En el marco del secreto riguroso é inviolable, tal como corresponde a la práctica militar, se hizo en el Fuerte McNair, en Virginia, Estados Unidos, la XIV Conferencia de Ejércitos Americanos. En una ceremonia desbordante de Medallas, marchas marciales, banderas dé guerra, lúcidos uniformes, bayonetas y redoble de tambores, los Militares de 20 países del continente se despidieron calurosamente luego de tres días de sesiones cuyos resultados -por supuesto-, se desconocen. Precisamente porque constituyen el acostumbrado secreto militar.
Los periodistas sólo tuvieron acceso a los actos de apertura y de clausura. Lo que ocurrió en el lapso intermedio se ignora porque alguna prerrogativa de origen ignoto otorga a los comandantes él poder de reservarse para ellos algo que en realidad sólo concierne a los pueblos latinoamericanos. El uso de las armas y contra quién deben ser usadas ha quedado al arbitrio de los militares, aunque todas las constituciones nacionales determinan que es el poder civil el único que debería tener esa capacidad.
En el caso de los que asaltaron las instituciones republicanas en sus respectivos países, y que constituyeron un bloque mayoritario en la reunión al imponer sus objetivos belicistas, la situación es sencillamente tragicómica. Se trata de uniformados que -como ha dicho Jorge Luis Borges- «jamás escucharon silbar una bala. Son comandantes sin guerra, soldados que nunca combatieron, generales que jamás pudieron ordenar a sus huestes que tomaran una posición enemiga, salvo en simulacros con proyectiles que no matan. Los generales de aquellas dictaduras que dicen vivir en tiempos de guerra antinsurgente -no nos referimos a los ejércitos constitucionalistas del continente, porque sus diseños profesionales se dirigen a construir la paz y no la guerra- podrían equipararse a los abogados que nunca participaron en un juicio o a los médicos que no pudieron atender a ningún paciente. Formados algunos de ellos en la clásica escuela germana de guerra, han visto pasar esas contiendas con el frustrado sentimiento de niños que ven los dulces, pero no pueden gustarlos. Todos esperaron con secreta esperanza el momento en que podrían lucir su valor en el campo de batalla. Y para ello, adquirieron aviones, barcos, cañones y proyectiles de todos los calibres. Pero no pudieron jugar a otra cosa que a la guerra de papel.
Optaron, entonces, por un juego que al continente le ha costado mucha sangre y miseria. No existe en el Cono Sur un país que no haya sido gobernado, en algún momento de su historia, por estos generales. A falta de guerra, bueno es el poder. Y es así como estas naciones han sufrido repetidos golpes de estado en los que, una y otra vez, salían a relucir los aviones, los cañones y las bayonetas en un presunto campo de batalla en el que el enemigo eran los civiles. Hemos visto así que los generales bolivianos bombardeaban a obreros en La Paz; los generales chilenos ametrallaban fábricas en Santiago; los generales argentinos asesinaban a 20 mil civiles; los generales uruguayos ejecutaban en las propias cárceles a sus prisioneros; los generales brasileños se quedaban 20 años dirigiendo el país y sin pedir permiso a nadie. Porque en todos los casos, en Perú y Ecuador, en la Venezuela de Pérez Jiménez o en la Colombia de hoy, el permiso se lo otorgan esas armas que nada tienen que ver con el derecho a la razón y mucho menos con el derecho a la libertad.
A la reunión realizada en Virginia han asistido hombres que desean el poder, pero ese poder que más se vincula con términos tales como jerarquía, subordinación, orden cerrado y autoritarismo que con esa palabra tantas veces pronunciada y muy pocas experimentada que es democracia. No hace falta ser muy sagaz para conocer los temas que se trataron en ese cónclave de uniformados. En lo que respecta a Sudamérica, se habrá prevenido que Estados Unidos vería con mucho desagrado cualquier conflicto armado por cuestiones limítrofes (Venezuela-Colombia, Perú-Ecuador, Chile-Argentina); que Estados Unidos vería, en cambio, con mucho agrado una participación más activa de las fuerzas militares en El Salvador; que todos los ejércitos deben estar listos para intervenir en cualquier país vecino en caso de que las fuerzas armadas locales perdieran posiciones frente a movimientos populares insurreccionales; que la acción contra Cuba debe ser general y con la participación de todos los países para que Estados Unidos no aparezca como único responsable; que los métodos de represión ensayados en la última década (secuestro y asesinato clandestino, tortura refinada, intercambio de prisioneros sin respeto a las leyes de asilo) ha sido muy eficaz y debe ser empleado en el futuro, que dentro de lo posible sería muy bien recibido que las compras de armas se realicen en Estados Unidos y no en Europa, que es necesario incrementar aún más el fantasma del peligro subversivo como un eficaz medio para prevenir y abortar movimientos populares de liberación.
Esos fueron, sin duda, los principales temas tratados. Y al culminar la reunión, los generales sin guerras -esos doctores sin pacientes- regresaron a sus países con nuevas medallas obtenidas.