdidos de
su vida y liberar a nuestros torturados de la humillación infligida. Sin todo ello no
puede haber patria sin odio.
¿Cómo es posible hablar de reconciliación sin esta etapa previa, dolorosa y necesaria
de no olvidar y asumir lo que pasó, sin eufemismos ni escondrijos?. Como bien se
pregunta Joinet, «se puede reconciliar a dos combatientes, pero quién osaría exigir de

la víctima que se reconcilie con su verdugo o a fortiori el desaparecido con quien lo
secuestró y asesinó».
Los que sostienen el olvido y el perdón recíproco, no se dan cuenta de que lo que
obtendrán es precisamente lo contrario de lo que buscan. Buscar la reconciliación
nacional implica, por sobre todas las cosas, no perder la memoria colectiva. Esta sólo
devendrá real cuando se haga justicia para todos, cuando el debate se haya agotado,
cuando no exista el peligro reincidente, cuando el tiempo cubra las cicatrices
producidas, y sólo cuando la víctima y sólo ella, inmersa en una nueva sociedad sin
opresores, pueda y quiera perdonar a sus verdugos. Sólo en ese momento existirá
después del amanecer de la larga noche militar, una patria sin odios y sin rencores.
Cuánta vigencia aún mantiene, pese al tiempo transcurrido, la conclusión de la
Conferencia Internacional por la Amnistía en Brasil, reunida en Roma, en la Cámara
de Diputados, el 29 de junio de 1976: «En América Latina como en otros lados, sólo
las víctimas directas, aquellas que han sido marcadas en la dignidad de su carne,
podrán probablemente un día perdonar. La clemencia del corazón no puede ser sino
el fruto fecundo de la lenta maduración de la historia de un pueblo».

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